Del sexo sin amor

Me vais a permitir que le dé hoy muchos patadones a la Historia. Exactamente, a la Historia de la Sexualidad. Siempre he leído que en los años 60 y 70, ocurrió una corriente de liberación sexual, cuya meta era liberar a éste de la prisión judeocristiana, que lo encerraba en el matrimonio y lo confinaba al contexto de procrear. Se pusieron a la venta los anticonceptivos, se hablaba de sexo prematrimonial y de masturbación. Se legalizó el divorcio en algunos países. Posteriormente, el mismo feminismo que apoyó este fenómeno, lo criticaría muy oportunamente, ya que al parecer se nos había pasado por alto el detalle de que tal liberación no nos beneficiaría demasiado a nosotras quienes, de satisfacer a un amo sexual, ahora teníamos varios. De temer a la aparición de una amante, se nos instaba a convertirnos en ella.

Ya cerca de superar el primer cuarto del siglo XXI, me sigue maravillando que la gente se avergüence, por ejemplo, de tener instalado Tinder; y especialmente de entrar en ella a buscar sexo. Por descontado, vergüenza mayor en las mujeres aunque presente también en hombres: “Es que no conozco a nadie aquí”, “quiero aprender idiomas”… Un sinfín de excusas para algo que no debería necesitarlas.

¿Está el sexo sacralizado en nuestra cultura? Sí y no. El sexo, como tal, como actividad que satisface una necesidad biológica, no lo tenemos en un pedestal: Las sexshops ya no son los oscuros tugurios de escaparates opacos que eran en los 90, con los expositores rebosantes de DVDs en cuyas carátulas aparecían decadentes cuerpos recauchutados y untados en aceite; sino agradables locales con personal amable, perspectiva de género y lgtbi. Se ofertan numerosos talleres para disfrutar de la sexualidad y desde hace unos años, se ha ampliado para acoger a las relaciones no monógamas. Diría que, precisamente, su coexistencia con el amor complica su faceta relacional. Es su último bastión; el hueso más duro de roer.

Me explico: En un mundo donde todo pretende conducirte a formar pareja, si el sexo ya no es exclusivo de ella, hay que añadir un aliciente para que el sexo con tu pareja lo consideres mejor, de mayor calidad, más significativo, que el que tendrías con cualquier otra persona. Incluso superior al sexo que tendrías con esa misma persona, si no fuese tu pareja. Para ello, le unimos mediante enlace covalente algo que inherentemente no le corresponde: La intimidad y el afecto. Intimidad y afecto se evaporarán de cualquier otro ámbito de la vida y de cualquier otra relación, para que el acto sexual sea su única fuente. Ahora sí: El sexo con pareja es mejor porque tiene intimidad. Esta quimera preside el altar jerárquico de nuestros modales sexuales. Si aún no detectas el problema, dale la vuelta: A quien no es tu pareja, inconscientemente, lx tratarás peor durante el sexo, o antes, o después, que a aquella persona con la que estás teniendo sexo y es o tienes la esperanza de que se transforme en tu pareja. En vez de eso, deberíamos impartir una educación sexual que mantuviese la dignidad de lxs participantes. Ahora mismo, el amor crea amantes de primera y de segunda categoría. Cuando alguien escenifica el cliché “yo no busco líos de una noche”, quiere decir que no quiere ser tratadx como un pedazo de carne. Pero es que el sexo sin pareja, con el significado actual que posee, nos reduce a eso. Elegir entre una reificación brutal y la anemia afectiva es parte del precio a pagar por ir contra el mandato amoroso.

Pero eso no es todo; como el sexo ejerce el monopolio del afecto, como escasea y apenas puede adquirirse fuera de la pareja, quien necesite afecto tendrá que pasar, obligatoriamente, por el aro del sexo. Mientras que quien solamente busque sexo (horrísono ese “solamente”) experimentará, estupefactx, demanda de afecto. Y desaprobación social por andar en pos de una necesidad, en vez de entregarse a la noble causa de encontrar “el amor verdadero”. ¿Os suena? ¿Habéis presenciado el momento en que se juzga a quien quiere sexo como salidx, frío/a, sin corazón, mala persona, “bala perdida”, inmaduro/a… O se le reprende con condescendencia?

En un entorno social fuerte y sólido donde se recibiese un flujo basal de intimidad, no se necesitaría acudir al sexo para buscarla. Nos sería más fácil identificar nuestras necesidades y perfeccionaríamos la comunicación a la hora de relacionarnos: Pediríamos justo lo que buscamos, sin dobleces.

Tras aprender acerca del valor sociosexual y sobre el complejo sexo-intimidad; desprovisto el sexo de artificios y status social; si tuvieses las necesidades afectivas cubiertas ¿Con quién te acostarías?

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Perversxs puritanxs

He ido a varias casas rurales, pero nunca tan emocionada. Se han alineado los planetas y he congeniado con personas que parecen buscar el sexo por el sexo, conscientes de las dinámicas de poder que generan y tratando de reducirlas, en la medida de lo posible, a su mínima expresión. Sexo, sí, pero analizando cada paso, sin ese “dejarse llevar” acrítico y permeable a los abusos, tan propio del ambiente liberal actual. Aquella noche iba a tener lugar un interesante experimento.

Observo, durante la cena, que no haya excesos con el alcohol. He advertido por activa y por pasiva que si alguien se emborracha y su consentimiento genera la mínima duda, quedará fuera. Y ya puede rogar, que la vigilancia será inflexible.

Echo un vistazo furtivamente a mi calendario menstrual: Ovularé mañana. Hoy me siento arrebatadora, fulguran mis ojos, adoro mis tetas. Todo el mundo me cae bien. Todxs lxs presentes me atraen, independientemente de su edad y sexo, y río con facilidad. Flirteo hasta con mi sombra. Estoy on fire. Y aunque no soy la única que espera con expectación los posteriores acontecimientos , en la sobremesa se detectan distintos grados de nerviosismo.

-No pasa nada, la sesión de hoy es con ropa. Informo sonriendo a quienes ya lo saben.

Cuando llega el momento de la verdad, la mesa queda recogida y en el centro de la estancia, una silla aguarda a su primer ocupante. Se recuerdan las normas, claras: En cada turno, alguien se sentará en la silla y expresará de qué formas pueden satisfacerse sus necesidades sexuales. Dado que se entiende el consentimiento de manera que sólo sí es sí, no se le hará nada que no haya explicitado de antemano. Posteriormente, a la persona sentada en la silla se le cubrirán los ojos y tres personas, al azar, elegirán alguno (o varios) de los actos propuestos para realizarlos. Una última norma prohíbe hablar, para eliminar, junto con la privación visual, la información que pudiera afectar a la experiencia sexual, a través de los prejuicios (se trata de disfrutar de lo que te ofrecen, sin pensar si te lo está dando un hombre, una mujer, joven o mayor, etc). Una vez terminase ese tercer agente, quien se sentase designaría al/la siguiente receptor/a. Y todo el/la que quisiera tendría opción de participar.

Dado que la propuesta partió de mí y toda idea es una responsabilidad, se acuerda (¿En qué momento?) que estreno el experimento. Pienso detenidamente qué voy a pedir ¿Besos? Hay quien tiene vello facial, si me besa lo reconoceré y me sesgará el estudio. Vale, descarto los besos, pero accedo a mordiscos suaves, preferentemente en orejas y cuello. Se aceptan pequeños lametones. Que me acaricien los pechos, por encima de la ropa. Caricias en los muslos sí, pero no justo en la entrepierna. Entre la poca vergüenza y la mucha excitación, concluye mi lista de los Reyes (y Reinas) Magxs.

Posteriormente, una suave pañoleta me sume en voluptuosa lobreguez. Ahora me aletea el pulso, a unos 120 latidos por minuto; trato de controlar la frecuencia respiratoria en una pausa donde parece que nada sucede, pero en la que sé que la fortuna está designando a mis tres colaboradorxs eróticxs.

Aterrizan dos manos en la cara anterior de mis muslos. Grandes, cálidas. Tras una breve presión, como agarrándome, me masajean, al principio hacia arriba y hacia abajo, luego visitando también la zona externa, describiendo círculos. De repente siento confianza y humedad. Basculo la pelvis y separo las piernas casi inconscientemente, invitando a la exploración minuciosa. El primer agente no siente apremio por retirarse, se arrodilla frente a mí y provoca acercándose, con todo su cuerpo en general y con sus manos en particular, a ratos, a la región anatómica vetada, que ya emite calor.

Pero qué débil soy, el asalto inaugural ya me ha dejado a punto de caramelo. Mi segundx participante se hace notar a base de diminutas dentelladas en el cuello. Sonrío y me muerdo el labio. Mientras el cepo de un deseo anónimo sigue pinzándome el estómago, asciende a mi oreja izquierda para continuar su labor. Lame el lóbulo mientras su mano suave me sostiene la mejilla derecha. Se le escapa un suspiro en mi oído y… Creo adivinar de quién se trata.

