De la crítica al amor romántico al neoliberalismo relacional

El encuentro mensual de Agamia en 3D se centró en el tema del neoliberalismo relacional, asunto que va más allá del neoliberalismo sexual (ya que éste sólo atañe al sexo, mientras que el primer término abarca también al amor). El contenido queda estupendamente resumido y reflejado en este post, cuya revisión recomiendo, madre del que ahora leéis. Aquí quiero unir dos conceptos, los dos del título, para ampliar la disertación de cómo la crítica al amor romántico, además de frenar la emancipación femenina del amor y de hacerle un purplewashing para que hasta la más feminista se case de blanco, con invitaciones en tipografía carolinea, coreografía preparada y chuches en la recena, ayuda a desapuntalar la estructura de la pareja y roe los cimientos que estabilizan el gamos para devolver a sus integrantes al mercado amoroso.

La crítica al amor romántico es falaz: Cuando se describen los horrores que se hacen bajo el paraguas del amor, se identifica como “romántico” y caso cerrado. La pareja implicada no ha sabido amar, y la solución es deconstruirse y seguir probando, más suerte en la próxima. En algún momento, si se vuelven dignxs, alcanzarán eso que llaman “amor sano”. Lo tremendo, lo más cruel y perverso viene cuando eso se le dice a una víctima de violencia de género.

“Eh, el problema no es el amor, que fabrica un espacio hermético donde ni tu familia entra y cuaja todo tipo de disconfort y agresiones. Es que tú de chica veías muchas pelis Disney, y claro…” Me recuerda a los primeros años 2000, donde en la tele salía que si jugabas mucho a los videojuegos corrías el peligro de ensartar a tus padres con una katana. No importa que la evidencia actual muestre que el sexismo (supuestamente, el mecanismo por el que Disney corrompe el amor) explica muy poco de la violencia de pareja (lo cual no significa que no genere otros problemas de sociales, económicos, de salud, etc. en la mujer y por ello luchemos contra él) y haya muchas más variables en juego. Y olvidan que la mayoría de los maltratadores no agreden a las mujeres fuera de esa estructura.

En el sistema monógamo, entramos al mercado durante un tiempo, pero una vez conseguida la anhelada pareja, descansamos y vivimos el amor. Estamos, como se dice en las comedias románticas, “no disponibles”. Paso a citar, uno a uno, los mitos románticos y cómo se las arreglan para sacar a las personas con pareja de esa estabilidad para liberalizar el mercado sexosentimental:

  • La media naranja: Según este mito, somos una mitad y buscamos un complementario. La crítica propone que somos personas completas. Al no ser parte de nada, pero el amor sigue siendo deseable (¡Hay un amor sano esperándote! ¿Por qué no seguir ojeando lo que hay por ahí?
  • La exclusividad y la fidelidad: Sólo se puede amar a una persona. Toda tu vida habías escuchado que flirtear teniendo pareja era traición y según el contexto tenía cierta penalización social, pero relax, que la crítica al amor romántico te absuelve. Se abre la veda para seguir teniendo Tinder instalado.
  • La pasión eterna: Si pese a los anteriores, preferías quedarte con tu pareja, prepárate: El afecto y la sexualidad que hoy te satisfacen lo bastante como para que no merezca la pena seducir a otras personas, tienen fecha de caducidad. Pierde toda esperanza. Seguir ligando es tu destino.
  • El matrimonio o convivencia: El contrato legal a veces puede interponerse entre tú y los Juegos del Hambre amorosos. Mejor tener parejas con las que no te casas ni convives, te darán la sensación de “seguir en la arena”.
  • La omnipotencia: El amor no hará que tu pareja cambie, así que no seas tontx y dale tu número a esx compa de curro que tanto te gusta a la que veas que no cierra el tubo de la pasta de dientes.
  • El libre albedrío: Has elegido a quien has elegido no por tu propio criterio, sino por lo que tus hormonas y la cultura han programado que debe gustarte.
  • La pareja: Además, no hay por qué emparejarse con una sola persona ¿Te gustan varias? Bienvenide al mundo de las no monogamias éticas.

