El amor de un maltratador

Soy superviviente de violencia de género psicológica. Estuve expuesta a este tipo de malos tratos entre los 16-19 años. Entre la violencia que sufrí había: Control del móvil y las redes sociales (Él podía decidir que yo borrase a alguien de Tuenti y en ocasiones contó con el apoyo de mi familia), gritos, humillaciones e insultos.

Hasta hace dos meses, viví una experiencia de más de año y medio de violencia de pareja (esta vez, en ambas direcciones, intercambiándonos por momentos el papel de verdugo/a y víctima). