De la crítica al amor romántico al neoliberalismo relacional

El encuentro mensual de Agamia en 3D se centró en el tema del neoliberalismo relacional, asunto que va más allá del neoliberalismo sexual (ya que éste sólo atañe al sexo, mientras que el primer término abarca también al amor). El contenido queda estupendamente resumido y reflejado en este post, cuya revisión recomiendo, madre del que ahora leéis. Aquí quiero unir dos conceptos, los dos del título, para ampliar la disertación de cómo la crítica al amor romántico, además de frenar la emancipación femenina del amor y de hacerle un purplewashing para que hasta la más feminista se case de blanco, con invitaciones en tipografía carolinea, coreografía preparada y chuches en la recena, ayuda a desapuntalar la estructura de la pareja y roe los cimientos que estabilizan el gamos para devolver a sus integrantes al mercado amoroso.

La crítica al amor romántico es falaz: Cuando se describen los horrores que se hacen bajo el paraguas del amor, se identifica como “romántico” y caso cerrado. La pareja implicada no ha sabido amar, y la solución es deconstruirse y seguir probando, más suerte en la próxima. En algún momento, si se vuelven dignxs, alcanzarán eso que llaman “amor sano”. Lo tremendo, lo más cruel y perverso viene cuando eso se le dice a una víctima de violencia de género.

“Eh, el problema no es el amor, que fabrica un espacio hermético donde ni tu familia entra y cuaja todo tipo de disconfort y agresiones. Es que tú de chica veías muchas pelis Disney, y claro…” Me recuerda a los primeros años 2000, donde en la tele salía que si jugabas mucho a los videojuegos corrías el peligro de ensartar a tus padres con una katana. No importa que la evidencia actual muestre que el sexismo (supuestamente, el mecanismo por el que Disney corrompe el amor) explica muy poco de la violencia de pareja (lo cual no significa que no genere otros problemas de sociales, económicos, de salud, etc. en la mujer y por ello luchemos contra él) y haya muchas más variables en juego. Y olvidan que la mayoría de los maltratadores no agreden a las mujeres fuera de esa estructura.

En el sistema monógamo, entramos al mercado durante un tiempo, pero una vez conseguida la anhelada pareja, descansamos y vivimos el amor. Estamos, como se dice en las comedias románticas, “no disponibles”. Paso a citar, uno a uno, los mitos románticos y cómo se las arreglan para sacar a las personas con pareja de esa estabilidad para liberalizar el mercado sexosentimental:

  • La media naranja: Según este mito, somos una mitad y buscamos un complementario. La crítica propone que somos personas completas. Al no ser parte de nada, pero el amor sigue siendo deseable (¡Hay un amor sano esperándote! ¿Por qué no seguir ojeando lo que hay por ahí?
  • La exclusividad y la fidelidad: Sólo se puede amar a una persona. Toda tu vida habías escuchado que flirtear teniendo pareja era traición y según el contexto tenía cierta penalización social, pero relax, que la crítica al amor romántico te absuelve. Se abre la veda para seguir teniendo Tinder instalado.
  • La pasión eterna: Si pese a los anteriores, preferías quedarte con tu pareja, prepárate: El afecto y la sexualidad que hoy te satisfacen lo bastante como para que no merezca la pena seducir a otras personas, tienen fecha de caducidad. Pierde toda esperanza. Seguir ligando es tu destino.
  • El matrimonio o convivencia: El contrato legal a veces puede interponerse entre tú y los Juegos del Hambre amorosos. Mejor tener parejas con las que no te casas ni convives, te darán la sensación de “seguir en la arena”.
  • La omnipotencia: El amor no hará que tu pareja cambie, así que no seas tontx y dale tu número a esx compa de curro que tanto te gusta a la que veas que no cierra el tubo de la pasta de dientes.
  • El libre albedrío: Has elegido a quien has elegido no por tu propio criterio, sino por lo que tus hormonas y la cultura han programado que debe gustarte.
  • La pareja: Además, no hay por qué emparejarse con una sola persona ¿Te gustan varias? Bienvenide al mundo de las no monogamias éticas.

