Mentiras del “amor del bueno”: Reavivar la llama

Os suena ¿Verdad? Un montón de espacio y tiempo en los medios, en Internet y en las redes sociales dedicados a la enorme empresa de devolver a una pareja el encanto de la seducción, se han grabado películas escenificando el horror de la infidelidad cuando uno de los miembros ya no se “esfuerza” en mantener la pasión; los restaurantes, centros de spa, empresas dedicadas a viajes y hasta los sexshop han hecho su particular Agosto ofreciendo productos y servicios a tal fin. ¿El resultado? Que es imposible.

Ya avisaban las voces críticas con el romanticismo que la pasión no es eterna. Sin embargo, omiten que el intento de resucitarla tiene resultados efímeros y escasos. ¿Por qué? ¿Por qué apagarse siempre es su destino, y por mucho tiempo y dinero que invirtamos, se vuelve siempre a la monotomía doméstica? Muy sencillo: Porque la seducción no es un fin en sí misma, sino una herramienta para alcanzar otra cosa.

Mediante la seducción, conquistamos a alguien para que nos dé amor y/o sexo a corto o largo plazo. Una vez estabilizada la pareja y garantizadas esas atenciones, deja de tener sentido invertir tiempo y energía en ella. Otorgar tanto protagonismo y venerar exageradamente este proceso (la seducción, socialmente, tiene la connotación de madurez, elegancia, clase, buenos modales, cierto nivel cultural; existe incluso bibliografía destinada a enseñar a seducir) es tan inútil como sería hacerlo con el recambio de una rueda del coche: Una vez puesta la rueda en condiciones, el proceso termina. Análogamente, establecido el gamos, la seducción se esfuma, ya ha cumplido su labor. A partir de dicho instante, mucha gente se decepciona porque llegó a creerse que sería eternamente la princesa del cuento. Esto nos pasa más frecuentemente a las mujeres, porque educadas en valorarnos según cuánto nos deseen (deseo medido en cuánto se esfuercen en conquistarnos) cuando ya no lo hacen nos devaluamos nosotras mismas. Los hombres no suelen inmutarse, a ellos les enseñan desde el principio el verdadero porqué: Seduces para llevarte a alguien a la cama o al altar (según el objetivo, cambia la forma de seducir, pero no el concepto). Seduces para conseguir algo de esa persona que hablado racionalmente, no te daría ni en broma: “Oye ¿te apetece dejar tu tesis y tus aficiones para embarazarte, criar a mis hijos y cuidar de mis padres sin recibir ni un duro?” suena fatal, por eso antes se celebra un ritual en el que se arrodillan y nos regalan un anillo. Mas no nos engañemos: Ellos se arrodillan 5 minutos para que nosotras, después, vivamos de rodillas; y la inversión en el anillo la recuperarán con creces en forma de trabajo doméstico y familiar. Tres cuartos de lo mismo ocurre con el sexo: Por eso muchos creen que si invierten dinero en una cita, “tienen derecho” a tener sexo; por eso si no lo consiguen, violan a su cita o se quejan diciendo “para esto, me voy de putas”. La conquista es una compra-venta con regateo incluido. Solo que la mercancía ignora que está siendo comprada, entre flores y cines.

Ya, pero ¿Qué pasa con el mimo y las atenciones que perduran durante años? Bien, eso no es conquista; son cuidados. Los cuidados sí son un fin en sí mismos porque satisfacen necesidades y no desaparecen por mucho que se estabilice y dure el vínculo (probablemente con los años, mejoren).

Por todo esto, fantasear con encontrar una pareja que nos haga sentir una codiciada chica Bond toda nuestra vida no lleva a ninguna parte. Nadie mantiene la hornilla encendida una vez la comida está preparada.

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¿Por qué mola ser ágama/o/e?