¡¿Esta loca está defendiendo el amor romántico o qué?! Nada más lejos, mi ofendide lectore. La disertación de los mitos del amor romántico son coherentes y correctos. Casi, casi podrían ser la puerta que cruza Jim Carrey en El Show de Truman antes de desearnos son su icónica sonrisa “Buenos días, buenas tardes y buenas noches”. Mas al final de los artículos que exponen la crítica, o en artículos sucesivos, en vez de proponernos abandonar esa maraña de embustes; tras haber destripado al amor y enseñarnos toda su ponzoña, en vez de tirar la toalla y dedicarnos a otras formas de relacionarnos nos alientan a seguir amando, compitiendo, agrediendo y siendo agredidxs. Cada vez, en relaciones más laxas, con intervalos entre conquistas más breves.

Cede la escalera y Truman queda condenado a ver un cielo únicamente de cartón piedra.

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La separación frommiana

Este blog, sin al menos una entrada dedicada la obra El arte de amar de Erich Fromm estaría inacabado. A medida que navego por el activismo ágamo, me gusta recopilar las preguntas, argumentos y temas de conversación más repetidos. Le toca el turno a un tema troncal en dicho activismo y un tanque en la defensa del amor: La separación frommiana entre “enamoramiento” y “amor”.

Hasta que llegó este libro, que se ha vuelto un must en asignaturas de letras a finales de la ESO, al final del amor nos esperaba el desamor. Era vox populi que la desaparición de las mariposas en el estómago era un signo ominoso sucedido de la visión realista de la pareja, el choque con la realidad de sus defectos y en consecuencia, un grado mayor o menor de insatisfacción. La relación de pareja podía seguir adelante, por supuesto, sobre todo si había un trato cordial, responsabilidades económicas y familiares o el divorcio era ilegal. Pero la época de parejita feliz y envidiable había terminado: El amor saltaba por la ventana conforme el cerebro necesitaba reponerse del trastorno de neurotransmisores de esos últimos meses/años (superponible, no olvidemos, a un brote psicótico).

Pero hete aquí que llegó un intrépido caballero blanco, de reluciente armadura y brioso corcel. No con una espada bastarda de afilado borde, sino armado con un portátil, llegó a defender al amor de su enemigo natural: El feminismo. Las mujeres medrábamos económicamente y en derechos, podíamos romper un matrimonio unilateralmente y no necesitábamos ni el permiso de la Iglesia. Además, una cohorte emergente de féminas occidentales divorciadas relataba tanto a sus coetáneas como a las más jóvenes, desde la descarnada sinceridad de quien fracasó en el destino para el que había nacido, la realidad del amor: El desprecio profundo a sus parejas justo antes del divorcio, la desilusión, la violencia, la infidelidad, el ocaso de la atracción sexual. Estas situaciones quedaron reflejadas en las series de televisión que se consumían en los 80 y los 90 (Como “Infelices para siempre”). Había que hacer algo para que las mujeres no formasen grupos al estilo “Sexo en Nueva York” y se diesen cuenta de que necesitaban la pareja tanto como un agujero en el cráneo. Y para eso llegó tan noble escritor: Para explicarnos, con tonito condescendiente, que el amor no era el apasionamiento obsesivo por el cual deseábamos pasar con nuestras parejas 25 horas al día; a eso lo llamó “enamoramiento” y para hacernos tragar tal mejunje filosófico, lo falagó comparándolo con el apareamiento animal, puramente instintivo (Claro que no habló de que el apareamiento en mamíferos en general y en primates en particular no suele conducir casi nunca a la formación de parejas estables más allá del acto sexual, se le escapó ese pequeño detalle). El verdadero amor venía después de muertas las epigástricas mariposas, tras ese periodo de prueba. Supuestamente el verdadero amor es el mantenimiento de esa pareja, tras el desenamoramiento, y la caracterizan la serenidad, sosiego, falta de aspavientos… Un estado antagónico más estable para acumular bienes y criar hijxs, que se reivindica por su madurez, pero del que se omiten la rutina, el desencanto, las expectativas frustradas y el tedio.

