Sexismo ambivalente

¿Os habéis quedado a cuadros al leer el título? A mí me pasó la primera vez que lo escuché. Quizá no hayas escuchado nunca este término, pero seguro que lo has experimentado y lo has visto en tu vida cotidiana; conocerlo amplía mucho el cerco del pensamiento.

En los países occidentales, las formas tradicionales de sexismo son cada vez más minoritarias, de manera que sólo un sector muy reducido de la población manifiesta una actitud basada en la supuesta inferioridad de las mujeres como grupo. Sin embargo, diversos índices sugieren que la igualdad entre hombres y mujeres dista mucho de ser una realidad. Esta situación contradictoria ha llevado a formular la existencia de formas más sutiles o encubiertas de sexismo. El sexismo ambivalente conjuga las formas tradicionales (más hostiles) con formas más “benévolas”, que si bien tienen un componente afectivo y conductual positivo, siguen considerando a la mujer de forma estereotipada y limitada a ciertos roles. Es decir, un sexismo hostil y un sexismo benévolo (por eso se llama ambivalente).

Toda evaluación (cognitiva, afectiva y conductual) que se haga de una persona atendiendo a la categoría sexual biológica a la que pertenece puede ser etiquetada como “sexista”, tanto si es negativa como positiva y tanto si se refiere al hombre como a la mujer. Si entendemos por sexismo sólo una actitud negativa hacia las mujeres, apenas puede hablarse de que exista sexismo en las sociedades occidentales actualmente, aunque sabemos que no es así.

El sexismo tradicional se articula en torno a 3 ideas: 1) Paternalismo dominador (Las mujeres son más débiles e inferiores a los hombres, legitimando la necesidad de la figura dominante masculina) 2) la diferenciación de género competitiva (las mujeres son diferentes y no poseen las características necesarias para gobernar las instituciones sociales, siendo su ámbito la familia y el hogar); y 3) la hostilidad heterosexual (las mujeres, debido a su “poder sexual” , son peligrosas y manipuladoras de los hombres).

Por su parte, el sexismo benévolo se define como un conjunto de actitudes interrelacionadas hacia las mujeres que son sexistas en cuanto las considera de forma estereotipada y limitadas a ciertos roles, pero que tiene un tono afectivo positivo (para quien lo ejerce) y tiende a suscitar en éste conductas típicamente categorizadas como prosociales (p. ej., ayudar) o de búsqueda de intimidad (p. ej., tomar a una mujer como confidente y contarle tu vida). El sexismo benévolo sigue siendo sexismo, a pesar de los sentimientos positivos que pueda tener quien los ejerce, porque descansa en la dominación tradicional del varón y tiene aspectos comunes con el sexismo hostil: las mujeres están mejor en ciertos roles y espacios y son “más débiles” . De hecho, el sexismo benévolo puede ser incluso más perjudicial que el hostil, pues puede utilizarse para compensar o legitimar el sexismo hostil (el típico “las mujeres os quejáis de las violaciones pero bien que queréis que os invitemos al cine”)  y dado que el sexista hostil no suele considerarse a sí mismo sexista, las posibilidades de intervención en contra de esta forma de sexismo pueden tener dificultades añadidas. Claramente los dos sexismos sirven para justificar el poder estructural del varón.

 Los componentes del sexismo benévolo son: 1) el paternalismo protector (el hombre cuida y protege a la mujer como un padre cuida a sus hijos); 2) la diferenciación de género complementaria (la visión de que las mujeres tienen muchas características positivas, que complementan a las características que tienen los hombres. Esto tendría como consecuencia los mitos románticos de la media naranja y la heteronorma), 3) intimidad heterosexual (la “dependencia reproductiva” y sexual de los hombres heterosexuales respecto a las mujeres crea una situación bastante inusual en la que los miembros del grupo dominante son dependientes de los miembros del grupo subordinado; el machismo y en neoliberalismo económico han refinado esto mediante los vientres de alquiler, disponiendo los hombres adinerados de absolutamente de todo el poder). La intimidad heterosexual lleva a la reverencia a la mujer como esposa, madre y su idealización como objeto amoroso.