Esta entrada ha sido inspirada por J., reciente incorporación a este grupo a favor de las relaciones justas. En el último evento “agamia en 3D”, dio justo en la diana cuando preguntó precisamente, lo que reza este título. Desde entonces le he dado bastantes vueltas, dándome cuenta de que, ya que toda nuestra cultura se ha construido en base al amor y nos resulta complicadísimo imaginar algo fuera de él (como explicarle a un pez que vive rodeado de agua), primero hay que argumentar por qué merece la pena rechazarlo, qué problemas prácticos se atajan, qué aporta a nuestro bienestar. Si la agamia es el cómo, este post te cuenta el por qué:

  1. ¡Para dejar de sufrir! La razón primordial. Bajo mi punto de vista, solamente esto ya justifica desmantelar el amor. Claro que hay parejas felices y que se tratan bien, pero son muy pocas (para hacernos una idea, si el amor fuese un tratamiento médico, ningún sistema sanitario lo financiaría, por inefectivo) y de esta minoría, un buen porcentaje lo son tras muchos intentos fallidos; el padecimiento es el desenlace más frecuente. Y por desgracia, el sufrimiento en la pareja no se limita al momento de la ruptura, sino que el camino anterior se vuelve un via crucis. Existen adolecimientos específicos del modelo relacional (en monogamia porque quieres estar con otras personas y debes esconderte, o porque alguien te ha sido infiel; en swinger y relaciones abiertas porque te acabes enamorando de alguien que tu modelo te impide cuidar; en poliamor y anarquía relacional, porque ninguna de tus parejas te cuida lo suficiente y la precaria atención puede esfumarse en cuanto otra nueva pareja llegue) y otros comunes: Posesión más o menos evidente (desde espiar el móvil a manipular mediante pequeño drama para que tu pareja se quede contigo), violencia… ¿Para qué perder el tiempo soñando ser la excepción, cuando sin amor la norma es no padecer?
  2. Para eliminar desigualdades: El amor acredita acciones inmorales y mantener privilegios. Cuando no puedas obligar a una mujer a que satisfaga el apetito sexual de un hombre, haz que se enamore. Si el sistema no quiere sufragar la residencia de un anciano, lo mandará de alta a casa de su hija para que lo atienda gratis. Millones de conductas tóxicas se consienten en nombre del amor, es el área de confort de gente con actitud perjudicial para su entorno,y gracias a la cobertura amorosa esta gente ni necesita ni piensa cambiar. Eso sí, esto tiene una pequeña contrapartida: Tendrás que hacerte cargo de las veces que tú misme/a/o te has servido del amor con intereses espurios y renunciar a este poder. Se impondrá la legitimidad.
  3. Para crear comunidad: En una sociedad en la que la soledad no deseada supone un problema de salud pública (Incluso el Ayuntamiento de Madrid promueve iniciativas para prevenir este problema y actualmente existen líneas de investigación al respecto), casi resulta natural y mandatorio que aparezca un movimiento comunitario con el objetivo de distribuir cuidados equitativamente. Colectividad frente a atomización, sin jerarquías amorosas.

¿Te han convencido estas razones? ¿Tienes alguna más que no se reflejen aquí? No te quedes con las dudas, comenta y pregunta. Para vivirlo, puedes seguir a Agamia en Facebook y/o acudir a nuestros eventos “en 3D”.

¡Feliz semana!

¿Qué entiendes tú por amor?

He elegido como título la sempiterna respuesta (si bien pregunta) de cualquier ser amatonormado que oye hablar por primera vez en contra del amor. No me extraña. Es la reacción natural; la persona se queda impactada y te exige una explicación, porque “¡a ver qué te has creído tú que es el amor para decir que es malo! Cuando me dicen esto, me figuro la mente de mi interlocutor/a así: “No puede ser que lleve toda mi vida defendiendo como lo más maravilloso de la existencia, una ideología cruel y violenta ¡Esta tía debe de estar confundiéndolo con el amor romántico/tóxico/Disney/de telenovela del que evidentemente estoy por encima y tengo superadísimo”.