La teoría suena firme y lógica ¿Verdad? No obstante, formulo una serie de cuestiones que nadie, de las muchísimas personas que suscriben el modelo de Fromm, me ha contestado todavía:

  • Las parejas que se encuentran en la fase de enamoramiento ¿Puede decirse que no sienten amor? ¿Qué es lo que sienten las parejas en ese estadío, si no es amor?
  • Si el auténtico objetivo de la relación es alcanzar esa segunda fase verdadera y madura (Por ser coherentes con el modelo frommiano) ¿Por qué la pareja se forma durante el enamoramiento? ¿No sería mejor aguardar hasta que se aliviase esa exaltación, cuya vuelta a la realidad tanto dolor produce, y montar la relación con un estado anímico más tranquilo?A estas alturas, espero que no tengamos la cara dura de negar que nadie espera 2 años a que se acabe el enamoramiento para formar el gamos dentro del verdadero amor directamente. Las citas frecuentes, las conversaciones íntimas, la aproximación, la inclusión en el grupo de amistades y en la familia, el abandono total o parcial del resto de la vida social para dedicárselas a la nueva relación, intercambiar opiniones sobre la vida, plantear el proyecto vital… Incluso, en enamoramientos prolongados (De los que alcanzan los 3-4 años) se toman decisiones como irse a convivir, casarse y tener descendencia. Por tanto, no parece que ese “verdadero amor” valga para nada más que para huir hacia delante, mantener el gamos cuando es más cómodo seguir en él que romperlo y engañar a la juventud para que no vean al amor como vacío y carente de sentido por sí mismo, y sigan creyendo en la pareja como fuente de felicidad.
  • Si el amor en sí mismo origina felicidad ¿Por qué entendemos que fracasa, que no nos corresponden o que no ha llegado a buen puerto si no se llega a formar la pareja? ¿Por qué siempre que se dan las circunstancias propicias y si no hay impedimento, el amor lleva a formar pareja?

Les falta respuesta a las anteriores preguntas, por dos razones: La primera, el amor no es un sentimiento. Es una ideología. Por eso Fromm y cualquiera que argumente con sus ideas pueden decir, tranquilamente, que el amor aparece después del enamoramiento. La segunda: Su objetivo actual es formar una relación gámica o de pareja, en aquellas culturas donde el mandato legal y social de establecer una se debilita. Una vez sobrepasada esa meta, lo que venga después no importa al relato amoroso. Nos importa a nosotrxs porque nuestra vida sigue, por supuesto, pero en la película aparece el rótulo “The End”. Y cuidado, que aunque muy debilitada la institución matrimonial (Sobre todo, la obligatoriedad de casarse), una boda sigue siendo, en el imaginario colectivo, un paso más en una relación, un puntal que la reafirma. Ese garabato en un juzgado o un templo conlleva un lugar en la familia al que no accederás ni en décadas de cuidados si no te casas. Llego más lejos: En las culturas donde no se venden niñas para casarse, el matrimonio voluntario es un rito de paso para la madurez, quedando lxs adultxs solterxs en simbólica minoría de edad, así acumulen cargos de responsabilidad, títulos académicos o una meteórica trayectoria profesional y humana. En España casi nadie lo aceptará abiertamente, pero casarse sigue significando, aunque cada vez se diga menos, “sentar la cabeza”. Un/a joven casándose, consuela a sus mayores de la incertidumbre de tomar un camino que no fue el que proyectaron sobre él/ella/elle antes de que naciese. La promesa de que su vida no diferirá demasiado de la de sus predecesores/as y por ello, la reafirmación retrospectiva de que ellxs mismxs, generación anterior, tomaron la mejor decisión.