¡¿Esta loca está defendiendo el amor romántico o qué?! Nada más lejos, mi ofendide lectore. La disertación de los mitos del amor romántico son coherentes y correctos. Casi, casi podrían ser la puerta que cruza Jim Carrey en El Show de Truman antes de desearnos son su icónica sonrisa “Buenos días, buenas tardes y buenas noches”. Mas al final de los artículos que exponen la crítica, o en artículos sucesivos, en vez de proponernos abandonar esa maraña de embustes; tras haber destripado al amor y enseñarnos toda su ponzoña, en vez de tirar la toalla y dedicarnos a otras formas de relacionarnos nos alientan a seguir amando, compitiendo, agrediendo y siendo agredidxs. Cada vez, en relaciones más laxas, con intervalos entre conquistas más breves.

Cede la escalera y Truman queda condenado a ver un cielo únicamente de cartón piedra.

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La separación frommiana

Este blog, sin al menos una entrada dedicada la obra El arte de amar de Erich Fromm estaría inacabado. A medida que navego por el activismo ágamo, me gusta recopilar las preguntas, argumentos y temas de conversación más repetidos. Le toca el turno a un tema troncal en dicho activismo y un tanque en la defensa del amor: La separación frommiana entre “enamoramiento” y “amor”.

Hasta que llegó este libro, que se ha vuelto un must en asignaturas de letras a finales de la ESO, al final del amor nos esperaba el desamor. Era vox populi que la desaparición de las mariposas en el estómago era un signo ominoso sucedido de la visión realista de la pareja, el choque con la realidad de sus defectos y en consecuencia, un grado mayor o menor de insatisfacción. La relación de pareja podía seguir adelante, por supuesto, sobre todo si había un trato cordial, responsabilidades económicas y familiares o el divorcio era ilegal. Pero la época de parejita feliz y envidiable había terminado: El amor saltaba por la ventana conforme el cerebro necesitaba reponerse del trastorno de neurotransmisores de esos últimos meses/años (superponible, no olvidemos, a un brote psicótico).

Pero hete aquí que llegó un intrépido caballero blanco, de reluciente armadura y brioso corcel. No con una espada bastarda de afilado borde, sino armado con un portátil, llegó a defender al amor de su enemigo natural: El feminismo. Las mujeres medrábamos económicamente y en derechos, podíamos romper un matrimonio unilateralmente y no necesitábamos ni el permiso de la Iglesia. Además, una cohorte emergente de féminas occidentales divorciadas relataba tanto a sus coetáneas como a las más jóvenes, desde la descarnada sinceridad de quien fracasó en el destino para el que había nacido, la realidad del amor: El desprecio profundo a sus parejas justo antes del divorcio, la desilusión, la violencia, la infidelidad, el ocaso de la atracción sexual. Estas situaciones quedaron reflejadas en las series de televisión que se consumían en los 80 y los 90 (Como “Infelices para siempre”). Había que hacer algo para que las mujeres no formasen grupos al estilo “Sexo en Nueva York” y se diesen cuenta de que necesitaban la pareja tanto como un agujero en el cráneo. Y para eso llegó tan noble escritor: Para explicarnos, con tonito condescendiente, que el amor no era el apasionamiento obsesivo por el cual deseábamos pasar con nuestras parejas 25 horas al día; a eso lo llamó “enamoramiento” y para hacernos tragar tal mejunje filosófico, lo falagó comparándolo con el apareamiento animal, puramente instintivo (Claro que no habló de que el apareamiento en mamíferos en general y en primates en particular no suele conducir casi nunca a la formación de parejas estables más allá del acto sexual, se le escapó ese pequeño detalle). El verdadero amor venía después de muertas las epigástricas mariposas, tras ese periodo de prueba. Supuestamente el verdadero amor es el mantenimiento de esa pareja, tras el desenamoramiento, y la caracterizan la serenidad, sosiego, falta de aspavientos… Un estado antagónico más estable para acumular bienes y criar hijxs, que se reivindica por su madurez, pero del que se omiten la rutina, el desencanto, las expectativas frustradas y el tedio.