Asisto entonces a un esfuerzo voluntario semiconsciente de alguien que se aferra a Matrix. Claro, eso es: Estamos confundiendo el “amor del bueno” (que no es más que el sistema estabilizándose en la injusticia; el ser humano adaptándose resilientemente a una condición subóptima de supervivencia) con ese en el que está lo malo: Todo tipo de violencia (incluida la de género), la dependencia emocional que conduce a aguantar entornos insalubres e infelices, las desigualdades, el consumismo, la monotonía o el estrés (dependiendo de dónde nos situemos dentro del abanico monogamia-anarquía relacional), las infidelidades… Esa ceguera selectiva que nos impide ver el sufrimiento en el amor, que hasta hace unos años excusábamos en esa expresión ñoña de “el amor es bello incluso cuando duele”, y actualmente, conforme vamos desnaturalizando la violencia y ya no renta, pretendemos separarlo en dos tipos de amor, indivisibles en la práctica porque sólo es uno. ¿Que qué entiendo yo por amor? Pues lo mismo que tú: Un sentimiento que te lleva a cuidar gente en base a unos criterios que tú consideras espontáneos e innatos, pero que curiosamente coinciden con lo culturalmente deseable. Y que quienes no cumplen esos criterios, quedan en soledad. Un mercado en el que se compra, se vende y se regatea intentando adquirir lo más valioso al menor precio posible. Un “sálvese quien pueda” en el que, si conseguimos un producto (pareja) de calidad aceptable, nos contentamos (al menos hasta que aparezca alguien mejor), nos serenamos y hacemos la vista gorda frente a las personas que siguen sufriendo. Tenemos el mismo concepto, pero tú te empeñas en seguir defendiéndolo a capa y espada y yo he tirado la toalla, no voy a justificar más lo injustificable.

Otra situación mezquina que creo que todo el mundo hemos vivido alguna vez: Cuando una amistad nos cuenta su zozobra amorosa, la consolamos con un “ya habrá alguien para ti, vales mucho”… ¿Vales mucho? ¿En serio?¿Somos conscientes en ese momento de que las virtudes de esa persona no cuentan ni en Tinder ni en la vida real? ¿Por qué engañamos, peor todavía, creemos que engañaremos, a alguien mayor, poco agraciade/a/o, pobre, etc. que sabe que lo que la separa de encontrar su “amor ideal” son 20 años, 20 kilos o 20 millones de euros? Al final, preferirá una pareja “a su altura” (es decir, menos rica, joven y guapa de lo que le gustaría) a la carestía de atenciones.

No malinterpretemos: Este es un artículo de hermandad. Mi queride amanotormade: Toda la peña que ahora critica el amor ha estado en tu lugar (deberías haberme visto a mí el año pasado, era la paladina del amor); venimos del mismo sitio. No me he iluminado, ni descubierto la penicilina, ni soy más lista que nadie: me he cansado. La esperanza, la he puesto en otras cosas: En la vida misma, en otros vínculos, en otros proyectos. En buscar y fabricar nodos de relaciones equitativas que sean un oasis; en levantar un hospital de campaña en el epicentro de esta guerra. Un lugar al que acudir cuando te canses de estos infames Juegos del Hambre.

¿Nos seguimos viendo? Espero que sí 🙂

Cosas a evitar al relacionarnos: Las migajas de pan

¡Hola de nuevo, gente curiosa por las relaciones! ¿Cómo va todo? Espero que os hayáis preparado bien, porque os traigo un tema muy manido en blogs sobre emociones y relaciones, pero con un novísimo enfoque: El que relaciona esta práctica con el amor, y el amor sale mal parado. Nada más ni nada menos que las migajas de pan.

Empecemos por el principio ¿Qué es dar migajas de pan, en el sentido emocional? Esta forma de manipulación y maltrato consiste en dar falsas esperanzas a una persona enamorada cuyo vínculo no tenemos intención de afianzar. Para hacerlo más cruel, esas esperanzas no son explícitas, sino implícitas: Escribir de cuando en cuando un mensaje, dejar algunos “me gusta” en las redes sociales… Pero cuando la persona manipulada intenta aclarar expectativas o identificar la relación con preguntas como ¿Quieres estar conmigo? ¿Qué somos? ¿Qué sientes por mí? las respuestas son imprecisas, vagas, ambiguas. El detalle que lo convierte en un maltrato: Cuando esa persona, dolida por el abandono y la carencia emocional, hace el amago de irse, se le vuelve a contactar para que no se marche. Es decir, se da lo mínimo para que no se desenganche, pero menos para que sea insatisfactorio y la relación no progrese. Es estar un día sí y al siguiente, no.

Patético ¿verdad? Pero ¿y si pudiéramos desentrañar por qué sucede esto? ¿podríamos analizar lo que ocurre en el amor para impedirlo?