El gamos es una mentira que sobrevive a base de que todo el mundo crea que es mejor vivir dentro de él que fuera, al que se llega a través de la fantasía amorosa que te dice que el verdadero camino es él y que toda tu experiencia pre-amorosa antes ha sido, como cantaba Luis Miguel, “juegos de aprendiz”; cuando el gamos agoniza, Fromm lo mantiene vivo artificialmente mediante la narrativa paliativa de que el verdadero amor llega cuando te desenamoras y que tienes que alimentarlo día a día (Lo que hay es que adormecer las ganas de salir corriendo de él cuando el efecto de la droga se pasa). Si el soporte vital frommiano fallase, llega la siguiente etapa: Tu pareja se romperá, y tu entorno, tras una perplejidad temporal, lamentará que hayas perdido el amor y te aconsejará, tras un periodo de prudente recuperación, que lo sigas buscando porque en algún sitio te espera otro mejor. El auténtico. Si rechazas esa búsqueda o por lo menos no mantienes abierta la posibilidad de encontrar el amor o dejar que éste te atropelle, el sistema se tornará hostil: Empezarán con condescendientes sugerencias de que busques ayuda profesional para “arreglar tu corazón roto” o mandarte por WhatsApp artículos de autoayuda y dudosísimos artículos con infame método afirmando “científicamente” que amar prolonga la vida, aumenta la felicidad, disminuye el riesgo de infarto, hace que le crezca el pelo a lxs calvxs, transforma el plomo en oro… De la ciencia investigadora pasan a la práctica clínica y lo siguiente es imponerte un diagnóstico psiquiátrico (Por supuesto, gente sin ninguna formación al respecto). Tampoco te librarás de la vertiente creyente: Te tendrán en sus oraciones para que dejes de ser diferente (e incómodx) y regreses al redil.

Y hasta aquí la crítica a la tesis de Fromm y su lugar en la alienación amorosa. Espero que os haya gustado. Para cualquier duda, leo todos los comentarios.

¡Hasta la próxima!

El amor de un maltratador

Soy superviviente de violencia de género psicológica. Estuve expuesta a este tipo de malos tratos entre los 16-19 años. Entre la violencia que sufrí había: Control del móvil y las redes sociales (Él podía decidir que yo borrase a alguien de Tuenti y en ocasiones contó con el apoyo de mi familia), gritos, humillaciones e insultos.

Hasta hace dos meses, viví una experiencia de más de año y medio de violencia de pareja (esta vez, en ambas direcciones, intercambiándonos por momentos el papel de verdugo/a y víctima). Un caso perfecto de relación tóxica.

¿Que a qué viene mi currículum relacional? A que últimamente se repite, cada vez con más fuerza y convicción, que “el amor no duele”, que “si duele, no es amor”. Lo afirman referentes feministas como Pamela Palenciano, Coral Herrera, Brigitte Vasallo y no pocas psicólogas/os.
¿Sabéis qué es lo que mantiene a una mujer en una relación donde hay violencia de pareja o de género? Los buenos momentos y la probabilidad de tirar la toalla en una relación donde pueda ser feliz.

La imagen que tenemos de un maltratador es un tipo permanentemente furioso y ansioso; siempre que aparece uno en una película o incluso en la literatura, sólo sale agrediendo o pidiendo perdón y prometiendo cambiar. Pero no te cuentan que entre una agresión y otra pueden pasar días, semanas o incluso meses, y que en esos interludios hay cuidados y gestos de cariño (¡A veces, tu maltratador es quien más te escucha y comprende!). No se ve a un maltratador cocinándote tu plato preferido mientras estudias, reservando un viaje que te hace muchísima ilusión, cargando tus muebles ni fregando tus platos. Pero lo hacen. El tratamiento cultural que se hace de la violencia en la pareja ha querido preservar tanto al amor, dejarlo aparte en una relación donde sin duda está presente, que caricaturiza al maltratador, una especie de Hulk arrasando una ciudad; y a la víctima, presentándola a modo de criatura indefensa, sumisa que ni grita ni se equivoca. Por eso las mujeres seguimos tan confundidas, porque la parte de nuestra vivencia que demuestra que los malos tratos son perfectamente incluibles y compatibles con el amor, ha sido omitida. Ésa era el dato que nos faltaba. En un momento histórico se decidió que agredir a las mujeres en la pareja (Antaño ingrediente fundamental en todo matrimonio bien avenido) era inapropiado; en aquel instante hubo, otra vez, que rescatar al amor del incendio que él mismo había provocado. Y ahora las mujeres esperamos en relaciones tóxicas que nuestro maltratador encarne al malvado del filme. Rara vez lo hace. Aguardamos una señal divina que nos diga que en nuestra pareja no hay amor, pero lo cierto es que lo hay.