La teoría suena firme y lógica ¿Verdad? No obstante, formulo una serie de cuestiones que nadie, de las muchísimas personas que suscriben el modelo de Fromm, me ha contestado todavía:

  • Las parejas que se encuentran en la fase de enamoramiento ¿Puede decirse que no sienten amor? ¿Qué es lo que sienten las parejas en ese estadío, si no es amor?
  • Si el auténtico objetivo de la relación es alcanzar esa segunda fase verdadera y madura (Por ser coherentes con el modelo frommiano) ¿Por qué la pareja se forma durante el enamoramiento? ¿No sería mejor aguardar hasta que se aliviase esa exaltación, cuya vuelta a la realidad tanto dolor produce, y montar la relación con un estado anímico más tranquilo?A estas alturas, espero que no tengamos la cara dura de negar que nadie espera 2 años a que se acabe el enamoramiento para formar el gamos dentro del verdadero amor directamente. Las citas frecuentes, las conversaciones íntimas, la aproximación, la inclusión en el grupo de amistades y en la familia, el abandono total o parcial del resto de la vida social para dedicárselas a la nueva relación, intercambiar opiniones sobre la vida, plantear el proyecto vital… Incluso, en enamoramientos prolongados (De los que alcanzan los 3-4 años) se toman decisiones como irse a convivir, casarse y tener descendencia. Por tanto, no parece que ese “verdadero amor” valga para nada más que para huir hacia delante, mantener el gamos cuando es más cómodo seguir en él que romperlo y engañar a la juventud para que no vean al amor como vacío y carente de sentido por sí mismo, y sigan creyendo en la pareja como fuente de felicidad.
  • Si el amor en sí mismo origina felicidad ¿Por qué entendemos que fracasa, que no nos corresponden o que no ha llegado a buen puerto si no se llega a formar la pareja? ¿Por qué siempre que se dan las circunstancias propicias y si no hay impedimento, el amor lleva a formar pareja?

Les falta respuesta a las anteriores preguntas, por dos razones: La primera, el amor no es un sentimiento. Es una ideología. Por eso Fromm y cualquiera que argumente con sus ideas pueden decir, tranquilamente, que el amor aparece después del enamoramiento. La segunda: Su objetivo actual es formar una relación gámica o de pareja, en aquellas culturas donde el mandato legal y social de establecer una se debilita. Una vez sobrepasada esa meta, lo que venga después no importa al relato amoroso. Nos importa a nosotrxs porque nuestra vida sigue, por supuesto, pero en la película aparece el rótulo “The End”. Y cuidado, que aunque muy debilitada la institución matrimonial (Sobre todo, la obligatoriedad de casarse), una boda sigue siendo, en el imaginario colectivo, un paso más en una relación, un puntal que la reafirma. Ese garabato en un juzgado o un templo conlleva un lugar en la familia al que no accederás ni en décadas de cuidados si no te casas. Llego más lejos: En las culturas donde no se venden niñas para casarse, el matrimonio voluntario es un rito de paso para la madurez, quedando lxs adultxs solterxs en simbólica minoría de edad, así acumulen cargos de responsabilidad, títulos académicos o una meteórica trayectoria profesional y humana. En España casi nadie lo aceptará abiertamente, pero casarse sigue significando, aunque cada vez se diga menos, “sentar la cabeza”. Un/a joven casándose, consuela a sus mayores de la incertidumbre de tomar un camino que no fue el que proyectaron sobre él/ella/elle antes de que naciese. La promesa de que su vida no diferirá demasiado de la de sus predecesores/as y por ello, la reafirmación retrospectiva de que ellxs mismxs, generación anterior, tomaron la mejor decisión.

El gamos es una mentira que sobrevive a base de que todo el mundo crea que es mejor vivir dentro de él que fuera, al que se llega a través de la fantasía amorosa que te dice que el verdadero camino es él y que toda tu experiencia pre-amorosa antes ha sido, como cantaba Luis Miguel, “juegos de aprendiz”; cuando el gamos agoniza, Fromm lo mantiene vivo artificialmente mediante la narrativa paliativa de que el verdadero amor llega cuando te desenamoras y que tienes que alimentarlo día a día (Lo que hay es que adormecer las ganas de salir corriendo de él cuando el efecto de la droga se pasa). Si el soporte vital frommiano fallase, llega la siguiente etapa: Tu pareja se romperá, y tu entorno, tras una perplejidad temporal, lamentará que hayas perdido el amor y te aconsejará, tras un periodo de prudente recuperación, que lo sigas buscando porque en algún sitio te espera otro mejor. El auténtico. Si rechazas esa búsqueda o por lo menos no mantienes abierta la posibilidad de encontrar el amor o dejar que éste te atropelle, el sistema se tornará hostil: Empezarán con condescendientes sugerencias de que busques ayuda profesional para “arreglar tu corazón roto” o mandarte por WhatsApp artículos de autoayuda y dudosísimos artículos con infame método afirmando “científicamente” que amar prolonga la vida, aumenta la felicidad, disminuye el riesgo de infarto, hace que le crezca el pelo a lxs calvxs, transforma el plomo en oro… De la ciencia investigadora pasan a la práctica clínica y lo siguiente es imponerte un diagnóstico psiquiátrico (Por supuesto, gente sin ninguna formación al respecto). Tampoco te librarás de la vertiente creyente: Te tendrán en sus oraciones para que dejes de ser diferente (e incómodx) y regreses al redil.

Y hasta aquí la crítica a la tesis de Fromm y su lugar en la alienación amorosa. Espero que os haya gustado. Para cualquier duda, leo todos los comentarios.

¡Hasta la próxima!

Mentiras del “amor del bueno”: Reavivar la llama

Os suena ¿Verdad? Un montón de espacio y tiempo en los medios, en Internet y en las redes sociales dedicados a la enorme empresa de devolver a una pareja el encanto de la seducción, se han grabado películas escenificando el horror de la infidelidad cuando uno de los miembros ya no se “esfuerza” en mantener la pasión; los restaurantes, centros de spa, empresas dedicadas a viajes y hasta los sexshop han hecho su particular Agosto ofreciendo productos y servicios a tal fin. ¿El resultado? Que es imposible.

Ya avisaban las voces críticas con el romanticismo que la pasión no es eterna. Sin embargo, omiten que el intento de resucitarla tiene resultados efímeros y escasos. ¿Por qué? ¿Por qué apagarse siempre es su destino, y por mucho tiempo y dinero que invirtamos, se vuelve siempre a la monotomía doméstica? Muy sencillo: Porque la seducción no es un fin en sí misma, sino una herramienta para alcanzar otra cosa.

Mediante la seducción, conquistamos a alguien para que nos dé amor y/o sexo a corto o largo plazo. Una vez estabilizada la pareja y garantizadas esas atenciones, deja de tener sentido invertir tiempo y energía en ella. Otorgar tanto protagonismo y venerar exageradamente este proceso (la seducción, socialmente, tiene la connotación de madurez, elegancia, clase, buenos modales, cierto nivel cultural; existe incluso bibliografía destinada a enseñar a seducir) es tan inútil como sería hacerlo con el recambio de una rueda del coche: Una vez puesta la rueda en condiciones, el proceso termina. Análogamente, establecido el gamos, la seducción se esfuma, ya ha cumplido su labor. A partir de dicho instante, mucha gente se decepciona porque llegó a creerse que sería eternamente la princesa del cuento. Esto nos pasa más frecuentemente a las mujeres, porque educadas en valorarnos según cuánto nos deseen (deseo medido en cuánto se esfuercen en conquistarnos) cuando ya no lo hacen nos devaluamos nosotras mismas. Los hombres no suelen inmutarse, a ellos les enseñan desde el principio el verdadero porqué: Seduces para llevarte a alguien a la cama o al altar (según el objetivo, cambia la forma de seducir, pero no el concepto). Seduces para conseguir algo de esa persona que hablado racionalmente, no te daría ni en broma: “Oye ¿te apetece dejar tu tesis y tus aficiones para embarazarte, criar a mis hijos y cuidar de mis padres sin recibir ni un duro?” suena fatal, por eso antes se celebra un ritual en el que se arrodillan y nos regalan un anillo. Mas no nos engañemos: Ellos se arrodillan 5 minutos para que nosotras, después, vivamos de rodillas; y la inversión en el anillo la recuperarán con creces en forma de trabajo doméstico y familiar. Tres cuartos de lo mismo ocurre con el sexo: Por eso muchos creen que si invierten dinero en una cita, “tienen derecho” a tener sexo; por eso si no lo consiguen, violan a su cita o se quejan diciendo “para esto, me voy de putas”. La conquista es una compra-venta con regateo incluido. Solo que la mercancía ignora que está siendo comprada, entre flores y cines.

Ya, pero ¿Qué pasa con el mimo y las atenciones que perduran durante años? Bien, eso no es conquista; son cuidados. Los cuidados sí son un fin en sí mismos porque satisfacen necesidades y no desaparecen por mucho que se estabilice y dure el vínculo (probablemente con los años, mejoren).

Por todo esto, fantasear con encontrar una pareja que nos haga sentir una codiciada chica Bond toda nuestra vida no lleva a ninguna parte. Nadie mantiene la hornilla encendida una vez la comida está preparada.

¿Por qué mola ser ágama/o/e?

Esta entrada ha sido inspirada por J., reciente incorporación a este grupo a favor de las relaciones justas. En el último evento “agamia en 3D”, dio justo en la diana cuando preguntó precisamente, lo que reza este título. Desde entonces le he dado bastantes vueltas, dándome cuenta de que, ya que toda nuestra cultura se ha construido en base al amor y nos resulta complicadísimo imaginar algo fuera de él (como explicarle a un pez que vive rodeado de agua), primero hay que argumentar por qué merece la pena rechazarlo, qué problemas prácticos se atajan, qué aporta a nuestro bienestar. Si la agamia es el cómo, este post te cuenta el por qué:

  1. ¡Para dejar de sufrir! La razón primordial. Bajo mi punto de vista, solamente esto ya justifica desmantelar el amor. Claro que hay parejas felices y que se tratan bien, pero son muy pocas (para hacernos una idea, si el amor fuese un tratamiento médico, ningún sistema sanitario lo financiaría, por inefectivo) y de esta minoría, un buen porcentaje lo son tras muchos intentos fallidos; el padecimiento es el desenlace más frecuente. Y por desgracia, el sufrimiento en la pareja no se limita al momento de la ruptura, sino que el camino anterior se vuelve un via crucis. Existen adolecimientos específicos del modelo relacional (en monogamia porque quieres estar con otras personas y debes esconderte, o porque alguien te ha sido infiel; en swinger y relaciones abiertas porque te acabes enamorando de alguien que tu modelo te impide cuidar; en poliamor y anarquía relacional, porque ninguna de tus parejas te cuida lo suficiente y la precaria atención puede esfumarse en cuanto otra nueva pareja llegue) y otros comunes: Posesión más o menos evidente (desde espiar el móvil a manipular mediante pequeño drama para que tu pareja se quede contigo), violencia… ¿Para qué perder el tiempo soñando ser la excepción, cuando sin amor la norma es no padecer?
  2. Para eliminar desigualdades: El amor acredita acciones inmorales y mantener privilegios. Cuando no puedas obligar a una mujer a que satisfaga el apetito sexual de un hombre, haz que se enamore. Si el sistema no quiere sufragar la residencia de un anciano, lo mandará de alta a casa de su hija para que lo atienda gratis. Millones de conductas tóxicas se consienten en nombre del amor, es el área de confort de gente con actitud perjudicial para su entorno,y gracias a la cobertura amorosa esta gente ni necesita ni piensa cambiar. Eso sí, esto tiene una pequeña contrapartida: Tendrás que hacerte cargo de las veces que tú misme/a/o te has servido del amor con intereses espurios y renunciar a este poder. Se impondrá la legitimidad.
  3. Para crear comunidad: En una sociedad en la que la soledad no deseada supone un problema de salud pública (Incluso el Ayuntamiento de Madrid promueve iniciativas para prevenir este problema y actualmente existen líneas de investigación al respecto), casi resulta natural y mandatorio que aparezca un movimiento comunitario con el objetivo de distribuir cuidados equitativamente. Colectividad frente a atomización, sin jerarquías amorosas.

¿Te han convencido estas razones? ¿Tienes alguna más que no se reflejen aquí? No te quedes con las dudas, comenta y pregunta. Para vivirlo, puedes seguir a Agamia en Facebook y/o acudir a nuestros eventos “en 3D”.

¡Feliz semana!

¿Qué entiendes tú por amor?