Ahora se comprende un poco mejor la contradicción social ¿Verdad? Y tú ¿Eres capaz de distinguir los componentes del sexismo ambivalente? ¡Dale a like y comenta si te gustó! ¡Adiós!

 

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Ciencia + Feminismo = Parto domiciliario (cuando toca)

La ciencia y la tecnología, en los últimos tiempos, gozan de gran popularidad y no sin motivo: El rigor científico a la hora de ampliar conocimientos, de encontrar las mejores respuestas a preguntas que nos sumen en la incertidumbre y las facilidades que nos brinda la tecnología, las convierte en amigas de la sociedad humana. El saber científico es “lo más verdadero” hasta que una verdad mayor lo desmienta. Pero algunos aforismos, sobre todo en el ámbito médico, terminan transformándose en creencias que arraigan como el más tradicional de los dogmas, a veces sin demasiada evidencia o actitud crítica. Que un algoritmo médico se actualice cada seis meses no debería dar la imagen de que no se tiene ni idea, sino de que resume un campo en constante evolución.

No puedo ser médica y feminista sin dar espacio para hablar de la violencia obstétrica. Según la UNESCO, la violencia obstétrica es “un tipo de violencia de género y una violación de los derechos humanos. Implica la apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres por personal de salud, que se expresa por un trato deshumanizador, en un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y sexualidad, impactando negativamente en la calidad de vida de las mujeres”.  Esta violencia se produce en centros públicos y privados y se aprovecha de la situación de vulnerabilidad durante gestación, parto y puerperio. El discurso biomédico con demasiada frecuencia es arrogante, ignorante y medicalizador. Frente a esta situación injusta, surge una alternativa: El parto en casa. Según este estudio, quienes eligen traer a su criatura al mundo en casa refieren hacerlo mayoritariamente para evitar intervenciones innecesarias, por comodidad y familiaridad y por la propia libertad de escoger. Afortunadamente hay en mi entorno una estupenda matrona especializada en este campo (un besote, Anabel).

También es violencia obstétrica no ofrecer información sobre este tipo de nacimiento. La principal creencia médica sobre los partos domiciliarios es que en cualquier caso entrañan más peligro que los que se producen en el hospital. Y es lógico pensar así, puesto que la asistencia sanitaria reduce la mortalidad materna e infantil. Pero ¿Siempre y para todas las personas gestantes? Si no hospitalizamos todas las neumonías ¿Por qué todos los partos? ¿Todos o ninguno? Pues depende.

El National Institute for Health and Clinical Excellence en Reino Unido recomienda, para gestantes que tienen bajo riesgo y que ya han parido más veces, hacerlo en esa ocasión en casa, por ser menos probable que su parto sea intervenido innecesariamente; mientras que para aquellas que dan a luz por primera vez, existe un leve aumento del riesgo para el bebé. En gestantes con factores de riesgo identificados, no se recomienda (según apoya este estudio en Australia). Este otro estudio que abarca gestantes de bajo riesgo entre 2000 y 2017 (se trata de un metaanálisis, diseño con muy buena evidencia), va en el mismo sentido, concluyendo que en bajo riesgo, no se vio diferencias de mortalidad ni complicaciones según el lugar de nacimiento.

¿Y en España? Mientras que la SEGO (Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia) lo contraindica siempre (Le hago “menos caso” a esta opinión porque es un consenso de expertos, porque su evidencia es menor al estudio de cohortes y el metaanálisis que he citado anteriormente y porque se basan en que “antes se paría en casa y había mayor mortalidad maternoinfantil”, lo cual es verdad, pero hay que tener en cuenta que también parían en casa primigestas y mujeres con embarazos de riesgo, con varios bebés, etc. en los que estaría indicado de primeras el parto hospitalario), la Federación de Asociaciones de Matronas de España (FAME) suscribe estas recomendaciones, ofreciendo libertad para elegir y publicó en 2018 una guía informativa sobre partos en casa, en las que describe la preparación de las personas y el hogar, cómo se lleva a cabo, qué hay que vigilar y los criterios para ver si una persona es candidata de parir en casa:

  • Inicio de parto espontáneo entre 37-42 semanas
    de gestación.
  • Presentación cefálica (que el bebé venga de cabeza).
  • Hemoglobina (Hb, molécula que transporta el oxígeno en sangre, se ve en analítica) ≥ 10 g/dl
  •  Índice de masa corporal (IMC) ≤ 30 Kg/m2 al
    quedarse embarazada.
  • Embarazo no múltiple (un solo bebé).
  • Historia clínica sin complicaciones relevantes.
  •  Historia obstétrica sin complicaciones.
  •  Sin signos ni síntomas relevantes relacionados
    con complicaciones del embarazo, como por
    ejemplo preeclampsia, crecimiento intrauterino
    retardado (CIR) confirmado, colestasis…

También lo apoya el Ministerio de Sanidad, que si bien se pronunció en 2009, no parece haber cambiado en este aspecto. No obstante, se recomienda siempre asistido por matronas especialistas en este ámbito, y en opinión personal yo también tendría en cuenta, por ejemplo, la distancia entre el domicilio donde se da a luz y un hospital al que poder ser derivada.

En cuanto a la OMS, este organismo deja la decisión a la persona gestante, siempre y cuando cumpla todos los criterios (en sus recomendaciones “no se moja”, pero es interesante leerlas).

Otro inconveniente (y aunque hablando de salud, mencionar el dinero quede fatal) sería que los nacimientos domiciliarios costasen más al sistema sanitario que en los hospitalarios. Este estudio del British Medical Journal muestra que no, que de hecho, en gestantes multíparas de bajo riesgo, el coste es menor. En 2016 se publicó una revisión sistemática que concluyó no disponer de datos suficientes para concluir en un sentido o en otro, pues no podían descartar que la diferencia de costes se debiera a otros factores.

¿Cómo nos quedamos después de leer esto? Parece que se nos rompen un poco los esquemas ¿Verdad? Si tienes alguna duda o has encontrado alguna eevidencia mejor, comenta y si crees que a alguien le puede interesar esta información ¡Comparte!

Logros en igualdad 2018

En pocos días despediremos el año, y me parece un gran hábito, agradecer todo lo que se hemos avanzado, para así coger carrerilla para el 2019. Te pone como de buen humor.

Aunque en las redes sociales y medios de comunicación (que cada vez se van fusionando más en una misma cosa) hagan mucho ruido las absoluciones injustas, y parezca que no vamos a ninguna parte, que las inequidades de género son imbatibles; las estadísticas muestran una clara tendencia: Cada vez se denuncia más la violencia de género, como demuestran los resultados del Instituto Nacional de Estadística en materia de violencia de género. Pese a que se produjo un descenso de las denuncias entre 2011 y 2013, en los últimos 5 años se detecta un patrón ascendente para las denuncias de delitos asociados a esta causa y las medidas cautelares adoptadas.

INE1

Los mismo resultados, ahora representados gráficamente para percatarnos del ascenso:

INE2

Vale. Bien, pero, que haya más denuncias no quiere decir que detectemos mejor la violencia de género a nivel judicial ¿verdad? Puedes denunciar todo lo que quieras, que a tu maltratador de seguro le van a absolver… ¡No tan rápido! Desde 2015, han aumentado el número de condenas y descendido las absoluciones. Es más, en estas estadísticas vemos que las condenas superan muchísimo en número a las absoluciones (Aproximadamente una ratio de 3 condenas por cada absolución). Distancia que se acentúa más con el tiempo.

INE3

Para apreciar mejor la tendencia, un gráfico con estos mismos resultados:

INE4

Como veis, quitando los casos puntuales que los medios/redes provechan para ganar likes, cuando se analizan decenas de miles de personas, algo queda claro: El feminismo sí está consiguiendo cambios, y la ley integral contra la violencia de género, tan denostada, se acompaña de una apertura de mente (algo similar sucedió con el matrimonio igualitario con el respeto a personas lgtbi; a veces las leyes crean conciencia) y una mejor formación de los profesionales, quienes cada vez interpretan mejor las pruebas. Además, esta ley da sentido a que los/as profesionales de la Sanidad nos esforcemos en cumplimentar partes de lesiones (os aseguro que en una guardia de Urgencias a las 4 am. lo último que quieres es rellenar papeleo, si no existiera una ley detrás que hiciera efectiva una condena, si no supiéramos que eso puede marcar la diferencia entre un maltratador libre o preso, ni nos molestaríamos). En definitiva, demostramos ser una sociedad cada vez más consciente y menos tolerante hacia las violencias, la de género entre ellas.

