Cuestionar las disidencias

Nos encontramos en un contexto sociocultural de relativismo extremo, en el que es común atacar a quien quiera señalar si algo es conveniente o no. Con la meta de revertir el autoritarismo que crió a la generación del baby-boom, hemos virado hacia la posverdad, lugar confuso, extraño y caótico en la que cualquier propuesta, por el mero hecho de existir, se torna válida y se ejecuta, independientemente de sus consecuencias.

Los ambientes disidentes son oportunos y necesarios. Si tienes que sacar algo en claro de este post, por favor, que sea esa frase. Las posturas críticas nos impulsan a mejorar (Por ejemplo: El vilipendiado movimiento anti-vacunas, si bien errado en el grueso de sus argumentos y por supuesto en sus conclusiones, y suponiendo ahora mismo un problema de salud pública, consiguió que desde hace años, se retirasen los derivados del mercurio de las vacunas), y el poder desempeñado desde una hegemonía privilegiada, se vicia y produce sesgos que de normalizarse, generan injusticias de toda índole. Por poner otro ejemplo: Esa famosa ceguera que tienen los hombres a la hora de ver el machismo, o la misma ceguera en las personas blancas que oye, nos vuelve inútiles para detectar actitudes racistas que cometemos a diario. Ambas cegueras, y otras muchas, cuestan vidas y calidad de vida.

El quid de la cuestión es que cualquier actividad humana debe estar sujeta a valoraciones morales. La palabra moral tiene una mala fama ganada a pulso; atufa a sotana, rosario y genuflexión; a castigo por sentir deseo, a odiar el cuerpo, a padecimiento santificado (Siempre que sea el de la gente pobre, por supuesto). Y en España, a reglazo del maestro en los nudillos, correazos de padre amantísimo y dictadura militar. Los tiempos han cambiado, no erradicando la violencia en nombre de la moral, sino extinguiendo la moral misma; ahora mismo este concepto está desaparecido, y el panorama se presenta desolador. La estricta moralidad de antaño, que imponía los valores desde fuera de las personas a través del paternalismo exagerado y sin considerarlas, no se ha sustituido por una moral interna, madura. El caso de las disidencias es particularmente contraproducente, pues su esencia misma es ser una alternativa a la crueldad de la hegemonía y cabe esperar de ella una conducta más ética. Este compromiso conlleva enorme responsabilidad ya que, por ejemplo, ninguna mujer sale de la monogamia con la expectativa de que aprovechen su belleza física para llenar un antro swinger. Para eso nos quedamos en la discoteca de toda la vida, oiga. En entornos convencionales, puedes vituperar la escena patriarcal de una discoteca y encontrarás incluso apoyos, pero no te atrevas a alzar la voz contra ninguna fiesta disidente porque te caes con todo el equipo. La categoría de intocable, que por su carácter no convencional o irreverente, nos atribuimos con excesiva ligereza, desemboca en fracasos más de lo que nos gustaría reconocer.

Cargar contra la hegemonía no dota a nuestras acciones mágicamente de bondad, justicia y equidad. Y perder un sano escepticismo abre la puerta a que dinámicas desafortunadamente familiares allanen estos espacios, sobre los que recaen lógicamente expectativas de seguridad; promoviendo que se repita la misma injusticia de la que se pretende escapar. Nuestra negligencia puede también poner en riesgo a las personas desfavorecidas que se acercan con la guardia baja, buscando respiro y deseando soltar por un momento la armadura que portan habitualmente para defenderse de las opresiones cotidianas. Si renunciamos a construir un entorno de confianza, al menos pongamos un cartel en la puerta avisando a navegantes de que nuestros eventos son tan machistas, racistas, lgtbfóbicos y peligrosos como cualquier otro, que somos la misma basura con atuendos hippies y que mostramos la misma capacidad revolucionaria que 50 sombras de Grey.

La disidencia cerrada a la crítica externa no es auténtica disidencia, se convierte en un producto de otra marca en el estante, que le baila el agua al sistema; nos resta credibilidad como colectivo o como movimiento, y sirve de excusa para argumentar que la disidencia no sirve para cambiar nada. Imprescindibles la humildad para recibir las críticas y la sabiduría para extraer verdaderas lecciones. Lo repito porque es doblemente importante: Toda acción humana requiere evaluarse racionalmente. El ambiente no convencional debe ser mejor que el resto, no llevadxs por delirio de grandeza alguno, si no porque esa sea nuestra meta.

Anuncios

Canicas y andamios: Las dinámicas amatonormadas y ágamas

Bajo tan enigmático epígrafe quiero compartir una reflexión, de esas que te parece que sólo has observado tú, pero que cuando lo comentas le ha pasado a mucha más gente; y si se trata de una experiencia desgastante, da más coraje todavía. Es un tema abstracto, porque implica mencionar lo intangible, lo que hacemos sin darnos cuenta (igual que pasa con los micromachismos, que todo el mundo piensa que no los tiene); un teatro evidente desde fuera, pero cuyos actores y actrices ignoramos que estamos representando.

Estas reflexiones surgidas a raíz de una serie de casos, pretenden exponer una experiencia que como ágama, se vive en un mundo amatonormado. Tampoco diría que sea una vivencia exclusivamente ágama; le puede acontecer a cualquiera que intente desarrollar, prescindiendo de la pareja aunque sea temporalmente (como por ejemplo, tras una ruptura o muerte de la pareja anterior) una vida social en un mundo enfocado a su consecución y que divide a las personas entre quien/es es/son tu/s pareja/s y quien/es no.