A estas alturas espero que estéis indignados/as: “Pero ¿De qué vas? ¿Qué me estás contando, que en los malos tratos hay amor? ¿Significa que está bien maltratar?” En absoluto, porque el amor y el bien son dos cosas diferentes. En el amor se puede hacer el bien, pero también el mal. Amar y comportarse correctamente tienen tanto que ver como la velocidad con el tocino.

Los maltratadores no son sólo los de las violencias de pareja y de género. Lo son también padres y madres amantísimxs que abusan emocional y físicamente de sus descendientes. Asegurar que no hay amor donde se sufre implica minusvalorar el dolor de la víctima y empujarla a sopesar constantemente si en su relación hay amor o no lo hay, entre el caos que supone virar entre cuidados y ataques, amén de la extenuación emocional fruto del maltrato mismo. El consejo debe ser el siguiente: Te ama, sí, pero eso es irrelevante; las relaciones deben regirse por la ética. Y la ética, en los malos tratos, brilla por su ausencia.

Lo que me habría gustado saber cuando decidí ser ágama

Agamizar los vínculos, sin duda merece la pena. Los beneficios no se hacen esperar. Sin embargo, explicaré primero por qué me volví ágama: Estaba en una relación de pareja, una verdadera montaña rusa emocional protagonizada por el llanto, comportamientos pueriles para lograr dominar a esa pareja (y viceversa), victimismo, luz de gas… Todas estas estrategias perseguían el mismo objetivo: Cada cual quería que el/la otro/a hiciese lo que quería. Pos otro lado, ninguno aceptábamos perder nuestra parcela personal, nuestro espacio individual. ¿Os dais cuenta de la situación? El amor era la guerra; lo privado, el campo de batalla. Ni el poliamor ni la anarquía relacional tenían ni tienen respuesta para estas actitudes, más allá de recomendar que no debemos comportarnos así. Pero al ser modelos basados en el amor, la contienda no cesaba porque no resolvíamos la causa.

Para disgregar el gamos, hay que aceptar ciertas premisas. La principal dificultad viene con la primera premisa: No volverás a tener poder sobre otra persona. Sí, tus necesidades se cubrirán, pero los caprichos no siempre, y desde luego irán por detrás de las necesidades de otras personas. Renuncias a parte de lo individual en favor de lo colectivo. Es una renuncia importante, el subidón del status de pareja es similar a una droga, pero tenemos que deshabituarnos. A cambio, nadie volverá a tener poder sobre ti.

Segunda premisa: Lo privado se vuelve público porque lo personal es político. El secretismo protege los abusos. Al no establecerse pareja, se elimina ese santuario hermético en el que nadie se mete ni del que nadie opina; la frase “los trapos sucios se lavan en casa” no está vigente. El grupo se articula parecido a las amistades; los conflictos se gestionan de modo que la justicia y el cuidado cohesionen el grupo. Sigue existiendo la intimidad, por supuesto, pero en forma de experiencias puntuales, sin constituir un sistema cerrado.