El amor surge prematuramente cuando dos personas se conocen; si no justo al momento, al poco tiempo. El ser amado todavía no ha hecho “nada” para que le amemos, no ha sido necesario: con la fascinación basta. Pero son eso, meras ilusiones. Esa persona no nos ha cuidado, no existe una base real para nuestro cariño. Son castillos en el aire, promesas, campaña electoral. Nos convertimos en vulnerables a este maltrato por ese detalle: Todo ese romance está en nuestra cabeza. A la que nos vibra el móvil con un mensaje, de nuevo imaginamos una vida junto a quien nos escribe. Como el amor no se fundamenta en nada sólido y maximiza cualquier minúscula muestra de afecto, nuestra mente es nuestra peor enemiga: Interpretamos el mensaje, nos montamos nuestra película y revivimos la ilusión. Sí, nos ilusionamos voluntariamente; nadie puede tratarnos así si no se lo permitimos. Pero estamos demasiado ciegos/as/es amando el amor como para salir de esa trampa. Una vocecita nos aconseja que nos retiremos, que escapemos, pero nos sentimos mal porque la sociedad nos ha inculcado a fuego que lo peor que podemos hacer es dejar escapar al amor de nuestra vida. Y preferimos malgastar años y hundirnos en el dolor antes que abandonar esa esperanza de que a lo mejor tendremos amor.

¿Sabéis qué os digo? Que la vida no está pensada para esperar ni para aceptar migajas, con la de experiencias que nos ofrece. Yo elijo invertir todo ese cariño y confianza para mí misma y para los seres que ya llevan meses o años aportándome elementos positivos. Venga el frío análisis y a tomar por saco el amor, que nos llamen “vacías” o “sin corazón”. Si tener corazón significa permitir que jueguen conmigo o autodestruirme en las garras de manipuladores/as, alegremente no lo tengo. Al no enamorarme, soy dueña de mi vida.

¿Alguna vez os ha pasado esto? ¿Conocéis a alguien en esta situación? Pásadle este post para que se libere.

¡Adiós!

No me toques los amores

He asistido a una vehemente polémica porque en las redes sociales de grupos de poliamor se ha difundido la siguiente cita, de Brigitte Vasallo (activista lgtbi y feminista):

“La monogamia no se desmonta follando más, ni enamorándose simultáneamente de más gente, sino construyendo relaciones de manera distinta que permitan follar más y enamorarnos simultáneamente de más gente sin que nadie se quiebre en el camino.”

Iniciaré la crítica por el final: El objetivo más importante y el principal fracaso del poliamor es “que nadie se quiebre en el camino” ¿Verdad? La gente se quiebra porque, siendo socialmente dependientes y precisando cuidados, no se satisfacen sus necesidades (en las relaciones, sobre todo hablamos de necesidades sexoafectivas, pero a veces también económicas). Bien, para entender el fallo de diseño del poliamor hay que desentrañar la monogamia. La monogamia es un pacto que te garantiza (por lo menos teóricamente) cuidados económicos, físicos, emocionales, sexuales y sociales por un módico precio: tu exclusividad sexoafectiva.  Para conseguir esto, primero entramos en el “mercado” (representado explícitamente por los bares, discotecas o aplicaciones digitales), nos fijamos en alguien, rivalizamos con otras personas para seducirla, en el proceso la idealizamos un poco (o mucho) y la convencemos más o menos conscientemente para que acepte formar una pareja, satisfacer nuestras necesidades y guardarnos exclusividad a cambio de lo mismo. La exclusividad la llevamos muy mal, y como el porcentaje de infidelidades es tan grande y la sensación de traición, abrumadora (desde peques se nos transmite directa o indirectamente que los cuernos son una tragedia), se inventó el poliamor. Los/as poliamorosos/as son personas que se niegan tanto a renunciar a la diversidad sexoafectiva como a mentir.

En la monogamia, mientras la relación no se rompa, cuentas con una buena parte del tiempo de esa persona para ti; todo lo que no sea dormir, trabajar o la familia nos toca a nosotras/os. Es decir, tras la conquista inicial, llega una época de estabilidad, de calma chicha en la que abandonamos el atroz mercado del amor porque ya tenemos a nuestro lado a quien colme nuestros deseos. En esa etapa, descansamos. Hasta que la relación termine.

