La separación frommiana

Este blog, sin al menos una entrada dedicada la obra El arte de amar de Erich Fromm estaría inacabado. A medida que navego por el activismo ágamo, me gusta recopilar las preguntas, argumentos y temas de conversación más repetidos. Le toca el turno a un tema troncal en dicho activismo y un tanque en la defensa del amor: La separación frommiana entre “enamoramiento” y “amor”.

Hasta que llegó este libro, que se ha vuelto un must en asignaturas de letras a finales de la ESO, al final del amor nos esperaba el desamor. Era vox populi que la desaparición de las mariposas en el estómago era un signo ominoso sucedido de la visión realista de la pareja, el choque con la realidad de sus defectos y en consecuencia, un grado mayor o menor de insatisfacción. La relación de pareja podía seguir adelante, por supuesto, sobre todo si había un trato cordial, responsabilidades económicas y familiares o el divorcio era ilegal. Pero la época de parejita feliz y envidiable había terminado: El amor saltaba por la ventana conforme el cerebro necesitaba reponerse del trastorno de neurotransmisores de esos últimos meses/años (superponible, no olvidemos, a un brote psicótico).

Pero hete aquí que llegó un intrépido caballero blanco, de reluciente armadura y brioso corcel. No con una espada bastarda de afilado borde, sino armado con un portátil, llegó a defender al amor de su enemigo natural: El feminismo. Las mujeres medrábamos económicamente y en derechos, podíamos romper un matrimonio unilateralmente y no necesitábamos ni el permiso de la Iglesia. Además, una cohorte emergente de féminas occidentales divorciadas relataba tanto a sus coetáneas como a las más jóvenes, desde la descarnada sinceridad de quien fracasó en el destino para el que había nacido, la realidad del amor: El desprecio profundo a sus parejas justo antes del divorcio, la desilusión, la violencia, la infidelidad, el ocaso de la atracción sexual. Estas situaciones quedaron reflejadas en las series de televisión que se consumían en los 80 y los 90 (Como “Infelices para siempre”). Había que hacer algo para que las mujeres no formasen grupos al estilo “Sexo en Nueva York” y se diesen cuenta de que necesitaban la pareja tanto como un agujero en el cráneo. Y para eso llegó tan noble escritor: Para explicarnos, con tonito condescendiente, que el amor no era el apasionamiento obsesivo por el cual deseábamos pasar con nuestras parejas 25 horas al día; a eso lo llamó “enamoramiento” y para hacernos tragar tal mejunje filosófico, lo falagó comparándolo con el apareamiento animal, puramente instintivo (Claro que no habló de que el apareamiento en mamíferos en general y en primates en particular no suele conducir casi nunca a la formación de parejas estables más allá del acto sexual, se le escapó ese pequeño detalle). El verdadero amor venía después de muertas las epigástricas mariposas, tras ese periodo de prueba. Supuestamente el verdadero amor es el mantenimiento de esa pareja, tras el desenamoramiento, y la caracterizan la serenidad, sosiego, falta de aspavientos… Un estado antagónico más estable para acumular bienes y criar hijxs, que se reivindica por su madurez, pero del que se omiten la rutina, el desencanto, las expectativas frustradas y el tedio.

La teoría suena firme y lógica ¿Verdad? No obstante, formulo una serie de cuestiones que nadie, de las muchísimas personas que suscriben el modelo de Fromm, me ha contestado todavía:

  • Las parejas que se encuentran en la fase de enamoramiento ¿Puede decirse que no sienten amor? ¿Qué es lo que sienten las parejas en ese estadío, si no es amor?
  • Si el auténtico objetivo de la relación es alcanzar esa segunda fase verdadera y madura (Por ser coherentes con el modelo frommiano) ¿Por qué la pareja se forma durante el enamoramiento? ¿No sería mejor aguardar hasta que se aliviase esa exaltación, cuya vuelta a la realidad tanto dolor produce, y montar la relación con un estado anímico más tranquilo?A estas alturas, espero que no tengamos la cara dura de negar que nadie espera 2 años a que se acabe el enamoramiento para formar el gamos dentro del verdadero amor directamente. Las citas frecuentes, las conversaciones íntimas, la aproximación, la inclusión en el grupo de amistades y en la familia, el abandono total o parcial del resto de la vida social para dedicárselas a la nueva relación, intercambiar opiniones sobre la vida, plantear el proyecto vital… Incluso, en enamoramientos prolongados (De los que alcanzan los 3-4 años) se toman decisiones como irse a convivir, casarse y tener descendencia. Por tanto, no parece que ese “verdadero amor” valga para nada más que para huir hacia delante, mantener el gamos cuando es más cómodo seguir en él que romperlo y engañar a la juventud para que no vean al amor como vacío y carente de sentido por sí mismo, y sigan creyendo en la pareja como fuente de felicidad.
  • Si el amor en sí mismo origina felicidad ¿Por qué entendemos que fracasa, que no nos corresponden o que no ha llegado a buen puerto si no se llega a formar la pareja? ¿Por qué siempre que se dan las circunstancias propicias y si no hay impedimento, el amor lleva a formar pareja?

Les falta respuesta a las anteriores preguntas, por dos razones: La primera, el amor no es un sentimiento. Es una ideología. Por eso Fromm y cualquiera que argumente con sus ideas pueden decir, tranquilamente, que el amor aparece después del enamoramiento. La segunda: Su objetivo actual es formar una relación gámica o de pareja, en aquellas culturas donde el mandato legal y social de establecer una se debilita. Una vez sobrepasada esa meta, lo que venga después no importa al relato amoroso. Nos importa a nosotrxs porque nuestra vida sigue, por supuesto, pero en la película aparece el rótulo “The End”. Y cuidado, que aunque muy debilitada la institución matrimonial (Sobre todo, la obligatoriedad de casarse), una boda sigue siendo, en el imaginario colectivo, un paso más en una relación, un puntal que la reafirma. Ese garabato en un juzgado o un templo conlleva un lugar en la familia al que no accederás ni en décadas de cuidados si no te casas. Llego más lejos: En las culturas donde no se venden niñas para casarse, el matrimonio voluntario es un rito de paso para la madurez, quedando lxs adultxs solterxs en simbólica minoría de edad, así acumulen cargos de responsabilidad, títulos académicos o una meteórica trayectoria profesional y humana. En España casi nadie lo aceptará abiertamente, pero casarse sigue significando, aunque cada vez se diga menos, “sentar la cabeza”. Un/a joven casándose, consuela a sus mayores de la incertidumbre de tomar un camino que no fue el que proyectaron sobre él/ella/elle antes de que naciese. La promesa de que su vida no diferirá demasiado de la de sus predecesores/as y por ello, la reafirmación retrospectiva de que ellxs mismxs, generación anterior, tomaron la mejor decisión.

El gamos es una mentira que sobrevive a base de que todo el mundo crea que es mejor vivir dentro de él que fuera, al que se llega a través de la fantasía amorosa que te dice que el verdadero camino es él y que toda tu experiencia pre-amorosa antes ha sido, como cantaba Luis Miguel, “juegos de aprendiz”; cuando el gamos agoniza, Fromm lo mantiene vivo artificialmente mediante la narrativa paliativa de que el verdadero amor llega cuando te desenamoras y que tienes que alimentarlo día a día (Lo que hay es que adormecer las ganas de salir corriendo de él cuando el efecto de la droga se pasa). Si el soporte vital frommiano fallase, llega la siguiente etapa: Tu pareja se romperá, y tu entorno, tras una perplejidad temporal, lamentará que hayas perdido el amor y te aconsejará, tras un periodo de prudente recuperación, que lo sigas buscando porque en algún sitio te espera otro mejor. El auténtico. Si rechazas esa búsqueda o por lo menos no mantienes abierta la posibilidad de encontrar el amor o dejar que éste te atropelle, el sistema se tornará hostil: Empezarán con condescendientes sugerencias de que busques ayuda profesional para “arreglar tu corazón roto” o mandarte por WhatsApp artículos de autoayuda y dudosísimos artículos con infame método afirmando “científicamente” que amar prolonga la vida, aumenta la felicidad, disminuye el riesgo de infarto, hace que le crezca el pelo a lxs calvxs, transforma el plomo en oro… De la ciencia investigadora pasan a la práctica clínica y lo siguiente es imponerte un diagnóstico psiquiátrico (Por supuesto, gente sin ninguna formación al respecto). Tampoco te librarás de la vertiente creyente: Te tendrán en sus oraciones para que dejes de ser diferente (e incómodx) y regreses al redil.