Tercera premisa: La pareja, como tal, se rompe para formar un vínculo ágamo. No se mantiene modificando las cuotas de exclusividad, como cuando se abre una relación. En ese instante, las cartas se pondrán sobre la mesa, se sabrán todas las expectativas ocultas de la relación. Quizá descubras, con horror, que una vez no pueda ejercer poder sobre ti, que teniendo que aceptarte como eres y en un contexto de igualdad y justicia, a quien fue tu pareja ya no le interesa vincularse a ti. O que buscaba aumentar su posición social y no está dispuesto/a/e a distribuir cuidados ni a relacionarse colectivamente. La trampa del amor queda en evidencia cuando ya no se obtiene de ti una relación de pareja y todo ese cariño inmenso se disuelve como volutas de humo. La cortina rosada cae, y donde había halagos, zalamería y atención impostados, ahora te ignoran o te desprecian. “Eso no era amor”, dirá alguien. Nadie que quiera formar pareja da prioridad a quien no puede ofrecerle lo que busca.

Con todas estas dificultades, sigue siendo una buena alternativa ¿Te animas? ¿O tienes aún más dudas? Contacta con nuestro grupo de Agamia en Facebook para saber más. ¡Hasta la próxima!

Mentiras del “amor del bueno”: Reavivar la llama

Os suena ¿Verdad? Un montón de espacio y tiempo en los medios, en Internet y en las redes sociales dedicados a la enorme empresa de devolver a una pareja el encanto de la seducción, se han grabado películas escenificando el horror de la infidelidad cuando uno de los miembros ya no se “esfuerza” en mantener la pasión; los restaurantes, centros de spa, empresas dedicadas a viajes y hasta los sexshop han hecho su particular Agosto ofreciendo productos y servicios a tal fin. ¿El resultado? Que es imposible.

Ya avisaban las voces críticas con el romanticismo que la pasión no es eterna. Sin embargo, omiten que el intento de resucitarla tiene resultados efímeros y escasos. ¿Por qué? ¿Por qué apagarse siempre es su destino, y por mucho tiempo y dinero que invirtamos, se vuelve siempre a la monotomía doméstica? Muy sencillo: Porque la seducción no es un fin en sí misma, sino una herramienta para alcanzar otra cosa.

Mediante la seducción, conquistamos a alguien para que nos dé amor y/o sexo a corto o largo plazo. Una vez estabilizada la pareja y garantizadas esas atenciones, deja de tener sentido invertir tiempo y energía en ella. Otorgar tanto protagonismo y venerar exageradamente este proceso (la seducción, socialmente, tiene la connotación de madurez, elegancia, clase, buenos modales, cierto nivel cultural; existe incluso bibliografía destinada a enseñar a seducir) es tan inútil como sería hacerlo con el recambio de una rueda del coche: Una vez puesta la rueda en condiciones, el proceso termina. Análogamente, establecido el gamos, la seducción se esfuma, ya ha cumplido su labor. A partir de dicho instante, mucha gente se decepciona porque llegó a creerse que sería eternamente la princesa del cuento. Esto nos pasa más frecuentemente a las mujeres, porque educadas en valorarnos según cuánto nos deseen (deseo medido en cuánto se esfuercen en conquistarnos) cuando ya no lo hacen nos devaluamos nosotras mismas. Los hombres no suelen inmutarse, a ellos les enseñan desde el principio el verdadero porqué: Seduces para llevarte a alguien a la cama o al altar (según el objetivo, cambia la forma de seducir, pero no el concepto). Seduces para conseguir algo de esa persona que hablado racionalmente, no te daría ni en broma: “Oye ¿te apetece dejar tu tesis y tus aficiones para embarazarte, criar a mis hijos y cuidar de mis padres sin recibir ni un duro?” suena fatal, por eso antes se celebra un ritual en el que se arrodillan y nos regalan un anillo. Mas no nos engañemos: Ellos se arrodillan 5 minutos para que nosotras, después, vivamos de rodillas; y la inversión en el anillo la recuperarán con creces en forma de trabajo doméstico y familiar. Tres cuartos de lo mismo ocurre con el sexo: Por eso muchos creen que si invierten dinero en una cita, “tienen derecho” a tener sexo; por eso si no lo consiguen, violan a su cita o se quejan diciendo “para esto, me voy de putas”. La conquista es una compra-venta con regateo incluido. Solo que la mercancía ignora que está siendo comprada, entre flores y cines.

