Canicas y andamios: Las dinámicas amatonormadas y ágamas

Bajo tan enigmático epígrafe quiero compartir una reflexión, de esas que te parece que sólo has observado tú, pero que cuando lo comentas le ha pasado a mucha más gente; y si se trata de una experiencia desgastante, da más coraje todavía. Es un tema abstracto, porque implica mencionar lo intangible, lo que hacemos sin darnos cuenta (igual que pasa con los micromachismos, que todo el mundo piensa que no los tiene); un teatro evidente desde fuera, pero cuyos actores y actrices ignoramos que estamos representando.

Estas reflexiones surgidas a raíz de una serie de casos, pretenden exponer una experiencia que como ágama, se vive en un mundo amatonormado. Tampoco diría que sea una vivencia exclusivamente ágama; le puede acontecer a cualquiera que intente desarrollar, prescindiendo de la pareja aunque sea temporalmente (como por ejemplo, tras una ruptura o muerte de la pareja anterior) una vida social en un mundo enfocado a su consecución y que divide a las personas entre quien/es es/son tu/s pareja/s y quien/es no.

Con matices, un ambiente amatonormado en general, y en el poliamoroso en particular, aunque te impliques en eventos, te relaciones con la gente e intentes continuar las relaciones, si no muestras interés en formar un vínculo gámico, acabas cayendo en el saco de las “no parejas” o “no gamos”, por lo que te quedas progresivamente más y más aorillada/o en la periferia relacional. Tras unas cuantas interacciones e intentos de tener conversaciones realmente provechosas, no como prolegómenos previos al acercamiento sexual o sentimental si no como el contenido del vínculo, al no establecerse el gamos da la sensación de que la relación “no progresa” y pasan a dedicar su tiempo en la búsqueda y mantenimiento de relaciones de pareja. Como consecuencia, aunque no fuese tu intención en un primer momento, comienzas a jugar en base a esas normas, en búsqueda de inclusión.

Tal vez el grado máximo de atomización sería el speed dating, donde la gente va rotando y tienes 5 minutos para decidir si la persona que acabas de conocer te gusta o no. Se concentran muchas personas pero no existe grupo ninguno. Son muchas potenciales parejas – o amistades si no llegan al trono del amor – separadas y vueltas a combinar. Pero no hay comunidad como tal y nada importa más allá de la persona o personas que te han gustado. ¿Suena cruel? Lo es.

Quiero avisar a navegantes que si bien esta descripción podría confundirse con la crítica habitual del ambiente, de corte rancio y no sin puritanismo sexual, de que “la gente allí va a ligar” o que “el ambiente poli es como Tinder”, dicha interpretación no tiene cabida. Dejemos algo claro: No estoy diciendo que únicamente en eventos poliamorosxs aparezca esa dinámica, ni que se deba exclusivamente a las personas que acuden deliberadamente con esa intención (Esas personas sólo están aplicando explícitamente las normas de un juego que involucra a todx asistente, sea consciente o no). No solamente el ambiente poliamoroso es Tinder: Para una persona amatonormada, el mundo entero es Tinder. No hay ningún espacio libre de seducción ¡Ninguno! Para formar un gamos, valga una visita a Urgencias, un juicio, un funeral. Ligar es algo que puede hacerse bajo casi cualquier circunstancia en un mundo abocado a ello. Tampoco estamos a salvo con la gente que jura y perjura “no haber ido allí con esa intención” y que incluso miran por encima del hombro a quienes no se ocultan para ello, porque tampoco sus intenciones quedan claras y como dije anteriormente, en cuanto intuyen que hay que pasar por el aro de seducir para integrarse, lo terminan haciendo por necesidad social. Cuerpo a tierra. Que Dios nos pille confesaos.

Otro error frecuente con este tema es reducir el tema a “las ganas de hacer amigxs”. Esto pasa porque desde el amor conceptualizamos dos tipos de vínculos, más o menos diferenciados: Parejas y amigxs, Aquí no se trata ni de una cosa ni de otra, si no de que el entorno acoja, integre y reconozca (la presencia, no el mérito) a todo el mundo, creando un flujo afectivo en el cual te irás acercando a las personas más afines, por supuesto, pero es un contexto social lo suficientemente hospitalario para que no sientas soledad ni siquiera si en una reunión no coincides con tus más afines. Por poner un símil: La dinámica competitiva del entorno amatonormado lo convierte en una bolsita de canicas. Un entorno relacional integrado como lo propone (y lo va logrando) la Agamia es un andamio de metal, flexible y adaptable, pero firme, en el que cada parte metálica está muy cerca de unas y muy alejada de otras, pero forman un todo que soportaría incluso el peso de un enorme edificio (No se trata tampoco de aislar a los grupos ágamos en comunas, que os veo venir; esto va de promover comunidades sólidas y responsables sin necesidad de seducción; este planteamiento puede darse en un evento ágamo o en un vecindario, y las comunidades pueden y deben ser adaptables y abiertas hacia otras realidades geopolíticas sin volverse herméticas). Al instaurarse este patrón más saludable, se percibe una abundante falta de necesidad de pareja, y no se relega a las amistades como relación subalterna.

¿Cómo identificar estas dinámicas para mejorarlas, como ir eliminando la amatonorma y la competición por el gamos que atomiza las colectividades, sea tu grupo ágamo de entrada, o no? Cuando nos relacionamos ¿Tenemos interés en aquellas personas que no nos interesan como pareja, o las descartamos sin percatarnos? Cuando estamos presentes en un grupo ¿Intentamos que todo el mundo se sienta acogidx, o nos centramos casi exclusivamente en las personas que nos resultan atractivas (no solo físicamente)?

Detectar la amatonorma, ser conscientes de que esta competitividad se produce, señalarla (aunque alguien se enfurezca, lo niegue o no quiera comprenderlo) y sustituirla por otras formas de relación más justas en la que no se nos entienda como productos para aceptar o rechazar; modificar las relaciones de manera que se reconozca e incluya a todo el mundo, resulta imprescindible para eliminar la competición y el agrupamiento en parejas (o agregados en el caso de la no monogamia) estancos que hagan sentir al resto, solos/as rodeados/as de gente.

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El amor de un maltratador

Soy superviviente de violencia de género psicológica. Estuve expuesta a este tipo de malos tratos entre los 16-19 años. Entre la violencia que sufrí había: Control del móvil y las redes sociales (Él podía decidir que yo borrase a alguien de Tuenti y en ocasiones contó con el apoyo de mi familia), gritos, humillaciones e insultos.

Hasta hace dos meses, viví una experiencia de más de año y medio de violencia de pareja (esta vez, en ambas direcciones, intercambiándonos por momentos el papel de verdugo/a y víctima). Un caso perfecto de relación tóxica.

¿Que a qué viene mi currículum relacional? A que últimamente se repite, cada vez con más fuerza y convicción, que “el amor no duele”, que “si duele, no es amor”. Lo afirman referentes feministas como Pamela Palenciano, Coral Herrera, Brigitte Vasallo y no pocas psicólogas/os.
¿Sabéis qué es lo que mantiene a una mujer en una relación donde hay violencia de pareja o de género? Los buenos momentos y la probabilidad de tirar la toalla en una relación donde pueda ser feliz.

La imagen que tenemos de un maltratador es un tipo permanentemente furioso y ansioso; siempre que aparece uno en una película o incluso en la literatura, sólo sale agrediendo o pidiendo perdón y prometiendo cambiar. Pero no te cuentan que entre una agresión y otra pueden pasar días, semanas o incluso meses, y que en esos interludios hay cuidados y gestos de cariño (¡A veces, tu maltratador es quien más te escucha y comprende!). No se ve a un maltratador cocinándote tu plato preferido mientras estudias, reservando un viaje que te hace muchísima ilusión, cargando tus muebles ni fregando tus platos. Pero lo hacen. El tratamiento cultural que se hace de la violencia en la pareja ha querido preservar tanto al amor, dejarlo aparte en una relación donde sin duda está presente, que caricaturiza al maltratador, una especie de Hulk arrasando una ciudad; y a la víctima, presentándola a modo de criatura indefensa, sumisa que ni grita ni se equivoca. Por eso las mujeres seguimos tan confundidas, porque la parte de nuestra vivencia que demuestra que los malos tratos son perfectamente incluibles y compatibles con el amor, ha sido omitida. Ésa era el dato que nos faltaba. En un momento histórico se decidió que agredir a las mujeres en la pareja (Antaño ingrediente fundamental en todo matrimonio bien avenido) era inapropiado; en aquel instante hubo, otra vez, que rescatar al amor del incendio que él mismo había provocado. Y ahora las mujeres esperamos en relaciones tóxicas que nuestro maltratador encarne al malvado del filme. Rara vez lo hace. Aguardamos una señal divina que nos diga que en nuestra pareja no hay amor, pero lo cierto es que lo hay.