Pero ¿Y en el poliamor? Pues aunque el poliamor resuelve la monotonía sexoafectiva, pierde también esa tranquilidad donde nuestras necesidades están satisfechas. La monogamia a la larga aburre, pero mientras nos encontramos saciadas/os. En el poliamor te encuentras con que el tiempo de tu pareja hay que repartirlo entre varias personas, y entra y sale gente en la ecuación sin parar. Por tanto, ya nadie te asegura que tus necesidades vayan a cumplirse; la competición es eterna porque 1) Como tu pareja no es exclusiva, necesitarás enamorar a varias parejas para ejercer las funciones que antes hacía una y 2) Si una de tus parejas se enamora de otra persona más intensamente, probablemente se le vaya la olla y tú te quedes, al menos temporalmente, entre un poco descuidada/o y a dos velas. Esto, como podréis imaginar, agota inevitablemente a cualquiera. Pero ojo, los cuidados tampoco se reparten equitativamente:  Una minoría poseedora de mayor valor sociosexual (físico, género, nivel socioeconómico, edad, capacidades, etnia…) tiene una larga lista de amantes deseando cuidarles y salen ganando siempre, obtienen mucha atención con poco esfuerzo; mientras que la mayoría tiene que gastar mucho tiempo y energía en sobresalir de algún modo si quiere conseguir un trozo del pastel de los cuidados. Pugnas como cuando anhelabas dejar la soltería monógama, pero peor: Tu gamos, al multiplicarse la oferta (tu “puesto” en la vida de tu pareja ya no es solo para ti), se ha devaluado. Esta mayoría es la que apenas podrá dedicarse a otra cosa más que a luchar por algo de atención (descuidándose a sí misma, a su trabajo, sus aficiones…) y sufre. La desigualdad origina escasez.

¿Por qué pasa esto y por qué ni Brigitte Vasallo ni nadie del poliamor ha resuelto este enigma? Porque cometen el mismo error: Se basan en que primero te enamoras, y luego cuidas. Satisfacer las necesidades se supedita al amor; tiene que existir amor primero, es condición sine qua non. Aunque quien ames no tenga ya hueco en la agenda de tanta gente que la cuida. Aunque a pocos metros haya una persona desatendida. Pero como a la primera la amas y a la otra no… El amor es injusto y tiránico porque en vez de guiarse por la ética lo hace por la fascinación, la idealización y las emociones (factores excesivamente mudadizos y caprichosos como para actuar en función de ellos) y al repartirse de forma desigual (mucha gente codicia a unos/as cuantos/as privilegiados/as), crea inequidades en los cuidados.

Dicho esto, quien quiera es libre de seguir subiéndose al Titanic; pero no quiero reclamaciones cuando éste vuelva a hundirse. No se obtienen distintos resultados repitiendo el mismo método.

Por cierto, hay un modelo que rechaza el amor y pretende repartir los cuidados según la ética y la justicia, apareciendo el afecto y el apego sano en el proceso ¿Puedes adivinar cuál es?

¡Hasta pronto!

Agamia for dummies

Cuanto más menciono la agamia, más me preguntan sobre ella. Y es que esta manera de relacionarse busca terminar con las dinámicas insatisfactorias que se crean en torno al poliamor (sensación de tener que “entregarse sexualmente” para obtener cuidados en un mercado sociosexual brutal, de que no pasa de ser una transacción cutre vestida de glamour y apertura mental) y avanzar en el esbozo de la anarquía relacional (acertada al prescindir de la pareja, pero excesivamente timorata al no atreverse a erradicar la fascinación amorosa, además de que, aunque le resta poder a la pareja, no la pone en tela de juicio). Paradójicamente, a mí me resulta más sencilla la práctica que explicar la teoría; porque al no conformarte con las relaciones tradicionales, naturalmente llegas a ella.