Gracias a quienes lo hacéis posible.

¿Es el feminismo una moda?

Según la definición de Wikipedia, moda es: Un conjunto de prendas de vestir, adornos y complementos que se basan en gustos, usos y costumbres, y que se usan durante un periodo determinado. De ahí podría deducirse que, siguiendo una moda, se consigue aceptación social. No parece que cuadre mucho con el feminismo, que es un movimiento social que busca derechos, igualdad y paz, y en última instancia, armonía entre todas las personas.

Ser feminista te expone a la soledad. Cada feminista llevamos a nuestras espaldas un historial de conflictos y peleas con amistades, gente allegada, discusiones con familiares, aceptar que una parte de elles te retirará su apoyo e incluso te abandonará (a veces tu propio padre, abuelo, hermano o primo) y que la parte más tolerante se mantendrá neutral (con una neutralidad que beneficia a quien oprime, ya sabemos en qué consiste la neutralidad ante las desigualdades). No olvidemos tampoco que la emancipación feminista implica la guerra interna de no depender de un hombre, de sacarte las castañas del fuego tú solita después de una vida entera viviendo en un mundo donde depender de alguien se considera precioso, y suena música de Barbra Streisand. Es muy guay decir que no necesitas al príncipe azul, pero matar al dragón no deja de ser, a veces, un engorro. El patriarcado tiene remansos de comodidad para la mujer que lo abandera, aunque sólo sea la calma de vivir feliz en la ignorancia y no tener que desmontar cada pieza mal puesta durante sus años de infancia, adolescencia y juventud. Aunque sólo sea el subidón del día de la boda (ceremonia que celebra la sumisión voluntaria de la mujer).

Ser feminista no es cool, ni trendy. Te llevas mil insultos en las redes sociales, mil alusiones en cada quedada. Que cada tipo retrógrado espere que dejes de disfrutar de la Nochebuena para aclararle por qué hace falta una Ley Contra la Violencia de Género es agotador. Que cada fiel esposa se empeñe en defender que su marido “no es nada machista”, es frustrante. Mi última experiencia fue con una mujer de entre 50 – 60, que defendía la violencia que ejerció contra ella su primera jefa, cuando esta señora comenzaba su carrera profesional con veintipocos años. En este caso, la jefa presumía de haber hecho llorar con sus abusos de poder a todas sus empleadas mujeres, incluída mi interlocutora. Ella, haciendo gala de un síndrome de Estocolmo y de una alienación bestiales, negaba que se tratara de machismo (aunque ese trato no lo sufrieron jamás los empleados varones, como admitió sin tapujos), sino que lo achacaba a la familia desestructurada de su jefa (como si fuesen circunstancias excluyentes). ¿Qué quiero decir con esto? Que el feminismo no es fácil; te coloca unas gafas con las que ves el horror que te hacen pasar por haber nacido mujer. Y ese dolor hay que procesarlo, digerirlo, perdonarlo. A esta mujer habría que ayudarla a reconocer la violencia que ha recibido, para que una vez canalizada su ira, desarrollase verdadera compasión por su exjefa. Es decir, que fuese capaz de decir “sí, mi jefa fue machista; no se debe tratar así a las mujeres; he decidido cuidarme y perdonarla”. ¿Llegaría al mismo punto, al perdón? Sí, pero con una herida correctamente cicatrizada, no cerrada en falso (negando el machismo, celebrando la violencia que sufrió como si se la hubiese merecido, identificándose con su agresora y empatizando de forma patológica). Sería un perdón desde el empoderamiento, no desde la mansedumbre y la subordinación.

Eso sí, el feminismo consigue cosas. Muchas. En menos de 200 años recuperamos derechos que hacía milenios que nos habían arrebatado y parecían inalcanzables. Estos logros atraen a gente con pocos escrúpulos y mucho ego, que no dudan en sacarse selfies ante campañas feministas con las que no colaboran. Las empresas intentan ganar dividendos con nuestros eslóganes. E incluso gente misógina esconde sus abusos con un disfraz de feminismo. Son efectos secundarios de nuestra lucha. Pero ni por un momento me hacen desistir de ella.