Y hasta aquí la crítica a la tesis de Fromm y su lugar en la alienación amorosa. Espero que os haya gustado. Para cualquier duda, leo todos los comentarios.

¡Hasta la próxima!

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Mitos del amor: El amor es biológico

El argumento cientificista/biologicista es un clavo ardiendo al que, tarde o temprano nos agarramos cuando no hemos cuestionado al amor y automáticamente lo protegemos. De alguna forma, si un grupo de especialistas con doctorados, tesinas y otras suficiencias avalan nuestra embriaguez emocional, bueno va para justificar los estropicios que cometeremos durante la enajenación mental. Desgraciadamente para quien esgrime este argumento, en Agamia también hay gente de ciencias, y con la misma luz científica puede refutarse las ideas de que:

  • Porque algo sea natural, es deseable (Nada más natural que morir de tuberculosis, pero no nos apetece ¿Verdad?).
  • Porque algo sea natural, es inevitable (¿Para qué existen los tratamientos médicos, entonces?).
  • Porque algo sea natural, no tenemos responsabilidad de actuar (Si cometes un delito teniendo depresión, aunque también se trate de un cambio químico, no es eximente).

En el amor pueden intervenir factores biológicos, como en las enfermedades (No todo el mundo que entra en contacto con un/a enfermx de tuberculosis contraerá la infección ni desarrollará la enfermedad); pero cuando se dice que el amor es biológico, estamos echando balones fuera para no asumir nuestra responsabilidad y no hacer nada al respecto, más que seguir nuestros caprichos.

Desde el punto de vista legal, para no ser responsables de nuestros actos debemos sufrir tal alteración que perdamos el juicio de la realidad, como sucede en grandes deterioros cognitivos (como la enfermedad de Alzheimer avanzada), durante un brote psicótico o bajo efectos graves de algunas sustancias (las benzodiazepinas como el diazepam, bromazepam o lorazepam no son el caso, mucha gente suele preguntarlo). En estos casos, existe la incapacitación legal, que hace que la persona no sea legalmente imputable, pero la deja en un estado similar a la minoría de edad, con pérdida de algunos derechos: Tomar decisiones económicas, posesión del carnet de conducir, ocupar puestos de responsabilidad… No tiene sentido hablar de incapacitación en el caso de enamoradxs ¿Verdad? Pues es porque la gente enamorada sabe perfectamente lo que hace. Es más ¿No habéis oído nunca que hay que “tener el corazón abierto al amor”? Exacto, enamorarse es voluntario. Si no quieres, no te enamoras. Pero la sociedad es muy indulgente con el/la enamoradx y sus antojos, y en nombre del amor se permite cualquier tropelía.

Fijándonos en la metodología, los artículos que relacionan cambios en neurotransmisores y amor también hacen aguas (como todo estudio sacado desde el empecinamiento en demostrar algo como sea, y no desde la humildad de que tu hipótesis pueda resultar falsa). Y es que, al divulgar sobre el amor, se cae en un fallo garrafal: Asumir causalidad a partir de estudios transversales.

Me explico: Un estudio transversal o de corte es aquel que mide a la vez, una exposición y un resultado (Por ejemplo, preguntar a un grupo de personas si están enamoradxs o no y medir sus niveles de dopamina, serotonina, oxitocina y vasopresina. Al medirlo todo más o menos al mismo tiempo, no podemos establecer qué fue primero, si el huevo o la gallina ¿Los niveles de neurotransmisores causaron el amor, o tras semanas de relato amoroso obsesivo e idealización, nosotrxs mismxs provocamos esos cambios en nuestros cerebros, como si hubiésemos tomado drogas o algún medicamento? Es evidente que en el segundo caso seríamos más responsables de habernos enamorado, porque sería como haber elegido fumar porros; pero incluso en el primer caso en que nos sorprendiese un chute oxitócico, nuestro deber de no comportarnos según sus mandamientos sigue ahí. Los neurotransmisores nos ayudarían a comprenderlo, pero nada más; no justifica nada.

