Mitos del amor: El amor es biológico

El argumento cientificista/biologicista es un clavo ardiendo al que, tarde o temprano nos agarramos cuando no hemos cuestionado al amor y automáticamente lo protegemos. De alguna forma, si un grupo de especialistas con doctorados, tesinas y otras suficiencias avalan nuestra embriaguez emocional, bueno va para justificar los estropicios que cometeremos durante la enajenación mental. Desgraciadamente para quien esgrime este argumento, en Agamia también hay gente de ciencias, y con la misma luz científica puede refutarse las ideas de que:

  • Porque algo sea natural, es deseable (Nada más natural que morir de tuberculosis, pero no nos apetece ¿Verdad?).
  • Porque algo sea natural, es inevitable (¿Para qué existen los tratamientos médicos, entonces?).
  • Porque algo sea natural, no tenemos responsabilidad de actuar (Si cometes un delito teniendo depresión, aunque también se trate de un cambio químico, no es eximente).

En el amor pueden intervenir factores biológicos, como en las enfermedades (No todo el mundo que entra en contacto con un/a enfermx de tuberculosis contraerá la infección ni desarrollará la enfermedad); pero cuando se dice que el amor es biológico, estamos echando balones fuera para no asumir nuestra responsabilidad y no hacer nada al respecto, más que seguir nuestros caprichos.

Desde el punto de vista legal, para no ser responsables de nuestros actos debemos sufrir tal alteración que perdamos el juicio de la realidad, como sucede en grandes deterioros cognitivos (como la enfermedad de Alzheimer avanzada), durante un brote psicótico o bajo efectos graves de algunas sustancias (las benzodiazepinas como el diazepam, bromazepam o lorazepam no son el caso, mucha gente suele preguntarlo). En estos casos, existe la incapacitación legal, que hace que la persona no sea legalmente imputable, pero la deja en un estado similar a la minoría de edad, con pérdida de algunos derechos: Tomar decisiones económicas, posesión del carnet de conducir, ocupar puestos de responsabilidad… No tiene sentido hablar de incapacitación en el caso de enamoradxs ¿Verdad? Pues es porque la gente enamorada sabe perfectamente lo que hace. Es más ¿No habéis oído nunca que hay que “tener el corazón abierto al amor”? Exacto, enamorarse es voluntario. Si no quieres, no te enamoras. Pero la sociedad es muy indulgente con el/la enamoradx y sus antojos, y en nombre del amor se permite cualquier tropelía.

Fijándonos en la metodología, los artículos que relacionan cambios en neurotransmisores y amor también hacen aguas (como todo estudio sacado desde el empecinamiento en demostrar algo como sea, y no desde la humildad de que tu hipótesis pueda resultar falsa). Y es que, al divulgar sobre el amor, se cae en un fallo garrafal: Asumir causalidad a partir de estudios transversales.

Me explico: Un estudio transversal o de corte es aquel que mide a la vez, una exposición y un resultado (Por ejemplo, preguntar a un grupo de personas si están enamoradxs o no y medir sus niveles de dopamina, serotonina, oxitocina y vasopresina. Al medirlo todo más o menos al mismo tiempo, no podemos establecer qué fue primero, si el huevo o la gallina ¿Los niveles de neurotransmisores causaron el amor, o tras semanas de relato amoroso obsesivo e idealización, nosotrxs mismxs provocamos esos cambios en nuestros cerebros, como si hubiésemos tomado drogas o algún medicamento? Es evidente que en el segundo caso seríamos más responsables de habernos enamorado, porque sería como haber elegido fumar porros; pero incluso en el primer caso en que nos sorprendiese un chute oxitócico, nuestro deber de no comportarnos según sus mandamientos sigue ahí. Los neurotransmisores nos ayudarían a comprenderlo, pero nada más; no justifica nada.

Por tanto, no tiene sentido seguir buscando huellas biológicas del amor, ya que muchas emociones y estados físicos y psicológicos, como una cirugía o el estrés de unos exámenes dejan rastro en una analítica; pero nada de esto nos quita la característica más humana, que es la de actuar justamente pese a estos cambios.

Como nunca está de más profundizar en los mitos del buen amor, espero que visitéis este enlace. ¡Nos vemos!