A estas alturas espero que estéis indignados/as: “Pero ¿De qué vas? ¿Qué me estás contando, que en los malos tratos hay amor? ¿Significa que está bien maltratar?” En absoluto, porque el amor y el bien son dos cosas diferentes. En el amor se puede hacer el bien, pero también el mal. Amar y comportarse correctamente tienen tanto que ver como la velocidad con el tocino.

Los maltratadores no son sólo los de las violencias de pareja y de género. Lo son también padres y madres amantísimxs que abusan emocional y físicamente de sus descendientes. Asegurar que no hay amor donde se sufre implica minusvalorar el dolor de la víctima y empujarla a sopesar constantemente si en su relación hay amor o no lo hay, entre el caos que supone virar entre cuidados y ataques, amén de la extenuación emocional fruto del maltrato mismo. El consejo debe ser el siguiente: Te ama, sí, pero eso es irrelevante; las relaciones deben regirse por la ética. Y la ética, en los malos tratos, brilla por su ausencia.

Mentiras del “amor del bueno”: El afecto pertenece al amor

Dice en la Wikipedia: La falacia lógica del falso dilema involucra una situación en la que se presentan dos puntos de vista como las únicas opciones posibles, cuando en realidad existen una o más opciones alternativas que no han sido consideradas. En su decadencia, en cada asalto, con cada voz que se levanta contra él, el amor debe apoderarse de algo para seguir justificando su existencia, para conservar su club de fans.

Como está explicado en esta entrada anterior, no es el sexo lo que está reprimido en la cultura amorosa, sino el afecto. En nuestra etapa infantil, mientras no se espera de nosotrxs que formemos pareja (Pese a que ya se empiecen a inculcar expectativas de pareja al preguntar a preescolares; “¿Qué, ya tienes novix? Y además con una perspectiva heterocentrista), se nos permite mostrar afecto por familiares y por el grupo de pares. Sin embargo, al entrar en la adolescencia, al leernos como personas sexuadas y amatonormadas, el afecto disminuye. A partir de ahora se esperará que el afecto nos lo provea, casi en su totalidad, la pareja. Yo misma me acuerdo cómo, a partir de los 12 años, mi familia me decía que “ya no necesitaba más amigos varones”, que “a partir de las 10 de la noche ya no se chateaba con amigxs”, que “a lxs amigxs, especialmente a los varones, no se les abraza”, no podía permanecer ni siquiera a solas en presencia de uno, etc. De este modo, aunque hubo intentos (y algunos muy graves) de reprimir mi sexualidad, esa censura no tuvo ni punto de comparación con la dieta estricta de afecto al que fui sometida. Además, al impedirme pedir y ofrecer afecto, no solamente me dejaban a mí en un estado carencial, también a mi entorno social próximo. Y ojo, que lo que cuento desde el punto de vista de mi familia, pasaba en todas, sin excepción. Posiblemente la peor etapa de mi vida fuesen los 4 años de interludio entre los 12, en los que ya se me reconocía como objeto amoroso y se me imponía el grave racionamiento afectivo, y los 16, edad a la que se me concedía oficialmente el permiso para tener pareja (masculina, obviamente). Esta ley marcial se establecía, más o menos estrictamente, en casi todos los hogares, dejando a una cohorte de adolescentes confundidxs, pues en pocos meses habíamos pasado de recibir muestras de afecto físico, verbal, etc. a que se nos tratase, bajo el pretexto edadista de “ser un cóctel de hormonas muy peligroso”, como sujetos en cuarentena cuyos sentimientos no había que atender y cuyas necesidades no debían satisfacerse, “por nuestro bien”.