Larga vida al feminismo que va a vencer, que va a vencer…

El duelo de abandonar el machismo

Abandonar el machismo acarrea una pérdida de privilegios. Más evidente en personas socializadas y leídas como hombres, pero también en nosotras (la mujer patriarcal sufre una opresión menos violenta que la feminista). La pérdida se gestiona psicológicamente en forma de duelo. ¿Cómo se expresan cada una de las etapas del duelo, cuando alguien señala a otre una conducta sexista?

1.- Negación: Lo que he dicho no es machista, me has malinterpretado, sólo es una broma/una forma de hablar, el machismo no está en el lenguaje, yo sólo defiendo la libertad de las mujeres (claro, para que te vendan su cuerpo o su bebé para poder comer; una libertad de la hostia), estás exagerando, no todos los hombres… En el caso de mujeres: A mí nunca me han violado, yo nunca he sufrido violencia, eso que dices a mí no me ha pasado…

2.- Ira: ¡Maldita feminazi! Feas, malfolladas ¡Odiáis a los hombres! ¡Maldito feminismo extremo que busca la guerra de sexos! (No es ninguna guerra, queride, sino un genocidio porque sólo hay víctimas de uno de los bandos).

3.- Negociación: Si no se pueden lanzar “piropos” (así es como llaman al acoso callejero) entonces ¿Cómo vamos a ligar? ¿Firmando un contrato? ¡Se va a extinguir la especie! (Soy particularmente fan de los tremendistas que aseguran que eliminando desigualdades sociales desataremos el Armagedón ¡Señor, que tenemos 7 mil millones de personas pululando por el mundo! Algo así como si juntáramos a toda la Humanidad a que vivió antes de nosotros. Nunca ha habido tanta peña. Además ¿Qué quieres que te diga? Si esa es nuestra única manera de reproducirnos, tal vez merecemos extinguirnos un poquito). En el caso de ellas: ¿Es que no puedo casarme y ser sumisa si lo elijo libremente? ¿Es que no puedo darle otra oportunidad a mi marido por si cambia y deja de pegarme? Adelante. Ya notarás las cadenas cuando decidas moverte y percibirás tu altura cuando dejes de arrodillarte. Ahí estaremos para apoyarte.

4.- Depresión: Esta fase sólo la he presenciado con hombres muy, muy cercanos, por eso de que el machismo les impide expresar tristeza, que eso es de débiles y no de machos alfa. Viene a ser un: “Oh, Dios ¿Cómo he podido hacer esto?”

5.- Aceptación: Está bien. Quiero aprender.

Esto puede servir para entender tanto nuestro proceso interior, como el de les demás, para no responsabilizarnos de lo que no nos toca y evitar predicar en el desierto. ¿Identificas en qué fase estás? ¡Te espero en el próximo post!

Opresión estética

Con el tiempo, me convencen menos los argumentos a favor de ropas distintas en base al género. En verdad, la estética dimórfica no satisface ninguna necesidad biológica, sino que es otra forma de propaganda de roles a los que estamos determinades. Otra manera sutil de programar nuestra vida, de confinarnos a determinados espacios y vetarnos el acceso a otros. Que las faldas de mujer tengan vuelo dificulta nuestro movimiento, como los vestidos ceñidos y los escotes palabra de honor con los que no puedes alzar los brazos, y en el caso de que lo hagas, más te vale presentar unas axilas lampiñas; pues el vello en la mujer no es higiénico, aunque sea más escaso y nuestro sudor huela menos que el de ellos. Paradojas de la vida. Además, estas prendas combinan curiosamente con antifisiológicos tacones que nos imposibilitan, no ya la huida si nuestra vida corre peligro, sino que nos divirtamos bailando o paseando sin sentir dolor.