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Mentiras del “amor del bueno”: El afecto pertenece al amor

Dice en la Wikipedia: La falacia lógica del falso dilema involucra una situación en la que se presentan dos puntos de vista como las únicas opciones posibles, cuando en realidad existen una o más opciones alternativas que no han sido consideradas. En su decadencia, en cada asalto, con cada voz que se levanta contra él, el amor debe apoderarse de algo para seguir justificando su existencia, para conservar su club de fans.

Como está explicado en esta entrada anterior, no es el sexo lo que está reprimido en la cultura amorosa, sino el afecto. En nuestra etapa infantil, mientras no se espera de nosotrxs que formemos pareja (Pese a que ya se empiecen a inculcar expectativas de pareja al preguntar a preescolares; “¿Qué, ya tienes novix? Y además con una perspectiva heterocentrista), se nos permite mostrar afecto por familiares y por el grupo de pares. Sin embargo, al entrar en la adolescencia, al leernos como personas sexuadas y amatonormadas, el afecto disminuye. A partir de ahora se esperará que el afecto nos lo provea, casi en su totalidad, la pareja. Yo misma me acuerdo cómo, a partir de los 12 años, mi familia me decía que “ya no necesitaba más amigos varones”, que “a partir de las 10 de la noche ya no se chateaba con amigxs”, que “a lxs amigxs, especialmente a los varones, no se les abraza”, no podía permanecer ni siquiera a solas en presencia de uno, etc. De este modo, aunque hubo intentos (y algunos muy graves) de reprimir mi sexualidad, esa censura no tuvo ni punto de comparación con la dieta estricta de afecto al que fui sometida. Además, al impedirme pedir y ofrecer afecto, no solamente me dejaban a mí en un estado carencial, también a mi entorno social próximo. Y ojo, que lo que cuento desde el punto de vista de mi familia, pasaba en todas, sin excepción. Posiblemente la peor etapa de mi vida fuesen los 4 años de interludio entre los 12, en los que ya se me reconocía como objeto amoroso y se me imponía el grave racionamiento afectivo, y los 16, edad a la que se me concedía oficialmente el permiso para tener pareja (masculina, obviamente). Esta ley marcial se establecía, más o menos estrictamente, en casi todos los hogares, dejando a una cohorte de adolescentes confundidxs, pues en pocos meses habíamos pasado de recibir muestras de afecto físico, verbal, etc. a que se nos tratase, bajo el pretexto edadista de “ser un cóctel de hormonas muy peligroso”, como sujetos en cuarentena cuyos sentimientos no había que atender y cuyas necesidades no debían satisfacerse, “por nuestro bien”.

¿A qué viene toda esta historia? A que si se reparte el afecto equitativamente y sin pasar por la caja del amor, éste pierde todo su sentido. Bueno, miento: Le sigue quedando el factor económico, la sociedad de bienes gananciales. Pero para eso hay que casarse, y cada vez más parejas deciden no hacerlo. Con un flujo constante de afecto, proveniente de muchas personas, no necesitaríamos pareja. Perderemos el componente narcisista de “ser la única persona para alguien”, el “ser especial”, u ocupar el primer puesto, pero me pregunto: El protagonismo exagerado en pareja ¿No nos mantiene en cierta medida en la inmadurez emocional?

No te dejes estafar: El afecto no es coto privado del amor y puede obtenerse y disfrutarse perfectamente y en abundancia, fuera de él. Nos vemos en la siguiente.

La agamia en los medios

¡Nos hacemos famosas! Con una comunidad en Facebook de más de 350 personas, esta ética relacional, incapaz de pasar desapercibida, ha dado el salto desde España a otros lugares como Argentina y México. El Sábado 13 de Abril tuvo lugar el debate sobre el amor en la página, también de Facebook, Amor Libre y Memes; en la que la Agamia fue representada en su forma más política, la crítica contra el amor.

Hace dos días, en la web Código Nuevo entrevistaron a la artista Júlia Peró (@julia___pero) hablando sobre la Agamia. Siempre es muy agradable que el movimiento trascienda, que se haga referencia al gamos, a la indignación, etc. Sin embargo, probablemente el modelo relacional mencionado en la entrevista sea la anarquía relacional, no la agamia ¿Por qué? Veámoslo:

  • Dice, textualmente: “Nunca he visto natural que para demostrar mi amor necesitara unos acuerdos que si no se cumplían era infidelidad”. Pero, como ya se explicó en este post, no toda persona que no forme pareja es ágama sí o sí. El rechazo total, profundo, radical del amor es lo que define a la agamia. Por supuesto que no se obliga a nadie a abandonar el amor, pero la agamia es tan incompatible con amar, como el veganismo con comer un filete de ternera.
  • “Es decir, no hay gamos. No hay pareja, normas o prohibiciones” . Verdad que en la agamia no hay pareja, pero por supuesto que hay normas: Las de la ética. Y ¡Claro que existen prohibiciones! Lo que no sea ético, vedado. Por muchas ganas que tengas. Lo correcto prevalece sobre el deseo individual. ¿Qué significa esto? Que nadie cometa el error de lanzarse a la agamia creyendo que será menos exigente o más liberal que la monogamia o que el poliamor. Al contrario: Tu catadura moral deberá aumentar; fruto de eso serás más libre, sí, pero no será una libertad en la que hagas lo que quieras a expensas del resto; sino una libertad en la que no abusarán de ti.
  • “¡Que la gente ame y folle con quien quiera! Y si es conmigo, mejor”. Bueno, esto no tiene nada que ver con la propuesta ágama de no amar y de que el sexo sea sin objeto (No necesito a nadie para satisfacer mi deseo sexual). En los principios ágamos se aclara que nos relacionamos con personas de cualquier modelo relacional, pero que no participamos de sus decisiones. Si nos aman, no se les corresponderá. De nuevo esta frase casa más con la propuesta anarcorrelacional.
  • “Cuyas únicas normas son hacer aquello que reporte felicidad, sin atar u obligar a nada a ninguno de los dos.” El deber y la responsabilidad con la comunidad y lxs demás supone una prioridad en la agamia, y al cumplir con ese deber, aparecerán sentimientos como el afecto, el apego y la admiración. Tus relaciones individuales surgirán fruto de la interacción grupal, no a través de un enamoramiento, ni energía de la nueva relación, ni fenómeno semejante.
  • “No te metas donde no te aman”. Al revés; si pretenden amarte ¡Corre por tu vida!
  • “Lo que diferencia la agamia de la soltería es, justamente, que como no cree en los vínculos de pareja, tampoco contempla lo contrario. Ni hay parejas ni hay solteros”. Efectivamente, esta afirmación es 100% ágama.
  • “En realidad, los celos no son más que un miedo a la pérdida de esa persona. Un miedo a que se enamore de otra persona y a que se vaya con ella. ¿Y cuándo se siente miedo a perder algo? Cuando se cree que se posee”. Sí y no. El sentimiento de posesión comienza con el amor; cuando realzas tanto las virtudes de alguien (para justificar su elección sobre otras personas) que quieres ser importante para esa persona. Dicha actitud no se puede separar de cierto grado de posesión; con el amor surge el vínculo gámico y con él los celos. Pero cuidado, porque no todo desasosiego en una relación son celos. Debemos tener presente a la indignación legítima, es decir, la desazón congruente con injusticias cometidas contra nosotrxs, abusos de poder, desigualdades estructurales, etc. El poliamor y la anarquía relacional pecan de este extremo, en dicha situación, a las personas más desfavorecidas se las insta a “gestionar” (aguantarse) la ansiedad consecuencia del abuso, y se les priva de la única herramienta que tienen contra su pareja privilegiada: La protesta.
  • Eso sí, estamos muy de acuerdo con la oposición al patriarcado, al capitalismo y la relevancia de la comunicación. Citando a Amelia Valcárcel: “Lo más importante que hemos aprendido a hacer varones y mujeres desde que el feminismo existe es hablar”.

Ojalá cada vez veamos más publicaciones y entrevistas ágamas, construyendo espacios críticos, respetuosos y abiertos a la ética. ¡Nos vemos pronto!

Lo que me habría gustado saber cuando decidí ser ágama

Agamizar los vínculos, sin duda merece la pena. Los beneficios no se hacen esperar. Sin embargo, explicaré primero por qué me volví ágama: Estaba en una relación de pareja, una verdadera montaña rusa emocional protagonizada por el llanto, comportamientos pueriles para lograr dominar a esa pareja (y viceversa), victimismo, luz de gas… Todas estas estrategias perseguían el mismo objetivo: Cada cual quería que el/la otro/a hiciese lo que quería. Pos otro lado, ninguno aceptábamos perder nuestra parcela personal, nuestro espacio individual. ¿Os dais cuenta de la situación? El amor era la guerra; lo privado, el campo de batalla. Ni el poliamor ni la anarquía relacional tenían ni tienen respuesta para estas actitudes, más allá de recomendar que no debemos comportarnos así. Pero al ser modelos basados en el amor, la contienda no cesaba porque no resolvíamos la causa.