Dentro del seno de agamia, en los fuegos del Monte del Destino, se han redactado ocho propuestas relacionales para resumir sus ideales:

  1.  Lo más crucial: La pareja. Las personas ágamas no establecen parejas. La pareja es una estructura con determinadas expectativas familiares, sociales e incluso legales, un rígido corsé en el que no cabemos.
  2. Amor: El amor existe, por supuesto, pero NO es: Ni un sentimiento, ni bueno. Es una forma de entender las relaciones humanas, un paraguas pasteloso bajo el que se consienten el trabajo doméstico no remunerado, las desigualdades, formas más o menos sutiles de violencia (un enamorado “hace locuras” – locuras que cuestan vidas-) y por supuesto, que nadie del exterior pueda criticar estas dinámicas bajo la sombra de lo privado (“los trapos sucios se lavan en casa”). Se rechazan el amor y el enamoramiento (fase de exaltación con cierta base biológica, fomentada y potenciada culturalmente). Bajo ningún concepto el amor se considera atenuante de daño a terceros, es decir: No vale decir “tengo celos porque te quiero”; si tienes celos háztelos mirar y no molestes. Nadie te pidió que te encargaras de su vida sexual.
  3.  Sin amor ni pareja ¿Cómo se establecen los vínculos y cómo se satisfacen las necesidades? El apego sano, el afecto y la admiración son su fundamento.
  4. Sexo: Se designifica el sexo, esto es, vigilamos no intentar “conquistar” mediante el sexo, que no existan segundas intenciones ni siquiera de forma inconsciente, nada de enganchar a nadie ni que quede bajo nuestro dominio. Tampoco que nos dominen.
  5. Orientación/Identidad: Las personas ágamas no tienen género identitario. Se responsabilizan del género por el que son leídas/os/es y se comprometen con la superación de nuestra identidad sexual (no hace falta definirse como bi-homo-hetero… Para no limitar los vínculos en lo que puedan llegar a ser).
  6. Valor sociosexual-Belleza: Las personas ágamas se oponen a las jerarquías sociales de atractivo. Creemos en nuestra capacidad para deconstruir y reconstruir nuestro deseo en función de criterios éticos y políticos, rechazando cualquier discriminación.
  7. Las personas ágamas se relacionan con personas que se adscriben a cualquier modelo relacional, sin olvidar que su apuesta por el amor y el gamos es una amenaza constante para la confiabilidad. Puedes seguir el mandato amoroso… Pero no esperes que una persona ágama se arriesgue, por muy unida que se encuentre a ti.
  8. Discriminación relacional positiva: Consiste en la entrega a las mujeres de cuotas superiores de poder en las relaciones para compensar eficaz y definitivamente su falta de poder estructural.

¿Te has quedado con dudas? ¡Genial! Puedes preguntar en los comentarios. También encontrarás el grupo de agamia en Facebook y mucha más información en este blog .

¡Nos vemos en la próxima publicación!

 

 

Un abrazo significa…

¿Qué significa un abrazo? No me lo había planteado hasta hace poco. De lo que sí me había percatado es que me he sentido muy reconfortada y apoyada en ambientes y grupos donde el contacto físico brillaba por su ausencia; y solemnemente abandonada en sitios donde me abrazaban con mucha frecuencia.

Desde agamia, se ha reflexionado acerca de tal percepción, y se ha identificado una posible causa: El afecto físico, en sí mismo, puede lograr un efecto paliativo ante una reacción emocional intensa, especialmente ante aquellas emociones que responden a que nuestras necesidades no estén siendo cubiertas, como la ira o la tristeza. Pero pasados esos minutos, si al afecto físico no le acompañan unos cuidados reales, probablemente nos decepcionemos, pues termina creándonos la expectativa de unos cuidados que quien nos abraza y nos besa no siempre querrá o podrá ofrecernos.

Entendiendo entonces estos gestos como un cheque en blanco de cuidados que posteriormente la otra persona tendrá intención de cobrar, comenzar un vínculo prodigando muchos abrazos y besos quizá no sea la mejor estrategia. Desde el punto de vista de la agamia, lo óptimo sería hacerlo al revés: Formar el vínculo mediante los cuidados, y desde ahí, definirlo y aplicar los afectos físicos correspondientes. Al mostrar estos afectos a personas con las que, efectivamente, ya existe este intercambio satisfactorio de cuidados, no ha lugar al desengaño, puesto que partimos de alguien con quien podemos contar. Es una forma más justa de relacionarnos, y una manera de evitar la horrible y diseminada sensación de “estar dando mucho y recibiendo poco”.

Y tú ¿Alguna vez has cuestionado cómo gestionas los afectos? ¡Nos vemos en la próxima!