Mundo aparte es el de los bolsillos. Históricamente las señoritas de bien los llevaban ocultos porque no estaba bien visto que ellas portasen dinero. Cuando la mujer se incorporó a trabajar en fábricas, empezó a vestir petos y pantalones con amplios bolsillos en los que portar herramientas. Y como resulta que los bolsillos empoderan y representan emancipación, libertad e independencia (especialmente económica) ¡puf! Volvieron a desaparecer de nuestro vestuario. O se redujeron a un adorno. Lo entiendo, de otro modo mandarían el mensajes de que somos algo más que hermosos floreros. Es que si no, no nos estiliza la figura. Y cualquiera sabe que lo importante de una mujer es que sus piernas estén estilizadas y el culo levantado por unos tacones, que eso de los bolsillos funcionales es de esas locas radicales que creen que pueden vivir sin necesitar a los hombres.

La depilación representa, para mi gusto, otro caballo de batalla. Este terreno nos va a costar mucho más conquistarlo, dados el tremendo esfuerzo que hacen desde el feminismo liberal para disfrazar la opresión de libre albedrío, y la gran cantidad de mujeres que, para no enfrentar un inmenso dolor asumiendo que gastan tiempo, energía y recursos depilándose (por no hablar del riesgo de cortes, heridas e infecciones) bajo la sutil amenaza de la desaprobación y el castigo social (porque amigues, he aquí otro callejón sin salida del estereotipo femenino: Invertir demasiado en agradar, pero fingiendo que lo haces por ti. Quieren una esclava enamorada de su esclavitud), no dejan de repetir como discos rayados que se depilan porque quieren. ¿Lo haces porque quieres? Estupendo. Entonces ¿Por qué necesitas contármelo a mí, una absoluta desconocida, en las redes sociales? ¿Me intentas convencer a mí, o más bien a ti misma? Si te provoca tantísimo placer la cera caliente y el posterior tirón que deja tu piel salpicada de puntos sangrantes, o pasar una cuchilla, para una sensación de suavidad que dura media hora ¿Por qué no lo haces en invierno? ¿O por qué se reduce a los trozos de piel que deja ver la falda, los shorts o los agujeros en los vaqueros? Tranquila, hermana. No tienes que demostrarme nada. Yo también me depilo y tampoco lo hago por mí ¿Nos unimos y derrocamos este trocito de patriarcado juntas?

Aún más contradictoria, la cirugía estética. Aquí no hay respuesta correcta. Si envejeces, se te pone la piel flácida y te salen arrugas, mal. Eres una descuidada. Te vilipendiarán todas las personas que conoces, y si eres famosa, incluso quienes no te conocen. Pero si te intervienes quirúrgicamente, que quede en el más estricto secreto y más vale que no se note, porque si no: Además de vieja, eres una tonta superficial. Por supuesto que tu piel debe aparentar 20 años cuando tienes 60, pero que parezca natural (no vaya a creer la gente que una mujer de 60 años suele aparentar 60 años).

La versión temporal y reversible de la cirugía estética, pero no menos opresiva, es el maquillaje. Aquí también se da la paradoja de que tienes que maquillarte, pero que parezca que no lo has hecho. Es caro, inútil bajo altas temperaturas y su efecto dura pocas horas, aparte de sus conflictos éticos (la mayoría de marcas testa sus productos en animales). Aunque se continúa exigiendo en numerosos puestos de trabajo, maquillarse en eventos sociales es de lo poco que verdaderamente podemos escoger no hacer.

Y tú ¿Cuál de estas cosas podrías evitar? ¿Te autoengañas diciéndote que prefieres hacerlo, cuando buscas evitar las consecuencias? ¿Qué opresión estética te parece más urgente eliminar primero?

Espero haberte dejado reflexionando ¡Hasta luego!

Desdramaticemos las violaciones

Estos días, numerosas voces piden que en nuestro Código Penal se recoja el delito de violación. Pero este post no va sobre dicho debate.

Si hablamos de violación como hecho exclusivamente delictivo, agravaremos aquella paradoja de la que me quejaba hace algunas semanas: Que violaciones hay todos los días y a todas horas (y muchas más, si no fuera porque la mayoría de mujeres no está lo bastante formada para reconocer cuándo se le viola); que violador puede ser tu hijo modélico, tu padre, tu hermano, tu amigo del alma, tu simpatiquísimo vecino, tu siempre agradable y solícito médico. Incluso el abogado que lleva tu caso de violencia de género. Amigues, la violación no es cuestión de conducta (“yo eso no lo hago”), sino de cultura. Aunque en el imaginario colectivo, el acto de violar suena terrorífico, sufrimos una disonancia cognitiva que nos impide llamar violación a las cosas que lo son, para negarnos a ver el problema y normalizar la violencia sexual.