Por tanto, no tiene sentido seguir buscando huellas biológicas del amor, ya que muchas emociones y estados físicos y psicológicos, como una cirugía o el estrés de unos exámenes dejan rastro en una analítica; pero nada de esto nos quita la característica más humana, que es la de actuar justamente pese a estos cambios.

Como nunca está de más profundizar en los mitos del buen amor, espero que visitéis este enlace. ¡Nos vemos!


El amor de un maltratador

Soy superviviente de violencia de género psicológica. Estuve expuesta a este tipo de malos tratos entre los 16-19 años. Entre la violencia que sufrí había: Control del móvil y las redes sociales (Él podía decidir que yo borrase a alguien de Tuenti y en ocasiones contó con el apoyo de mi familia), gritos, humillaciones e insultos.

Hasta hace dos meses, viví una experiencia de más de año y medio de violencia de pareja (esta vez, en ambas direcciones, intercambiándonos por momentos el papel de verdugo/a y víctima). Un caso perfecto de relación tóxica.

¿Que a qué viene mi currículum relacional? A que últimamente se repite, cada vez con más fuerza y convicción, que “el amor no duele”, que “si duele, no es amor”. Lo afirman referentes feministas como Pamela Palenciano, Coral Herrera, Brigitte Vasallo y no pocas psicólogas/os.
¿Sabéis qué es lo que mantiene a una mujer en una relación donde hay violencia de pareja o de género? Los buenos momentos y la probabilidad de tirar la toalla en una relación donde pueda ser feliz.

La imagen que tenemos de un maltratador es un tipo permanentemente furioso y ansioso; siempre que aparece uno en una película o incluso en la literatura, sólo sale agrediendo o pidiendo perdón y prometiendo cambiar. Pero no te cuentan que entre una agresión y otra pueden pasar días, semanas o incluso meses, y que en esos interludios hay cuidados y gestos de cariño (¡A veces, tu maltratador es quien más te escucha y comprende!). No se ve a un maltratador cocinándote tu plato preferido mientras estudias, reservando un viaje que te hace muchísima ilusión, cargando tus muebles ni fregando tus platos. Pero lo hacen. El tratamiento cultural que se hace de la violencia en la pareja ha querido preservar tanto al amor, dejarlo aparte en una relación donde sin duda está presente, que caricaturiza al maltratador, una especie de Hulk arrasando una ciudad; y a la víctima, presentándola a modo de criatura indefensa, sumisa que ni grita ni se equivoca. Por eso las mujeres seguimos tan confundidas, porque la parte de nuestra vivencia que demuestra que los malos tratos son perfectamente incluibles y compatibles con el amor, ha sido omitida. Ésa era el dato que nos faltaba. En un momento histórico se decidió que agredir a las mujeres en la pareja (Antaño ingrediente fundamental en todo matrimonio bien avenido) era inapropiado; en aquel instante hubo, otra vez, que rescatar al amor del incendio que él mismo había provocado. Y ahora las mujeres esperamos en relaciones tóxicas que nuestro maltratador encarne al malvado del filme. Rara vez lo hace. Aguardamos una señal divina que nos diga que en nuestra pareja no hay amor, pero lo cierto es que lo hay.

A estas alturas espero que estéis indignados/as: “Pero ¿De qué vas? ¿Qué me estás contando, que en los malos tratos hay amor? ¿Significa que está bien maltratar?” En absoluto, porque el amor y el bien son dos cosas diferentes. En el amor se puede hacer el bien, pero también el mal. Amar y comportarse correctamente tienen tanto que ver como la velocidad con el tocino.