He elegido como título la sempiterna respuesta (si bien pregunta) de cualquier ser amatonormado que oye hablar por primera vez en contra del amor. No me extraña. Es la reacción natural; la persona se queda impactada y te exige una explicación, porque “¡a ver qué te has creído tú que es el amor para decir que es malo! Cuando me dicen esto, me figuro la mente de mi interlocutor/a así: “No puede ser que lleve toda mi vida defendiendo como lo más maravilloso de la existencia, una ideología cruel y violenta ¡Esta tía debe de estar confundiéndolo con el amor romántico/tóxico/Disney/de telenovela del que evidentemente estoy por encima y tengo superadísimo”.

Asisto entonces a un esfuerzo voluntario semiconsciente de alguien que se aferra a Matrix. Claro, eso es: Estamos confundiendo el “amor del bueno” (que no es más que el sistema estabilizándose en la injusticia; el ser humano adaptándose resilientemente a una condición subóptima de supervivencia) con ese en el que está lo malo: Todo tipo de violencia (incluida la de género), la dependencia emocional que conduce a aguantar entornos insalubres e infelices, las desigualdades, el consumismo, la monotonía o el estrés (dependiendo de dónde nos situemos dentro del abanico monogamia-anarquía relacional), las infidelidades… Esa ceguera selectiva que nos impide ver el sufrimiento en el amor, que hasta hace unos años excusábamos en esa expresión ñoña de “el amor es bello incluso cuando duele”, y actualmente, conforme vamos desnaturalizando la violencia y ya no renta, pretendemos separarlo en dos tipos de amor, indivisibles en la práctica porque sólo es uno. ¿Que qué entiendo yo por amor? Pues lo mismo que tú: Un sentimiento que te lleva a cuidar gente en base a unos criterios que tú consideras espontáneos e innatos, pero que curiosamente coinciden con lo culturalmente deseable. Y que quienes no cumplen esos criterios, quedan en soledad. Un mercado en el que se compra, se vende y se regatea intentando adquirir lo más valioso al menor precio posible. Un “sálvese quien pueda” en el que, si conseguimos un producto (pareja) de calidad aceptable, nos contentamos (al menos hasta que aparezca alguien mejor), nos serenamos y hacemos la vista gorda frente a las personas que siguen sufriendo. Tenemos el mismo concepto, pero tú te empeñas en seguir defendiéndolo a capa y espada y yo he tirado la toalla, no voy a justificar más lo injustificable.

Otra situación mezquina que creo que todo el mundo hemos vivido alguna vez: Cuando una amistad nos cuenta su zozobra amorosa, la consolamos con un “ya habrá alguien para ti, vales mucho”… ¿Vales mucho? ¿En serio?¿Somos conscientes en ese momento de que las virtudes de esa persona no cuentan ni en Tinder ni en la vida real? ¿Por qué engañamos, peor todavía, creemos que engañaremos, a alguien mayor, poco agraciade/a/o, pobre, etc. que sabe que lo que la separa de encontrar su “amor ideal” son 20 años, 20 kilos o 20 millones de euros? Al final, preferirá una pareja “a su altura” (es decir, menos rica, joven y guapa de lo que le gustaría) a la carestía de atenciones.

No malinterpretemos: Este es un artículo de hermandad. Mi queride amanotormade: Toda la peña que ahora critica el amor ha estado en tu lugar (deberías haberme visto a mí el año pasado, era la paladina del amor); venimos del mismo sitio. No me he iluminado, ni descubierto la penicilina, ni soy más lista que nadie: me he cansado. La esperanza, la he puesto en otras cosas: En la vida misma, en otros vínculos, en otros proyectos. En buscar y fabricar nodos de relaciones equitativas que sean un oasis; en levantar un hospital de campaña en el epicentro de esta guerra. Un lugar al que acudir cuando te canses de estos infames Juegos del Hambre.

¿Nos seguimos viendo? Espero que sí 🙂

Cosas a evitar al relacionarnos: Las migajas de pan

¡Hola de nuevo, gente curiosa por las relaciones! ¿Cómo va todo? Espero que os hayáis preparado bien, porque os traigo un tema muy manido en blogs sobre emociones y relaciones, pero con un novísimo enfoque: El que relaciona esta práctica con el amor, y el amor sale mal parado. Nada más ni nada menos que las migajas de pan.