¿A qué viene toda esta historia? A que si se reparte el afecto equitativamente y sin pasar por la caja del amor, éste pierde todo su sentido. Bueno, miento: Le sigue quedando el factor económico, la sociedad de bienes gananciales. Pero para eso hay que casarse, y cada vez más parejas deciden no hacerlo. Con un flujo constante de afecto, proveniente de muchas personas, no necesitaríamos pareja. Perderemos el componente narcisista de “ser la única persona para alguien”, el “ser especial”, u ocupar el primer puesto, pero me pregunto: El protagonismo exagerado en pareja ¿No nos mantiene en cierta medida en la inmadurez emocional?

No te dejes estafar: El afecto no es coto privado del amor y puede obtenerse y disfrutarse perfectamente y en abundancia, fuera de él. Nos vemos en la siguiente.

La agamia en los medios

¡Nos hacemos famosas! Con una comunidad en Facebook de más de 350 personas, esta ética relacional, incapaz de pasar desapercibida, ha dado el salto desde España a otros lugares como Argentina y México. El Sábado 13 de Abril tuvo lugar el debate sobre el amor en la página, también de Facebook, Amor Libre y Memes; en la que la Agamia fue representada en su forma más política, la crítica contra el amor.

Hace dos días, en la web Código Nuevo entrevistaron a la artista Júlia Peró (@julia___pero) hablando sobre la Agamia. Siempre es muy agradable que el movimiento trascienda, que se haga referencia al gamos, a la indignación, etc. Sin embargo, probablemente el modelo relacional mencionado en la entrevista sea la anarquía relacional, no la agamia ¿Por qué? Veámoslo:

  • Dice, textualmente: “Nunca he visto natural que para demostrar mi amor necesitara unos acuerdos que si no se cumplían era infidelidad”. Pero, como ya se explicó en este post, no toda persona que no forme pareja es ágama sí o sí. El rechazo total, profundo, radical del amor es lo que define a la agamia. Por supuesto que no se obliga a nadie a abandonar el amor, pero la agamia es tan incompatible con amar, como el veganismo con comer un filete de ternera.
  • “Es decir, no hay gamos. No hay pareja, normas o prohibiciones” . Verdad que en la agamia no hay pareja, pero por supuesto que hay normas: Las de la ética. Y ¡Claro que existen prohibiciones! Lo que no sea ético, vedado. Por muchas ganas que tengas. Lo correcto prevalece sobre el deseo individual. ¿Qué significa esto? Que nadie cometa el error de lanzarse a la agamia creyendo que será menos exigente o más liberal que la monogamia o que el poliamor. Al contrario: Tu catadura moral deberá aumentar; fruto de eso serás más libre, sí, pero no será una libertad en la que hagas lo que quieras a expensas del resto; sino una libertad en la que no abusarán de ti.
  • “¡Que la gente ame y folle con quien quiera! Y si es conmigo, mejor”. Bueno, esto no tiene nada que ver con la propuesta ágama de no amar y de que el sexo sea sin objeto (No necesito a nadie para satisfacer mi deseo sexual). En los principios ágamos se aclara que nos relacionamos con personas de cualquier modelo relacional, pero que no participamos de sus decisiones. Si nos aman, no se les corresponderá. De nuevo esta frase casa más con la propuesta anarcorrelacional.
  • “Cuyas únicas normas son hacer aquello que reporte felicidad, sin atar u obligar a nada a ninguno de los dos.” El deber y la responsabilidad con la comunidad y lxs demás supone una prioridad en la agamia, y al cumplir con ese deber, aparecerán sentimientos como el afecto, el apego y la admiración. Tus relaciones individuales surgirán fruto de la interacción grupal, no a través de un enamoramiento, ni energía de la nueva relación, ni fenómeno semejante.
  • “No te metas donde no te aman”. Al revés; si pretenden amarte ¡Corre por tu vida!
  • “Lo que diferencia la agamia de la soltería es, justamente, que como no cree en los vínculos de pareja, tampoco contempla lo contrario. Ni hay parejas ni hay solteros”. Efectivamente, esta afirmación es 100% ágama.
  • “En realidad, los celos no son más que un miedo a la pérdida de esa persona. Un miedo a que se enamore de otra persona y a que se vaya con ella. ¿Y cuándo se siente miedo a perder algo? Cuando se cree que se posee”. Sí y no. El sentimiento de posesión comienza con el amor; cuando realzas tanto las virtudes de alguien (para justificar su elección sobre otras personas) que quieres ser importante para esa persona. Dicha actitud no se puede separar de cierto grado de posesión; con el amor surge el vínculo gámico y con él los celos. Pero cuidado, porque no todo desasosiego en una relación son celos. Debemos tener presente a la indignación legítima, es decir, la desazón congruente con injusticias cometidas contra nosotrxs, abusos de poder, desigualdades estructurales, etc. El poliamor y la anarquía relacional pecan de este extremo, en dicha situación, a las personas más desfavorecidas se las insta a “gestionar” (aguantarse) la ansiedad consecuencia del abuso, y se les priva de la única herramienta que tienen contra su pareja privilegiada: La protesta.
  • Eso sí, estamos muy de acuerdo con la oposición al patriarcado, al capitalismo y la relevancia de la comunicación. Citando a Amelia Valcárcel: “Lo más importante que hemos aprendido a hacer varones y mujeres desde que el feminismo existe es hablar”.