Esto permite que haya violaciones, pero que ningún hombre se reconozca como tal. A las violaciones se les llama “ser un novio pesado e insistente”, “técnicas de ligues” o “propasarse”. Yo propongo aprender que un violador no necesariamente es una mala persona. La mayoría de violadores no son como los de La Manada, que se jactaban de usar cuerdas y drogas para inmovilizar a las víctimas. La mayoría no viola para hacer daño a una mujer, sencillamente sucede que, fruto de una pésima educación sexual, desde pequeñito ha crecido con que, como hombre, sus deseos están por encima de los de las mujeres. Le han enseñado con mensajes directos y sutiles que las mujeres estamos ahí para complacerle, cueste lo que cueste, y que las agresiones sexuales, lejos de dejarnos daños emocionales, nos suben la autoestima al sentirnos deseadas. Nunca en la historia se les ha dicho a los chicos que deben comprobar el deseo de ellas en todo momento. Tampoco escasean las referencias culturales que van más lejos y se lanzan a romantizar los abusos sexuales, presentándolos como muestra, ya no solamente de lujuria o deseo, sino de amor (“Es que te quiero tanto que no puedo contenerme”). Estas ideas sexistas, junto con el mito machista de la sexualidad masculina irrefenable (Qué curioso que sólo sea irrefenable cuando la víctima es vulnerable y no va a poder defenderse, ni en el momento, ni posteriormente por vía legal) producen la siguiente situación: Un hombre que, como sabe que no es mala persona y desea mucho a su víctima (lo cual supuestamente es positivo), y como además tiene derecho a que sus deseos se satisfagan, no tiene ningún problema en violar. Pero es que además, como violar es eso que hacen desconocidos encapuchados y armados en un callejón, prevenirlo o reflexionar sobre agresiones sexuales como que no va con ellos. No es lo mismo. Ellos simplemente estaban de calentón. Ya si eso, cuando llegue la carta de la denuncia, pues diremos que ella es una borracha, una puta que sale de fiesta, que no ha sido para tanto ya que ella sigue estudiando y viajando (pongo énfasis en el “para tanto”; tenemos la idea de que una violación no puede considerarse tal si no nos destroza la vida).

Pues amigues, he aquí la realidad: Las mujeres nos reponemos de las violaciones la mayoría de las veces. Vamos a desdramatizarlo: Los hombres violan porque pueden, porque el respeto hacia la mujer no se enseña con el mismo ahínco que a utilizar la cuchara. Los violadores no son malas personas ni criminales, la mayoría de las veces. Son hijos sanos del patriarcado. Así que, mujeres que me leéis, si vuestro ligue, amante, etc. hace algo para lo que habíais dicho que no, o insiste, o no espera a un sí, sentaos tranquilamente y que no os tiemble la voz al decirle que os ha violado, con la misma naturalidad con la que le diríais que no os ha gustado la última película que habéis visto en el cine. Sólo así, reflexionando sobre este tema y naturalizándolo, podremos arreglarnos sin armar melodramas inútiles estilo “¡Pero qué me estás diciendo! ¿Que soy un violador?”. Porque tras estos melodramas viene un silencio, un silencio que encima nos culpabiliza a nosotras por quejarnos (ya sabéis que para el patriarcado el problema nunca es la violencia que sufrimos, sino el momento en que dejarmos de callar y aguantar). Que llamar a alguien “violador” (Igual que llamarle “machista”) sea un tabú peor incluso que violar o cometer actos machistas nos deja inermes, nos arrebata las palabras y conceptos para denominar un problema y exigir una solución. Así que, sin teatros de tragedia griega, apropiémonos de nuevo de esa palabra, digamos claramente que se nos ha violado, y si el señor de turno quiere revisarse, que lo haga. Y si se va de nuestra vida, ya sabéis aquello de: Enemigo que huye…