Para disgregar el gamos, hay que aceptar ciertas premisas. La principal dificultad viene con la primera premisa: No volverás a tener poder sobre otra persona. Sí, tus necesidades se cubrirán, pero los caprichos no siempre, y desde luego irán por detrás de las necesidades de otras personas. Renuncias a parte de lo individual en favor de lo colectivo. Es una renuncia importante, el subidón del status de pareja es similar a una droga, pero tenemos que deshabituarnos. A cambio, nadie volverá a tener poder sobre ti.

Segunda premisa: Lo privado se vuelve público porque lo personal es político. El secretismo protege los abusos. Al no establecerse pareja, se elimina ese santuario hermético en el que nadie se mete ni del que nadie opina; la frase “los trapos sucios se lavan en casa” no está vigente. El grupo se articula parecido a las amistades; los conflictos se gestionan de modo que la justicia y el cuidado cohesionen el grupo. Sigue existiendo la intimidad, por supuesto, pero en forma de experiencias puntuales, sin constituir un sistema cerrado.

Tercera premisa: La pareja, como tal, se rompe para formar un vínculo ágamo. No se mantiene modificando las cuotas de exclusividad, como cuando se abre una relación. En ese instante, las cartas se pondrán sobre la mesa, se sabrán todas las expectativas ocultas de la relación. Quizá descubras, con horror, que una vez no pueda ejercer poder sobre ti, que teniendo que aceptarte como eres y en un contexto de igualdad y justicia, a quien fue tu pareja ya no le interesa vincularse a ti. O que buscaba aumentar su posición social y no está dispuesto/a/e a distribuir cuidados ni a relacionarse colectivamente. La trampa del amor queda en evidencia cuando ya no se obtiene de ti una relación de pareja y todo ese cariño inmenso se disuelve como volutas de humo. La cortina rosada cae, y donde había halagos, zalamería y atención impostados, ahora te ignoran o te desprecian. “Eso no era amor”, dirá alguien. Nadie que quiera formar pareja da prioridad a quien no puede ofrecerle lo que busca.

Con todas estas dificultades, sigue siendo una buena alternativa ¿Te animas? ¿O tienes aún más dudas? Contacta con nuestro grupo de Agamia en Facebook para saber más. ¡Hasta la próxima!

Mentiras del “amor del bueno”: Reavivar la llama

Os suena ¿Verdad? Un montón de espacio y tiempo en los medios, en Internet y en las redes sociales dedicados a la enorme empresa de devolver a una pareja el encanto de la seducción, se han grabado películas escenificando el horror de la infidelidad cuando uno de los miembros ya no se “esfuerza” en mantener la pasión; los restaurantes, centros de spa, empresas dedicadas a viajes y hasta los sexshop han hecho su particular Agosto ofreciendo productos y servicios a tal fin. ¿El resultado? Que es imposible.

Ya avisaban las voces críticas con el romanticismo que la pasión no es eterna. Sin embargo, omiten que el intento de resucitarla tiene resultados efímeros y escasos. ¿Por qué? ¿Por qué apagarse siempre es su destino, y por mucho tiempo y dinero que invirtamos, se vuelve siempre a la monotomía doméstica? Muy sencillo: Porque la seducción no es un fin en sí misma, sino una herramienta para alcanzar otra cosa.

