Mitos del amor: El amor es biológico

El argumento cientificista/biologicista es un clavo ardiendo al que, tarde o temprano nos agarramos cuando no hemos cuestionado al amor y automáticamente lo protegemos. De alguna forma, si un grupo de especialistas con doctorados, tesinas y otras suficiencias avalan nuestra embriaguez emocional, bueno va para justificar los estropicios que cometeremos durante la enajenación mental. Desgraciadamente para quien esgrime este argumento, en Agamia también hay gente de ciencias, y con la misma luz científica puede refutarse las ideas de que:

  • Porque algo sea natural, es deseable (Nada más natural que morir de tuberculosis, pero no nos apetece ¿Verdad?).
  • Porque algo sea natural, es inevitable (¿Para qué existen los tratamientos médicos, entonces?).
  • Porque algo sea natural, no tenemos responsabilidad de actuar (Si cometes un delito teniendo depresión, aunque también se trate de un cambio químico, no es eximente).

En el amor pueden intervenir factores biológicos, como en las enfermedades (No todo el mundo que entra en contacto con un/a enfermx de tuberculosis contraerá la infección ni desarrollará la enfermedad); pero cuando se dice que el amor es biológico, estamos echando balones fuera para no asumir nuestra responsabilidad y no hacer nada al respecto, más que seguir nuestros caprichos.

Desde el punto de vista legal, para no ser responsables de nuestros actos debemos sufrir tal alteración que perdamos el juicio de la realidad, como sucede en grandes deterioros cognitivos (como la enfermedad de Alzheimer avanzada), durante un brote psicótico o bajo efectos graves de algunas sustancias (las benzodiazepinas como el diazepam, bromazepam o lorazepam no son el caso, mucha gente suele preguntarlo). En estos casos, existe la incapacitación legal, que hace que la persona no sea legalmente imputable, pero la deja en un estado similar a la minoría de edad, con pérdida de algunos derechos: Tomar decisiones económicas, posesión del carnet de conducir, ocupar puestos de responsabilidad… No tiene sentido hablar de incapacitación en el caso de enamoradxs ¿Verdad? Pues es porque la gente enamorada sabe perfectamente lo que hace. Es más ¿No habéis oído nunca que hay que “tener el corazón abierto al amor”? Exacto, enamorarse es voluntario. Si no quieres, no te enamoras. Pero la sociedad es muy indulgente con el/la enamoradx y sus antojos, y en nombre del amor se permite cualquier tropelía.

Fijándonos en la metodología, los artículos que relacionan cambios en neurotransmisores y amor también hacen aguas (como todo estudio sacado desde el empecinamiento en demostrar algo como sea, y no desde la humildad de que tu hipótesis pueda resultar falsa). Y es que, al divulgar sobre el amor, se cae en un fallo garrafal: Asumir causalidad a partir de estudios transversales.

Me explico: Un estudio transversal o de corte es aquel que mide a la vez, una exposición y un resultado (Por ejemplo, preguntar a un grupo de personas si están enamoradxs o no y medir sus niveles de dopamina, serotonina, oxitocina y vasopresina. Al medirlo todo más o menos al mismo tiempo, no podemos establecer qué fue primero, si el huevo o la gallina ¿Los niveles de neurotransmisores causaron el amor, o tras semanas de relato amoroso obsesivo e idealización, nosotrxs mismxs provocamos esos cambios en nuestros cerebros, como si hubiésemos tomado drogas o algún medicamento? Es evidente que en el segundo caso seríamos más responsables de habernos enamorado, porque sería como haber elegido fumar porros; pero incluso en el primer caso en que nos sorprendiese un chute oxitócico, nuestro deber de no comportarnos según sus mandamientos sigue ahí. Los neurotransmisores nos ayudarían a comprenderlo, pero nada más; no justifica nada.

Por tanto, no tiene sentido seguir buscando huellas biológicas del amor, ya que muchas emociones y estados físicos y psicológicos, como una cirugía o el estrés de unos exámenes dejan rastro en una analítica; pero nada de esto nos quita la característica más humana, que es la de actuar justamente pese a estos cambios.

Como nunca está de más profundizar en los mitos del buen amor, espero que visitéis este enlace. ¡Nos vemos!


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Mentiras del “amor del bueno”: Reavivar la llama

Os suena ¿Verdad? Un montón de espacio y tiempo en los medios, en Internet y en las redes sociales dedicados a la enorme empresa de devolver a una pareja el encanto de la seducción, se han grabado películas escenificando el horror de la infidelidad cuando uno de los miembros ya no se “esfuerza” en mantener la pasión; los restaurantes, centros de spa, empresas dedicadas a viajes y hasta los sexshop han hecho su particular Agosto ofreciendo productos y servicios a tal fin. ¿El resultado? Que es imposible.

Ya avisaban las voces críticas con el romanticismo que la pasión no es eterna. Sin embargo, omiten que el intento de resucitarla tiene resultados efímeros y escasos. ¿Por qué? ¿Por qué apagarse siempre es su destino, y por mucho tiempo y dinero que invirtamos, se vuelve siempre a la monotomía doméstica? Muy sencillo: Porque la seducción no es un fin en sí misma, sino una herramienta para alcanzar otra cosa.

Mediante la seducción, conquistamos a alguien para que nos dé amor y/o sexo a corto o largo plazo. Una vez estabilizada la pareja y garantizadas esas atenciones, deja de tener sentido invertir tiempo y energía en ella. Otorgar tanto protagonismo y venerar exageradamente este proceso (la seducción, socialmente, tiene la connotación de madurez, elegancia, clase, buenos modales, cierto nivel cultural; existe incluso bibliografía destinada a enseñar a seducir) es tan inútil como sería hacerlo con el recambio de una rueda del coche: Una vez puesta la rueda en condiciones, el proceso termina. Análogamente, establecido el gamos, la seducción se esfuma, ya ha cumplido su labor. A partir de dicho instante, mucha gente se decepciona porque llegó a creerse que sería eternamente la princesa del cuento. Esto nos pasa más frecuentemente a las mujeres, porque educadas en valorarnos según cuánto nos deseen (deseo medido en cuánto se esfuercen en conquistarnos) cuando ya no lo hacen nos devaluamos nosotras mismas. Los hombres no suelen inmutarse, a ellos les enseñan desde el principio el verdadero porqué: Seduces para llevarte a alguien a la cama o al altar (según el objetivo, cambia la forma de seducir, pero no el concepto). Seduces para conseguir algo de esa persona que hablado racionalmente, no te daría ni en broma: “Oye ¿te apetece dejar tu tesis y tus aficiones para embarazarte, criar a mis hijos y cuidar de mis padres sin recibir ni un duro?” suena fatal, por eso antes se celebra un ritual en el que se arrodillan y nos regalan un anillo. Mas no nos engañemos: Ellos se arrodillan 5 minutos para que nosotras, después, vivamos de rodillas; y la inversión en el anillo la recuperarán con creces en forma de trabajo doméstico y familiar. Tres cuartos de lo mismo ocurre con el sexo: Por eso muchos creen que si invierten dinero en una cita, “tienen derecho” a tener sexo; por eso si no lo consiguen, violan a su cita o se quejan diciendo “para esto, me voy de putas”. La conquista es una compra-venta con regateo incluido. Solo que la mercancía ignora que está siendo comprada, entre flores y cines.

Ya, pero ¿Qué pasa con el mimo y las atenciones que perduran durante años? Bien, eso no es conquista; son cuidados. Los cuidados sí son un fin en sí mismos porque satisfacen necesidades y no desaparecen por mucho que se estabilice y dure el vínculo (probablemente con los años, mejoren).

Por todo esto, fantasear con encontrar una pareja que nos haga sentir una codiciada chica Bond toda nuestra vida no lleva a ninguna parte. Nadie mantiene la hornilla encendida una vez la comida está preparada.