Ya, pero ¿Qué pasa con el mimo y las atenciones que perduran durante años? Bien, eso no es conquista; son cuidados. Los cuidados sí son un fin en sí mismos porque satisfacen necesidades y no desaparecen por mucho que se estabilice y dure el vínculo (probablemente con los años, mejoren).

Por todo esto, fantasear con encontrar una pareja que nos haga sentir una codiciada chica Bond toda nuestra vida no lleva a ninguna parte. Nadie mantiene la hornilla encendida una vez la comida está preparada.

Qué NO es agamia

Me alegra encontrar cada vez más gente con curiosidad hacia el modelo “contra el amor”, pero como todo mensaje que se reproduce y reinterpreta, a veces pierde un poco su significado y se acaba confundiendo. Y no, esto no es como cuando se dice que una relación tóxica o portarse mal no es amor, o no es poliamor; la agamia se confunde con otras cosas que están fuera de la definición. Al contrario que el amor, la agamia tiene una descripción concreta y lo que se salga de ahí no es agamia. Un vínculo ágamo es: Una relación entre dos personas que potencialmente pudiera convertirse en una pareja y por decisión voluntaria no se hace, sin que esta decisión perjudique los cuidados entre esas personas. Lo que deriva de ahí es la pregunta: ¿Entonces cualquier persona podría ser tu pareja? y la persona ágama te contestará: No. Nadie puede serlo. Yendo al grano: ¿Qué NO es agamia?

  • Una relación etiquetada de amistad: Al no plantearse la posibilidad de pareja, ya no tiene sentido separar al mundo en “parejas” y “amistades” (que es el equivalente gámico de la persona con la que te vinculas y no es tu pareja, y que en entornos monógamos implica que tampoco hay sexo).
  • Personas incel (involuntariamente célibes; hablando en plata, que no se comen una rosca): MUY IMPORTANTE. No caigamos en el error de meter automáticamente en el saco de la agamia a las personas consideradas no deseables. El/la ágamo/a no tiene pareja porque no quiere, no porque no pueda. Alguien incel está más o menos resentida porque el mercado sexoafectivo le deja fuera, pero ese resentimiento se trocaría alegría si cambiasen los criterios del valor sociosexual y de pronto se encontrase en la cima de la pirámide, o pudiera conseguir sexo de manera ilegítima (prostitución, violación). Alguien ágame rechaza activamente participar en dicho mercado y reprograma su deseo hacia lo justo. Como aclaración: Una persona ágama puede no ser deseable, pero no formará un gamos ni aunque se le presente la oportunidad.
  • Persona soltera que tiene relaciones sexuales esporádicas y en el fondo alberga esperanzas de encontrar el amor: Estilo de vida perfectamente válido, pero no es agamia porque no aparta el amor.
  • Persona promiscua (sexualmente liberal) que elude responsabilidades afectivas: Miedo me da que el clásico polifake, tras el repudio del ambiente poliamor/anarquía relacional, pretenda subirse al carro de la agamia pasando de decir que tiene ocho parejas a decir que no tiene ninguna. Pues no. La agamia renuncia a la pareja (que NO a la sexualidad, ojo, aunque busca una sexualidad sin convertir a la otra persona en objeto) para cimentar una sociedad más justa e inclusiva, para repartirte más y mejor. No para dejar cadáveres emocionales. El polifake, por si alguien no  lo recuerda, no es ni poliamoroso, ni anarquista relacional ni ágamo: Es un caradura desubicado.
  • Personas célibes por motivos religiosos: La contundente crítica a la sexualidad objetificadora y la perspectiva social pueden incitar a la mezcla de la agamia con alguna especie de orden religiosa. Nada más lejos de la realidad. La agamia promueve una sexualidad no monógama, eso sí, entendiendo a esas personas con quienes la compartimos como sujetos y no como objetos. La sexualidad sin objeto es totalmente independiente del amor.
  • En definitiva, cualquier persona que acepte el amor y se relacione en base a esa ideología.