Los maltratadores no son sólo los de las violencias de pareja y de género. Lo son también padres y madres amantísimxs que abusan emocional y físicamente de sus descendientes. Asegurar que no hay amor donde se sufre implica minusvalorar el dolor de la víctima y empujarla a sopesar constantemente si en su relación hay amor o no lo hay, entre el caos que supone virar entre cuidados y ataques, amén de la extenuación emocional fruto del maltrato mismo. El consejo debe ser el siguiente: Te ama, sí, pero eso es irrelevante; las relaciones deben regirse por la ética. Y la ética, en los malos tratos, brilla por su ausencia.

Mentiras del “amor del bueno”: El afecto pertenece al amor

Dice en la Wikipedia: La falacia lógica del falso dilema involucra una situación en la que se presentan dos puntos de vista como las únicas opciones posibles, cuando en realidad existen una o más opciones alternativas que no han sido consideradas. En su decadencia, en cada asalto, con cada voz que se levanta contra él, el amor debe apoderarse de algo para seguir justificando su existencia, para conservar su club de fans.

Como está explicado en esta entrada anterior, no es el sexo lo que está reprimido en la cultura amorosa, sino el afecto. En nuestra etapa infantil, mientras no se espera de nosotrxs que formemos pareja (Pese a que ya se empiecen a inculcar expectativas de pareja al preguntar a preescolares; “¿Qué, ya tienes novix? Y además con una perspectiva heterocentrista), se nos permite mostrar afecto por familiares y por el grupo de pares. Sin embargo, al entrar en la adolescencia, al leernos como personas sexuadas y amatonormadas, el afecto disminuye. A partir de ahora se esperará que el afecto nos lo provea, casi en su totalidad, la pareja. Yo misma me acuerdo cómo, a partir de los 12 años, mi familia me decía que “ya no necesitaba más amigos varones”, que “a partir de las 10 de la noche ya no se chateaba con amigxs”, que “a lxs amigxs, especialmente a los varones, no se les abraza”, no podía permanecer ni siquiera a solas en presencia de uno, etc. De este modo, aunque hubo intentos (y algunos muy graves) de reprimir mi sexualidad, esa censura no tuvo ni punto de comparación con la dieta estricta de afecto al que fui sometida. Además, al impedirme pedir y ofrecer afecto, no solamente me dejaban a mí en un estado carencial, también a mi entorno social próximo. Y ojo, que lo que cuento desde el punto de vista de mi familia, pasaba en todas, sin excepción. Posiblemente la peor etapa de mi vida fuesen los 4 años de interludio entre los 12, en los que ya se me reconocía como objeto amoroso y se me imponía el grave racionamiento afectivo, y los 16, edad a la que se me concedía oficialmente el permiso para tener pareja (masculina, obviamente). Esta ley marcial se establecía, más o menos estrictamente, en casi todos los hogares, dejando a una cohorte de adolescentes confundidxs, pues en pocos meses habíamos pasado de recibir muestras de afecto físico, verbal, etc. a que se nos tratase, bajo el pretexto edadista de “ser un cóctel de hormonas muy peligroso”, como sujetos en cuarentena cuyos sentimientos no había que atender y cuyas necesidades no debían satisfacerse, “por nuestro bien”.

¿A qué viene toda esta historia? A que si se reparte el afecto equitativamente y sin pasar por la caja del amor, éste pierde todo su sentido. Bueno, miento: Le sigue quedando el factor económico, la sociedad de bienes gananciales. Pero para eso hay que casarse, y cada vez más parejas deciden no hacerlo. Con un flujo constante de afecto, proveniente de muchas personas, no necesitaríamos pareja. Perderemos el componente narcisista de “ser la única persona para alguien”, el “ser especial”, u ocupar el primer puesto, pero me pregunto: El protagonismo exagerado en pareja ¿No nos mantiene en cierta medida en la inmadurez emocional?

No te dejes estafar: El afecto no es coto privado del amor y puede obtenerse y disfrutarse perfectamente y en abundancia, fuera de él. Nos vemos en la siguiente.