Ojalá cada vez veamos más publicaciones y entrevistas ágamas, construyendo espacios críticos, respetuosos y abiertos a la ética. ¡Nos vemos pronto!

Mentiras del “amor del bueno”: Reavivar la llama

Os suena ¿Verdad? Un montón de espacio y tiempo en los medios, en Internet y en las redes sociales dedicados a la enorme empresa de devolver a una pareja el encanto de la seducción, se han grabado películas escenificando el horror de la infidelidad cuando uno de los miembros ya no se “esfuerza” en mantener la pasión; los restaurantes, centros de spa, empresas dedicadas a viajes y hasta los sexshop han hecho su particular Agosto ofreciendo productos y servicios a tal fin. ¿El resultado? Que es imposible.

Ya avisaban las voces críticas con el romanticismo que la pasión no es eterna. Sin embargo, omiten que el intento de resucitarla tiene resultados efímeros y escasos. ¿Por qué? ¿Por qué apagarse siempre es su destino, y por mucho tiempo y dinero que invirtamos, se vuelve siempre a la monotomía doméstica? Muy sencillo: Porque la seducción no es un fin en sí misma, sino una herramienta para alcanzar otra cosa.

Mediante la seducción, conquistamos a alguien para que nos dé amor y/o sexo a corto o largo plazo. Una vez estabilizada la pareja y garantizadas esas atenciones, deja de tener sentido invertir tiempo y energía en ella. Otorgar tanto protagonismo y venerar exageradamente este proceso (la seducción, socialmente, tiene la connotación de madurez, elegancia, clase, buenos modales, cierto nivel cultural; existe incluso bibliografía destinada a enseñar a seducir) es tan inútil como sería hacerlo con el recambio de una rueda del coche: Una vez puesta la rueda en condiciones, el proceso termina. Análogamente, establecido el gamos, la seducción se esfuma, ya ha cumplido su labor. A partir de dicho instante, mucha gente se decepciona porque llegó a creerse que sería eternamente la princesa del cuento. Esto nos pasa más frecuentemente a las mujeres, porque educadas en valorarnos según cuánto nos deseen (deseo medido en cuánto se esfuercen en conquistarnos) cuando ya no lo hacen nos devaluamos nosotras mismas. Los hombres no suelen inmutarse, a ellos les enseñan desde el principio el verdadero porqué: Seduces para llevarte a alguien a la cama o al altar (según el objetivo, cambia la forma de seducir, pero no el concepto). Seduces para conseguir algo de esa persona que hablado racionalmente, no te daría ni en broma: “Oye ¿te apetece dejar tu tesis y tus aficiones para embarazarte, criar a mis hijos y cuidar de mis padres sin recibir ni un duro?” suena fatal, por eso antes se celebra un ritual en el que se arrodillan y nos regalan un anillo. Mas no nos engañemos: Ellos se arrodillan 5 minutos para que nosotras, después, vivamos de rodillas; y la inversión en el anillo la recuperarán con creces en forma de trabajo doméstico y familiar. Tres cuartos de lo mismo ocurre con el sexo: Por eso muchos creen que si invierten dinero en una cita, “tienen derecho” a tener sexo; por eso si no lo consiguen, violan a su cita o se quejan diciendo “para esto, me voy de putas”. La conquista es una compra-venta con regateo incluido. Solo que la mercancía ignora que está siendo comprada, entre flores y cines.