La tercera persona me sorprende. Me toca los pechos muy superficialmente, durante muy poco tiempo, y se va. Por dentro me alarmo, temiendo que se haya incomodado, que haya hecho algo que realmente no quería. Resuelvo hablar más adelante con esa persona, o solicitar que alguien la asista.

Llega la hora de nombrar a quien me suceda en nuestro improvisado trono y ardo en deseos de averiguar quién tenía esas manos que tanto habían conectado con mi cuerpo y que me habían brindado esa agradable experiencia. En este caso, innegablemente se había cumplido el refrán “quien da primero, da dos veces”. Me quito la venda de los ojos…

Mentiras del “amor del bueno”: Reavivar la llama

Os suena ¿Verdad? Un montón de espacio y tiempo en los medios, en Internet y en las redes sociales dedicados a la enorme empresa de devolver a una pareja el encanto de la seducción, se han grabado películas escenificando el horror de la infidelidad cuando uno de los miembros ya no se “esfuerza” en mantener la pasión; los restaurantes, centros de spa, empresas dedicadas a viajes y hasta los sexshop han hecho su particular Agosto ofreciendo productos y servicios a tal fin. ¿El resultado? Que es imposible.

Ya avisaban las voces críticas con el romanticismo que la pasión no es eterna. Sin embargo, omiten que el intento de resucitarla tiene resultados efímeros y escasos. ¿Por qué? ¿Por qué apagarse siempre es su destino, y por mucho tiempo y dinero que invirtamos, se vuelve siempre a la monotomía doméstica? Muy sencillo: Porque la seducción no es un fin en sí misma, sino una herramienta para alcanzar otra cosa.

Mediante la seducción, conquistamos a alguien para que nos dé amor y/o sexo a corto o largo plazo. Una vez estabilizada la pareja y garantizadas esas atenciones, deja de tener sentido invertir tiempo y energía en ella. Otorgar tanto protagonismo y venerar exageradamente este proceso (la seducción, socialmente, tiene la connotación de madurez, elegancia, clase, buenos modales, cierto nivel cultural; existe incluso bibliografía destinada a enseñar a seducir) es tan inútil como sería hacerlo con el recambio de una rueda del coche: Una vez puesta la rueda en condiciones, el proceso termina. Análogamente, establecido el gamos, la seducción se esfuma, ya ha cumplido su labor. A partir de dicho instante, mucha gente se decepciona porque llegó a creerse que sería eternamente la princesa del cuento. Esto nos pasa más frecuentemente a las mujeres, porque educadas en valorarnos según cuánto nos deseen (deseo medido en cuánto se esfuercen en conquistarnos) cuando ya no lo hacen nos devaluamos nosotras mismas. Los hombres no suelen inmutarse, a ellos les enseñan desde el principio el verdadero porqué: Seduces para llevarte a alguien a la cama o al altar (según el objetivo, cambia la forma de seducir, pero no el concepto). Seduces para conseguir algo de esa persona que hablado racionalmente, no te daría ni en broma: “Oye ¿te apetece dejar tu tesis y tus aficiones para embarazarte, criar a mis hijos y cuidar de mis padres sin recibir ni un duro?” suena fatal, por eso antes se celebra un ritual en el que se arrodillan y nos regalan un anillo. Mas no nos engañemos: Ellos se arrodillan 5 minutos para que nosotras, después, vivamos de rodillas; y la inversión en el anillo la recuperarán con creces en forma de trabajo doméstico y familiar. Tres cuartos de lo mismo ocurre con el sexo: Por eso muchos creen que si invierten dinero en una cita, “tienen derecho” a tener sexo; por eso si no lo consiguen, violan a su cita o se quejan diciendo “para esto, me voy de putas”. La conquista es una compra-venta con regateo incluido. Solo que la mercancía ignora que está siendo comprada, entre flores y cines.

Ya, pero ¿Qué pasa con el mimo y las atenciones que perduran durante años? Bien, eso no es conquista; son cuidados. Los cuidados sí son un fin en sí mismos porque satisfacen necesidades y no desaparecen por mucho que se estabilice y dure el vínculo (probablemente con los años, mejoren).

Por todo esto, fantasear con encontrar una pareja que nos haga sentir una codiciada chica Bond toda nuestra vida no lleva a ninguna parte. Nadie mantiene la hornilla encendida una vez la comida está preparada.