Empecemos por el principio ¿Qué es dar migajas de pan, en el sentido emocional? Esta forma de manipulación y maltrato consiste en dar falsas esperanzas a una persona enamorada cuyo vínculo no tenemos intención de afianzar. Para hacerlo más cruel, esas esperanzas no son explícitas, sino implícitas: Escribir de cuando en cuando un mensaje, dejar algunos “me gusta” en las redes sociales… Pero cuando la persona manipulada intenta aclarar expectativas o identificar la relación con preguntas como ¿Quieres estar conmigo? ¿Qué somos? ¿Qué sientes por mí? las respuestas son imprecisas, vagas, ambiguas. El detalle que lo convierte en un maltrato: Cuando esa persona, dolida por el abandono y la carencia emocional, hace el amago de irse, se le vuelve a contactar para que no se marche. Es decir, se da lo mínimo para que no se desenganche, pero menos para que sea insatisfactorio y la relación no progrese. Es estar un día sí y al siguiente, no.

Patético ¿verdad? Pero ¿y si pudiéramos desentrañar por qué sucede esto? ¿podríamos analizar lo que ocurre en el amor para impedirlo?

El amor surge prematuramente cuando dos personas se conocen; si no justo al momento, al poco tiempo. El ser amado todavía no ha hecho “nada” para que le amemos, no ha sido necesario: con la fascinación basta. Pero son eso, meras ilusiones. Esa persona no nos ha cuidado, no existe una base real para nuestro cariño. Son castillos en el aire, promesas, campaña electoral. Nos convertimos en vulnerables a este maltrato por ese detalle: Todo ese romance está en nuestra cabeza. A la que nos vibra el móvil con un mensaje, de nuevo imaginamos una vida junto a quien nos escribe. Como el amor no se fundamenta en nada sólido y maximiza cualquier minúscula muestra de afecto, nuestra mente es nuestra peor enemiga: Interpretamos el mensaje, nos montamos nuestra película y revivimos la ilusión. Sí, nos ilusionamos voluntariamente; nadie puede tratarnos así si no se lo permitimos. Pero estamos demasiado ciegos/as/es amando el amor como para salir de esa trampa. Una vocecita nos aconseja que nos retiremos, que escapemos, pero nos sentimos mal porque la sociedad nos ha inculcado a fuego que lo peor que podemos hacer es dejar escapar al amor de nuestra vida. Y preferimos malgastar años y hundirnos en el dolor antes que abandonar esa esperanza de que a lo mejor tendremos amor.

¿Sabéis qué os digo? Que la vida no está pensada para esperar ni para aceptar migajas, con la de experiencias que nos ofrece. Yo elijo invertir todo ese cariño y confianza para mí misma y para los seres que ya llevan meses o años aportándome elementos positivos. Venga el frío análisis y a tomar por saco el amor, que nos llamen “vacías” o “sin corazón”. Si tener corazón significa permitir que jueguen conmigo o autodestruirme en las garras de manipuladores/as, alegremente no lo tengo. Al no enamorarme, soy dueña de mi vida.

¿Alguna vez os ha pasado esto? ¿Conocéis a alguien en esta situación? Pásadle este post para que se libere.

¡Adiós!

No me toques los amores

He asistido a una vehemente polémica porque en las redes sociales de grupos de poliamor se ha difundido la siguiente cita, de Brigitte Vasallo (activista lgtbi y feminista):

“La monogamia no se desmonta follando más, ni enamorándose simultáneamente de más gente, sino construyendo relaciones de manera distinta que permitan follar más y enamorarnos simultáneamente de más gente sin que nadie se quiebre en el camino.”