Ya, pero ¿Qué pasa con el mimo y las atenciones que perduran durante años? Bien, eso no es conquista; son cuidados. Los cuidados sí son un fin en sí mismos porque satisfacen necesidades y no desaparecen por mucho que se estabilice y dure el vínculo (probablemente con los años, mejoren).

Por todo esto, fantasear con encontrar una pareja que nos haga sentir una codiciada chica Bond toda nuestra vida no lleva a ninguna parte. Nadie mantiene la hornilla encendida una vez la comida está preparada.

Qué NO es agamia

Me alegra encontrar cada vez más gente con curiosidad hacia el modelo “contra el amor”, pero como todo mensaje que se reproduce y reinterpreta, a veces pierde un poco su significado y se acaba confundiendo. Y no, esto no es como cuando se dice que una relación tóxica o portarse mal no es amor, o no es poliamor; la agamia se confunde con otras cosas que están fuera de la definición. Al contrario que el amor, la agamia tiene una descripción concreta y lo que se salga de ahí no es agamia. Un vínculo ágamo es: Una relación entre dos personas que potencialmente pudiera convertirse en una pareja y por decisión voluntaria no se hace, sin que esta decisión perjudique los cuidados entre esas personas. Lo que deriva de ahí es la pregunta: ¿Entonces cualquier persona podría ser tu pareja? y la persona ágama te contestará: No. Nadie puede serlo. Yendo al grano: ¿Qué NO es agamia?

  • Una relación etiquetada de amistad: Al no plantearse la posibilidad de pareja, ya no tiene sentido separar al mundo en “parejas” y “amistades” (que es el equivalente gámico de la persona con la que te vinculas y no es tu pareja, y que en entornos monógamos implica que tampoco hay sexo).
  • Personas incel (involuntariamente célibes; hablando en plata, que no se comen una rosca): MUY IMPORTANTE. No caigamos en el error de meter automáticamente en el saco de la agamia a las personas consideradas no deseables. El/la ágamo/a no tiene pareja porque no quiere, no porque no pueda. Alguien incel está más o menos resentida porque el mercado sexoafectivo le deja fuera, pero ese resentimiento se trocaría alegría si cambiasen los criterios del valor sociosexual y de pronto se encontrase en la cima de la pirámide, o pudiera conseguir sexo de manera ilegítima (prostitución, violación). Alguien ágame rechaza activamente participar en dicho mercado y reprograma su deseo hacia lo justo. Como aclaración: Una persona ágama puede no ser deseable, pero no formará un gamos ni aunque se le presente la oportunidad.
  • Persona soltera que tiene relaciones sexuales esporádicas y en el fondo alberga esperanzas de encontrar el amor: Estilo de vida perfectamente válido, pero no es agamia porque no aparta el amor.
  • Persona promiscua (sexualmente liberal) que elude responsabilidades afectivas: Miedo me da que el clásico polifake, tras el repudio del ambiente poliamor/anarquía relacional, pretenda subirse al carro de la agamia pasando de decir que tiene ocho parejas a decir que no tiene ninguna. Pues no. La agamia renuncia a la pareja (que NO a la sexualidad, ojo, aunque busca una sexualidad sin convertir a la otra persona en objeto) para cimentar una sociedad más justa e inclusiva, para repartirte más y mejor. No para dejar cadáveres emocionales. El polifake, por si alguien no  lo recuerda, no es ni poliamoroso, ni anarquista relacional ni ágamo: Es un caradura desubicado.
  • Personas célibes por motivos religiosos: La contundente crítica a la sexualidad objetificadora y la perspectiva social pueden incitar a la mezcla de la agamia con alguna especie de orden religiosa. Nada más lejos de la realidad. La agamia promueve una sexualidad no monógama, eso sí, entendiendo a esas personas con quienes la compartimos como sujetos y no como objetos. La sexualidad sin objeto es totalmente independiente del amor.
  • En definitiva, cualquier persona que acepte el amor y se relacione en base a esa ideología.