Del sexo sin amor

Me vais a permitir que le dé hoy muchos patadones a la Historia. Exactamente, a la Historia de la Sexualidad. Siempre he leído que en los años 60 y 70, ocurrió una corriente de liberación sexual, cuya meta era liberar a éste de la prisión judeocristiana, que lo encerraba en el matrimonio y lo confinaba al contexto de procrear. Se pusieron a la venta los anticonceptivos, se hablaba de sexo prematrimonial y de masturbación. Se legalizó el divorcio en algunos países. Posteriormente, el mismo feminismo que apoyó este fenómeno, lo criticaría muy oportunamente, ya que al parecer se nos había pasado por alto el detalle de que tal liberación no nos beneficiaría demasiado a nosotras quienes, de satisfacer a un amo sexual, ahora teníamos varios. De temer a la aparición de una amante, se nos instaba a convertirnos en ella.

Ya cerca de superar el primer cuarto del siglo XXI, me sigue maravillando que la gente se avergüence, por ejemplo, de tener instalado Tinder; y especialmente de entrar en ella a buscar sexo. Por descontado, vergüenza mayor en las mujeres aunque presente también en hombres: “Es que no conozco a nadie aquí”, “quiero aprender idiomas”… Un sinfín de excusas para algo que no debería necesitarlas.

¿Está el sexo sacralizado en nuestra cultura? Sí y no. El sexo, como tal, como actividad que satisface una necesidad biológica, no lo tenemos en un pedestal: Las sexshops ya no son los oscuros tugurios de escaparates opacos que eran en los 90, con los expositores rebosantes de DVDs en cuyas carátulas aparecían decadentes cuerpos recauchutados y untados en aceite; sino agradables locales con personal amable, perspectiva de género y lgtbi. Se ofertan numerosos talleres para disfrutar de la sexualidad y desde hace unos años, se ha ampliado para acoger a las relaciones no monógamas. Diría que, precisamente, su coexistencia con el amor complica su faceta relacional. Es su último bastión; el hueso más duro de roer.

Me explico: En un mundo donde todo pretende conducirte a formar pareja, si el sexo ya no es exclusivo de ella, hay que añadir un aliciente para que el sexo con tu pareja lo consideres mejor, de mayor calidad, más significativo, que el que tendrías con cualquier otra persona. Incluso superior al sexo que tendrías con esa misma persona, si no fuese tu pareja. Para ello, le unimos mediante enlace covalente algo que inherentemente no le corresponde: La intimidad y el afecto. Intimidad y afecto se evaporarán de cualquier otro ámbito de la vida y de cualquier otra relación, para que el acto sexual sea su única fuente. Ahora sí: El sexo con pareja es mejor porque tiene intimidad. Esta quimera preside el altar jerárquico de nuestros modales sexuales. Si aún no detectas el problema, dale la vuelta: A quien no es tu pareja, inconscientemente, lx tratarás peor durante el sexo, o antes, o después, que a aquella persona con la que estás teniendo sexo y es o tienes la esperanza de que se transforme en tu pareja. En vez de eso, deberíamos impartir una educación sexual que mantuviese la dignidad de lxs participantes. Ahora mismo, el amor crea amantes de primera y de segunda categoría. Cuando alguien escenifica el cliché “yo no busco líos de una noche”, quiere decir que no quiere ser tratadx como un pedazo de carne. Pero es que el sexo sin pareja, con el significado actual que posee, nos reduce a eso. Elegir entre una reificación brutal y la anemia afectiva es parte del precio a pagar por ir contra el mandato amoroso.

Pero eso no es todo; como el sexo ejerce el monopolio del afecto, como escasea y apenas puede adquirirse fuera de la pareja, quien necesite afecto tendrá que pasar, obligatoriamente, por el aro del sexo. Mientras que quien solamente busque sexo (horrísono ese “solamente”) experimentará, estupefactx, demanda de afecto. Y desaprobación social por andar en pos de una necesidad, en vez de entregarse a la noble causa de encontrar “el amor verdadero”. ¿Os suena? ¿Habéis presenciado el momento en que se juzga a quien quiere sexo como salidx, frío/a, sin corazón, mala persona, “bala perdida”, inmaduro/a… O se le reprende con condescendencia?