Iniciaré la crítica por el final: El objetivo más importante y el principal fracaso del poliamor es “que nadie se quiebre en el camino” ¿Verdad? La gente se quiebra porque, siendo socialmente dependientes y precisando cuidados, no se satisfacen sus necesidades (en las relaciones, sobre todo hablamos de necesidades sexoafectivas, pero a veces también económicas). Bien, para entender el fallo de diseño del poliamor hay que desentrañar la monogamia. La monogamia es un pacto que te garantiza (por lo menos teóricamente) cuidados económicos, físicos, emocionales, sexuales y sociales por un módico precio: tu exclusividad sexoafectiva.  Para conseguir esto, primero entramos en el “mercado” (representado explícitamente por los bares, discotecas o aplicaciones digitales), nos fijamos en alguien, rivalizamos con otras personas para seducirla, en el proceso la idealizamos un poco (o mucho) y la convencemos más o menos conscientemente para que acepte formar una pareja, satisfacer nuestras necesidades y guardarnos exclusividad a cambio de lo mismo. La exclusividad la llevamos muy mal, y como el porcentaje de infidelidades es tan grande y la sensación de traición, abrumadora (desde peques se nos transmite directa o indirectamente que los cuernos son una tragedia), se inventó el poliamor. Los/as poliamorosos/as son personas que se niegan tanto a renunciar a la diversidad sexoafectiva como a mentir.

En la monogamia, mientras la relación no se rompa, cuentas con una buena parte del tiempo de esa persona para ti; todo lo que no sea dormir, trabajar o la familia nos toca a nosotras/os. Es decir, tras la conquista inicial, llega una época de estabilidad, de calma chicha en la que abandonamos el atroz mercado del amor porque ya tenemos a nuestro lado a quien colme nuestros deseos. En esa etapa, descansamos. Hasta que la relación termine.

Pero ¿Y en el poliamor? Pues aunque el poliamor resuelve la monotonía sexoafectiva, pierde también esa tranquilidad donde nuestras necesidades están satisfechas. La monogamia a la larga aburre, pero mientras nos encontramos saciadas/os. En el poliamor te encuentras con que el tiempo de tu pareja hay que repartirlo entre varias personas, y entra y sale gente en la ecuación sin parar. Por tanto, ya nadie te asegura que tus necesidades vayan a cumplirse; la competición es eterna porque 1) Como tu pareja no es exclusiva, necesitarás enamorar a varias parejas para ejercer las funciones que antes hacía una y 2) Si una de tus parejas se enamora de otra persona más intensamente, probablemente se le vaya la olla y tú te quedes, al menos temporalmente, entre un poco descuidada/o y a dos velas. Esto, como podréis imaginar, agota inevitablemente a cualquiera. Pero ojo, los cuidados tampoco se reparten equitativamente:  Una minoría poseedora de mayor valor sociosexual (físico, género, nivel socioeconómico, edad, capacidades, etnia…) tiene una larga lista de amantes deseando cuidarles y salen ganando siempre, obtienen mucha atención con poco esfuerzo; mientras que la mayoría tiene que gastar mucho tiempo y energía en sobresalir de algún modo si quiere conseguir un trozo del pastel de los cuidados. Pugnas como cuando anhelabas dejar la soltería monógama, pero peor: Tu gamos, al multiplicarse la oferta (tu “puesto” en la vida de tu pareja ya no es solo para ti), se ha devaluado. Esta mayoría es la que apenas podrá dedicarse a otra cosa más que a luchar por algo de atención (descuidándose a sí misma, a su trabajo, sus aficiones…) y sufre. La desigualdad origina escasez.

¿Por qué pasa esto y por qué ni Brigitte Vasallo ni nadie del poliamor ha resuelto este enigma? Porque cometen el mismo error: Se basan en que primero te enamoras, y luego cuidas. Satisfacer las necesidades se supedita al amor; tiene que existir amor primero, es condición sine qua non. Aunque quien ames no tenga ya hueco en la agenda de tanta gente que la cuida. Aunque a pocos metros haya una persona desatendida. Pero como a la primera la amas y a la otra no… El amor es injusto y tiránico porque en vez de guiarse por la ética lo hace por la fascinación, la idealización y las emociones (factores excesivamente mudadizos y caprichosos como para actuar en función de ellos) y al repartirse de forma desigual (mucha gente codicia a unos/as cuantos/as privilegiados/as), crea inequidades en los cuidados.

Dicho esto, quien quiera es libre de seguir subiéndose al Titanic; pero no quiero reclamaciones cuando éste vuelva a hundirse. No se obtienen distintos resultados repitiendo el mismo método.

Por cierto, hay un modelo que rechaza el amor y pretende repartir los cuidados según la ética y la justicia, apareciendo el afecto y el apego sano en el proceso ¿Puedes adivinar cuál es?

¡Hasta pronto!