Por tanto, ninguna persona ágama forma parejas, pero no cualquiera sin pareja es ágamo/a/e. ¡Gracias por leerme!

¿Por qué mola ser ágama/o/e?

Esta entrada ha sido inspirada por J., reciente incorporación a este grupo a favor de las relaciones justas. En el último evento “agamia en 3D”, dio justo en la diana cuando preguntó precisamente, lo que reza este título. Desde entonces le he dado bastantes vueltas, dándome cuenta de que, ya que toda nuestra cultura se ha construido en base al amor y nos resulta complicadísimo imaginar algo fuera de él (como explicarle a un pez que vive rodeado de agua), primero hay que argumentar por qué merece la pena rechazarlo, qué problemas prácticos se atajan, qué aporta a nuestro bienestar. Si la agamia es el cómo, este post te cuenta el por qué:

  1. ¡Para dejar de sufrir! La razón primordial. Bajo mi punto de vista, solamente esto ya justifica desmantelar el amor. Claro que hay parejas felices y que se tratan bien, pero son muy pocas (para hacernos una idea, si el amor fuese un tratamiento médico, ningún sistema sanitario lo financiaría, por inefectivo) y de esta minoría, un buen porcentaje lo son tras muchos intentos fallidos; el padecimiento es el desenlace más frecuente. Y por desgracia, el sufrimiento en la pareja no se limita al momento de la ruptura, sino que el camino anterior se vuelve un via crucis. Existen adolecimientos específicos del modelo relacional (en monogamia porque quieres estar con otras personas y debes esconderte, o porque alguien te ha sido infiel; en swinger y relaciones abiertas porque te acabes enamorando de alguien que tu modelo te impide cuidar; en poliamor y anarquía relacional, porque ninguna de tus parejas te cuida lo suficiente y la precaria atención puede esfumarse en cuanto otra nueva pareja llegue) y otros comunes: Posesión más o menos evidente (desde espiar el móvil a manipular mediante pequeño drama para que tu pareja se quede contigo), violencia… ¿Para qué perder el tiempo soñando ser la excepción, cuando sin amor la norma es no padecer?
  2. Para eliminar desigualdades: El amor acredita acciones inmorales y mantener privilegios. Cuando no puedas obligar a una mujer a que satisfaga el apetito sexual de un hombre, haz que se enamore. Si el sistema no quiere sufragar la residencia de un anciano, lo mandará de alta a casa de su hija para que lo atienda gratis. Millones de conductas tóxicas se consienten en nombre del amor, es el área de confort de gente con actitud perjudicial para su entorno,y gracias a la cobertura amorosa esta gente ni necesita ni piensa cambiar. Eso sí, esto tiene una pequeña contrapartida: Tendrás que hacerte cargo de las veces que tú misme/a/o te has servido del amor con intereses espurios y renunciar a este poder. Se impondrá la legitimidad.
  3. Para crear comunidad: En una sociedad en la que la soledad no deseada supone un problema de salud pública (Incluso el Ayuntamiento de Madrid promueve iniciativas para prevenir este problema y actualmente existen líneas de investigación al respecto), casi resulta natural y mandatorio que aparezca un movimiento comunitario con el objetivo de distribuir cuidados equitativamente. Colectividad frente a atomización, sin jerarquías amorosas.

¿Te han convencido estas razones? ¿Tienes alguna más que no se reflejen aquí? No te quedes con las dudas, comenta y pregunta. Para vivirlo, puedes seguir a Agamia en Facebook y/o acudir a nuestros eventos “en 3D”.

¡Feliz semana!