Con matices, un ambiente amatonormado en general, y en el poliamoroso en particular, aunque te impliques en eventos, te relaciones con la gente e intentes continuar las relaciones, si no muestras interés en formar un vínculo gámico, acabas cayendo en el saco de las “no parejas” o “no gamos”, por lo que te quedas progresivamente más y más aorillada/o en la periferia relacional. Tras unas cuantas interacciones e intentos de tener conversaciones realmente provechosas, no como prolegómenos previos al acercamiento sexual o sentimental si no como el contenido del vínculo, al no establecerse el gamos da la sensación de que la relación “no progresa” y pasan a dedicar su tiempo en la búsqueda y mantenimiento de relaciones de pareja. Como consecuencia, aunque no fuese tu intención en un primer momento, comienzas a jugar en base a esas normas, en búsqueda de inclusión.

Tal vez el grado máximo de atomización sería el speed dating, donde la gente va rotando y tienes 5 minutos para decidir si la persona que acabas de conocer te gusta o no. Se concentran muchas personas pero no existe grupo ninguno. Son muchas potenciales parejas – o amistades si no llegan al trono del amor – separadas y vueltas a combinar. Pero no hay comunidad como tal y nada importa más allá de la persona o personas que te han gustado. ¿Suena cruel? Lo es.

Quiero avisar a navegantes que si bien esta descripción podría confundirse con la crítica habitual del ambiente, de corte rancio y no sin puritanismo sexual, de que “la gente allí va a ligar” o que “el ambiente poli es como Tinder”, dicha interpretación no tiene cabida. Dejemos algo claro: No estoy diciendo que únicamente en eventos poliamorosxs aparezca esa dinámica, ni que se deba exclusivamente a las personas que acuden deliberadamente con esa intención (Esas personas sólo están aplicando explícitamente las normas de un juego que involucra a todx asistente, sea consciente o no). No solamente el ambiente poliamoroso es Tinder: Para una persona amatonormada, el mundo entero es Tinder. No hay ningún espacio libre de seducción ¡Ninguno! Para formar un gamos, valga una visita a Urgencias, un juicio, un funeral. Ligar es algo que puede hacerse bajo casi cualquier circunstancia en un mundo abocado a ello. Tampoco estamos a salvo con la gente que jura y perjura “no haber ido allí con esa intención” y que incluso mira por encima del hombro a quienes no se ocultan para ello, porque tampoco sus intenciones quedan claras y como dije anteriormente, en cuanto intuye que hay que pasar por el aro de seducir para integrarse, lo termina haciendo por necesidad social. Cuerpo a tierra. Que Dios nos pille confesaos.

Otro error frecuente con este tema es reducir el debate a “las ganas de hacer amigxs”. Esto pasa porque desde el amor conceptualizamos dos tipos de vínculos, más o menos diferenciados: Parejas y amigxs, Aquí no se trata ni de una cosa ni de otra, si no de que el entorno acoja, integre y reconozca (la presencia, no el mérito) a todo el mundo, creando un flujo afectivo en el cual te irás acercando a las personas más afines, por supuesto, pero es un contexto social lo suficientemente hospitalario para que no sientas soledad ni siquiera si en una reunión no coincides con tus más afines. Por poner un símil: La dinámica competitiva del entorno amatonormado lo convierte en una bolsita de canicas. Un entorno relacional integrado como lo propone (y lo va logrando) la Agamia es un andamio de metal, flexible y adaptable, pero firme, en el que cada parte metálica está muy cerca de unas y muy alejada de otras, pero forman un todo que soportaría incluso el peso de un enorme edificio (No se trata tampoco de aislar a los grupos ágamos en comunas, que os veo venir; esto va de promover comunidades sólidas y responsables sin necesidad de seducción; este planteamiento puede darse en un evento ágamo o en un vecindario, y las comunidades pueden y deben ser adaptables y abiertas hacia otras realidades geopolíticas sin volverse herméticas). Al instaurarse este patrón más saludable, se percibe una abundante falta de necesidad de pareja, y no se relega a las amistades como relación subalterna.

¿Cómo identificar estas dinámicas para mejorarlas, como ir eliminando la amatonorma y la competición por el gamos que atomiza las colectividades, sea tu grupo ágamo de entrada, o no? Cuando nos relacionamos ¿Tenemos interés en aquellas personas que no nos interesan como pareja, o las descartamos sin percatarnos? Cuando estamos presentes en un grupo ¿Intentamos que todo el mundo se sienta acogidx, o nos centramos casi exclusivamente en las personas que nos resultan atractivas (no solo físicamente)?

Detectar la amatonorma, ser conscientes de que esta competitividad se produce, señalarla (aunque alguien se enfurezca, lo niegue o no quiera comprenderlo) y sustituirla por otras formas de relación más justas en la que no se nos entienda como productos para aceptar o rechazar; modificar las relaciones de manera que se reconozca e incluya a todo el mundo, resulta imprescindible para eliminar la competición y el agrupamiento en parejas (o agregados en el caso de la no monogamia) estancos que hagan sentir al resto, solos/as rodeados/as de gente.