Por tanto, ninguna persona ágama forma parejas, pero no cualquiera sin pareja es ágamo/a/e. ¡Gracias por leerme!

¿Por qué mola ser ágama/o/e?

Esta entrada ha sido inspirada por J., reciente incorporación a este grupo a favor de las relaciones justas. En el último evento “agamia en 3D”, dio justo en la diana cuando preguntó precisamente, lo que reza este título. Desde entonces le he dado bastantes vueltas, dándome cuenta de que, ya que toda nuestra cultura se ha construido en base al amor y nos resulta complicadísimo imaginar algo fuera de él (como explicarle a un pez que vive rodeado de agua), primero hay que argumentar por qué merece la pena rechazarlo, qué problemas prácticos se atajan, qué aporta a nuestro bienestar. Si la agamia es el cómo, este post te cuenta el por qué:

  1. ¡Para dejar de sufrir! La razón primordial. Bajo mi punto de vista, solamente esto ya justifica desmantelar el amor. Claro que hay parejas felices y que se tratan bien, pero son muy pocas (para hacernos una idea, si el amor fuese un tratamiento médico, ningún sistema sanitario lo financiaría, por inefectivo) y de esta minoría, un buen porcentaje lo son tras muchos intentos fallidos; el padecimiento es el desenlace más frecuente. Y por desgracia, el sufrimiento en la pareja no se limita al momento de la ruptura, sino que el camino anterior se vuelve un via crucis. Existen adolecimientos específicos del modelo relacional (en monogamia porque quieres estar con otras personas y debes esconderte, o porque alguien te ha sido infiel; en swinger y relaciones abiertas porque te acabes enamorando de alguien que tu modelo te impide cuidar; en poliamor y anarquía relacional, porque ninguna de tus parejas te cuida lo suficiente y la precaria atención puede esfumarse en cuanto otra nueva pareja llegue) y otros comunes: Posesión más o menos evidente (desde espiar el móvil a manipular mediante pequeño drama para que tu pareja se quede contigo), violencia… ¿Para qué perder el tiempo soñando ser la excepción, cuando sin amor la norma es no padecer?
  2. Para eliminar desigualdades: El amor acredita acciones inmorales y mantener privilegios. Cuando no puedas obligar a una mujer a que satisfaga el apetito sexual de un hombre, haz que se enamore. Si el sistema no quiere sufragar la residencia de un anciano, lo mandará de alta a casa de su hija para que lo atienda gratis. Millones de conductas tóxicas se consienten en nombre del amor, es el área de confort de gente con actitud perjudicial para su entorno,y gracias a la cobertura amorosa esta gente ni necesita ni piensa cambiar. Eso sí, esto tiene una pequeña contrapartida: Tendrás que hacerte cargo de las veces que tú misme/a/o te has servido del amor con intereses espurios y renunciar a este poder. Se impondrá la legitimidad.
  3. Para crear comunidad: En una sociedad en la que la soledad no deseada supone un problema de salud pública (Incluso el Ayuntamiento de Madrid promueve iniciativas para prevenir este problema y actualmente existen líneas de investigación al respecto), casi resulta natural y mandatorio que aparezca un movimiento comunitario con el objetivo de distribuir cuidados equitativamente. Colectividad frente a atomización, sin jerarquías amorosas.

¿Te han convencido estas razones? ¿Tienes alguna más que no se reflejen aquí? No te quedes con las dudas, comenta y pregunta. Para vivirlo, puedes seguir a Agamia en Facebook y/o acudir a nuestros eventos “en 3D”.

¡Feliz semana!