En un entorno social fuerte y sólido donde se recibiese un flujo basal de intimidad, no se necesitaría acudir al sexo para buscarla. Nos sería más fácil identificar nuestras necesidades y perfeccionaríamos la comunicación a la hora de relacionarnos: Pediríamos justo lo que buscamos, sin dobleces.

Tras aprender acerca del valor sociosexual y sobre el complejo sexo-intimidad; desprovisto el sexo de artificios y status social; si tuvieses las necesidades afectivas cubiertas ¿Con quién te acostarías?

Mentiras del “amor del bueno”: Reavivar la llama

Os suena ¿Verdad? Un montón de espacio y tiempo en los medios, en Internet y en las redes sociales dedicados a la enorme empresa de devolver a una pareja el encanto de la seducción, se han grabado películas escenificando el horror de la infidelidad cuando uno de los miembros ya no se “esfuerza” en mantener la pasión; los restaurantes, centros de spa, empresas dedicadas a viajes y hasta los sexshop han hecho su particular Agosto ofreciendo productos y servicios a tal fin. ¿El resultado? Que es imposible.

Ya avisaban las voces críticas con el romanticismo que la pasión no es eterna. Sin embargo, omiten que el intento de resucitarla tiene resultados efímeros y escasos. ¿Por qué? ¿Por qué apagarse siempre es su destino, y por mucho tiempo y dinero que invirtamos, se vuelve siempre a la monotomía doméstica? Muy sencillo: Porque la seducción no es un fin en sí misma, sino una herramienta para alcanzar otra cosa.

Mediante la seducción, conquistamos a alguien para que nos dé amor y/o sexo a corto o largo plazo. Una vez estabilizada la pareja y garantizadas esas atenciones, deja de tener sentido invertir tiempo y energía en ella. Otorgar tanto protagonismo y venerar exageradamente este proceso (la seducción, socialmente, tiene la connotación de madurez, elegancia, clase, buenos modales, cierto nivel cultural; existe incluso bibliografía destinada a enseñar a seducir) es tan inútil como sería hacerlo con el recambio de una rueda del coche: Una vez puesta la rueda en condiciones, el proceso termina. Análogamente, establecido el gamos, la seducción se esfuma, ya ha cumplido su labor. A partir de dicho instante, mucha gente se decepciona porque llegó a creerse que sería eternamente la princesa del cuento. Esto nos pasa más frecuentemente a las mujeres, porque educadas en valorarnos según cuánto nos deseen (deseo medido en cuánto se esfuercen en conquistarnos) cuando ya no lo hacen nos devaluamos nosotras mismas. Los hombres no suelen inmutarse, a ellos les enseñan desde el principio el verdadero porqué: Seduces para llevarte a alguien a la cama o al altar (según el objetivo, cambia la forma de seducir, pero no el concepto). Seduces para conseguir algo de esa persona que hablado racionalmente, no te daría ni en broma: “Oye ¿te apetece dejar tu tesis y tus aficiones para embarazarte, criar a mis hijos y cuidar de mis padres sin recibir ni un duro?” suena fatal, por eso antes se celebra un ritual en el que se arrodillan y nos regalan un anillo. Mas no nos engañemos: Ellos se arrodillan 5 minutos para que nosotras, después, vivamos de rodillas; y la inversión en el anillo la recuperarán con creces en forma de trabajo doméstico y familiar. Tres cuartos de lo mismo ocurre con el sexo: Por eso muchos creen que si invierten dinero en una cita, “tienen derecho” a tener sexo; por eso si no lo consiguen, violan a su cita o se quejan diciendo “para esto, me voy de putas”. La conquista es una compra-venta con regateo incluido. Solo que la mercancía ignora que está siendo comprada, entre flores y cines.

Ya, pero ¿Qué pasa con el mimo y las atenciones que perduran durante años? Bien, eso no es conquista; son cuidados. Los cuidados sí son un fin en sí mismos porque satisfacen necesidades y no desaparecen por mucho que se estabilice y dure el vínculo (probablemente con los años, mejoren).

Por todo esto, fantasear con encontrar una pareja que nos haga sentir una codiciada chica Bond toda nuestra vida no lleva a ninguna parte. Nadie mantiene la hornilla encendida una vez la comida está preparada.