Mediante la seducción, conquistamos a alguien para que nos dé amor y/o sexo a corto o largo plazo. Una vez estabilizada la pareja y garantizadas esas atenciones, deja de tener sentido invertir tiempo y energía en ella. Otorgar tanto protagonismo y venerar exageradamente este proceso (la seducción, socialmente, tiene la connotación de madurez, elegancia, clase, buenos modales, cierto nivel cultural; existe incluso bibliografía destinada a enseñar a seducir) es tan inútil como sería hacerlo con el recambio de una rueda del coche: Una vez puesta la rueda en condiciones, el proceso termina. Análogamente, establecido el gamos, la seducción se esfuma, ya ha cumplido su labor. A partir de dicho instante, mucha gente se decepciona porque llegó a creerse que sería eternamente la princesa del cuento. Esto nos pasa más frecuentemente a las mujeres, porque educadas en valorarnos según cuánto nos deseen (deseo medido en cuánto se esfuercen en conquistarnos) cuando ya no lo hacen nos devaluamos nosotras mismas. Los hombres no suelen inmutarse, a ellos les enseñan desde el principio el verdadero porqué: Seduces para llevarte a alguien a la cama o al altar (según el objetivo, cambia la forma de seducir, pero no el concepto). Seduces para conseguir algo de esa persona que hablado racionalmente, no te daría ni en broma: “Oye ¿te apetece dejar tu tesis y tus aficiones para embarazarte, criar a mis hijos y cuidar de mis padres sin recibir ni un duro?” suena fatal, por eso antes se celebra un ritual en el que se arrodillan y nos regalan un anillo. Mas no nos engañemos: Ellos se arrodillan 5 minutos para que nosotras, después, vivamos de rodillas; y la inversión en el anillo la recuperarán con creces en forma de trabajo doméstico y familiar. Tres cuartos de lo mismo ocurre con el sexo: Por eso muchos creen que si invierten dinero en una cita, “tienen derecho” a tener sexo; por eso si no lo consiguen, violan a su cita o se quejan diciendo “para esto, me voy de putas”. La conquista es una compra-venta con regateo incluido. Solo que la mercancía ignora que está siendo comprada, entre flores y cines.

Ya, pero ¿Qué pasa con el mimo y las atenciones que perduran durante años? Bien, eso no es conquista; son cuidados. Los cuidados sí son un fin en sí mismos porque satisfacen necesidades y no desaparecen por mucho que se estabilice y dure el vínculo (probablemente con los años, mejoren).

Por todo esto, fantasear con encontrar una pareja que nos haga sentir una codiciada chica Bond toda nuestra vida no lleva a ninguna parte. Nadie mantiene la hornilla encendida una vez la comida está preparada.

Qué NO es agamia

Me alegra encontrar cada vez más gente con curiosidad hacia el modelo “contra el amor”, pero como todo mensaje que se reproduce y reinterpreta, a veces pierde un poco su significado y se acaba confundiendo. Y no, esto no es como cuando se dice que una relación tóxica o portarse mal no es amor, o no es poliamor; la agamia se confunde con otras cosas que están fuera de la definición. Al contrario que el amor, la agamia tiene una descripción concreta y lo que se salga de ahí no es agamia. Un vínculo ágamo es: Una relación entre dos personas que potencialmente pudiera convertirse en una pareja y por decisión voluntaria no se hace, sin que esta decisión perjudique los cuidados entre esas personas. Lo que deriva de ahí es la pregunta: ¿Entonces cualquier persona podría ser tu pareja? y la persona ágama te contestará: No. Nadie puede serlo. Yendo al grano: ¿Qué NO es agamia?

  • Una relación etiquetada de amistad: Al no plantearse la posibilidad de pareja, ya no tiene sentido separar al mundo en “parejas” y “amistades” (que es el equivalente gámico de la persona con la que te vinculas y no es tu pareja, y que en entornos monógamos implica que tampoco hay sexo).
  • Personas incel (involuntariamente célibes; hablando en plata, que no se comen una rosca): MUY IMPORTANTE. No caigamos en el error de meter automáticamente en el saco de la agamia a las personas consideradas no deseables. El/la ágamo/a no tiene pareja porque no quiere, no porque no pueda. Alguien incel está más o menos resentida porque el mercado sexoafectivo le deja fuera, pero ese resentimiento se trocaría alegría si cambiasen los criterios del valor sociosexual y de pronto se encontrase en la cima de la pirámide, o pudiera conseguir sexo de manera ilegítima (prostitución, violación). Alguien ágame rechaza activamente participar en dicho mercado y reprograma su deseo hacia lo justo. Como aclaración: Una persona ágama puede no ser deseable, pero no formará un gamos ni aunque se le presente la oportunidad.
  • Persona soltera que tiene relaciones sexuales esporádicas y en el fondo alberga esperanzas de encontrar el amor: Estilo de vida perfectamente válido, pero no es agamia porque no aparta el amor.
  • Persona promiscua (sexualmente liberal) que elude responsabilidades afectivas: Miedo me da que el clásico polifake, tras el repudio del ambiente poliamor/anarquía relacional, pretenda subirse al carro de la agamia pasando de decir que tiene ocho parejas a decir que no tiene ninguna. Pues no. La agamia renuncia a la pareja (que NO a la sexualidad, ojo, aunque busca una sexualidad sin convertir a la otra persona en objeto) para cimentar una sociedad más justa e inclusiva, para repartirte más y mejor. No para dejar cadáveres emocionales. El polifake, por si alguien no  lo recuerda, no es ni poliamoroso, ni anarquista relacional ni ágamo: Es un caradura desubicado.
  • Personas célibes por motivos religiosos: La contundente crítica a la sexualidad objetificadora y la perspectiva social pueden incitar a la mezcla de la agamia con alguna especie de orden religiosa. Nada más lejos de la realidad. La agamia promueve una sexualidad no monógama, eso sí, entendiendo a esas personas con quienes la compartimos como sujetos y no como objetos. La sexualidad sin objeto es totalmente independiente del amor.
  • En definitiva, cualquier persona que acepte el amor y se relacione en base a esa ideología.

Por tanto, ninguna persona ágama forma parejas, pero no cualquiera sin pareja es ágamo/a/e. ¡Gracias por leerme!

¿Por qué mola ser ágama/o/e?

Esta entrada ha sido inspirada por J., reciente incorporación a este grupo a favor de las relaciones justas. En el último evento “agamia en 3D”, dio justo en la diana cuando preguntó precisamente, lo que reza este título. Desde entonces le he dado bastantes vueltas, dándome cuenta de que, ya que toda nuestra cultura se ha construido en base al amor y nos resulta complicadísimo imaginar algo fuera de él (como explicarle a un pez que vive rodeado de agua), primero hay que argumentar por qué merece la pena rechazarlo, qué problemas prácticos se atajan, qué aporta a nuestro bienestar. Si la agamia es el cómo, este post te cuenta el por qué:

  1. ¡Para dejar de sufrir! La razón primordial. Bajo mi punto de vista, solamente esto ya justifica desmantelar el amor. Claro que hay parejas felices y que se tratan bien, pero son muy pocas (para hacernos una idea, si el amor fuese un tratamiento médico, ningún sistema sanitario lo financiaría, por inefectivo) y de esta minoría, un buen porcentaje lo son tras muchos intentos fallidos; el padecimiento es el desenlace más frecuente. Y por desgracia, el sufrimiento en la pareja no se limita al momento de la ruptura, sino que el camino anterior se vuelve un via crucis. Existen adolecimientos específicos del modelo relacional (en monogamia porque quieres estar con otras personas y debes esconderte, o porque alguien te ha sido infiel; en swinger y relaciones abiertas porque te acabes enamorando de alguien que tu modelo te impide cuidar; en poliamor y anarquía relacional, porque ninguna de tus parejas te cuida lo suficiente y la precaria atención puede esfumarse en cuanto otra nueva pareja llegue) y otros comunes: Posesión más o menos evidente (desde espiar el móvil a manipular mediante pequeño drama para que tu pareja se quede contigo), violencia… ¿Para qué perder el tiempo soñando ser la excepción, cuando sin amor la norma es no padecer?
  2. Para eliminar desigualdades: El amor acredita acciones inmorales y mantener privilegios. Cuando no puedas obligar a una mujer a que satisfaga el apetito sexual de un hombre, haz que se enamore. Si el sistema no quiere sufragar la residencia de un anciano, lo mandará de alta a casa de su hija para que lo atienda gratis. Millones de conductas tóxicas se consienten en nombre del amor, es el área de confort de gente con actitud perjudicial para su entorno,y gracias a la cobertura amorosa esta gente ni necesita ni piensa cambiar. Eso sí, esto tiene una pequeña contrapartida: Tendrás que hacerte cargo de las veces que tú misme/a/o te has servido del amor con intereses espurios y renunciar a este poder. Se impondrá la legitimidad.
  3. Para crear comunidad: En una sociedad en la que la soledad no deseada supone un problema de salud pública (Incluso el Ayuntamiento de Madrid promueve iniciativas para prevenir este problema y actualmente existen líneas de investigación al respecto), casi resulta natural y mandatorio que aparezca un movimiento comunitario con el objetivo de distribuir cuidados equitativamente. Colectividad frente a atomización, sin jerarquías amorosas.

¿Te han convencido estas razones? ¿Tienes alguna más que no se reflejen aquí? No te quedes con las dudas, comenta y pregunta. Para vivirlo, puedes seguir a Agamia en Facebook y/o acudir a nuestros eventos “en 3D”.

¡Feliz semana!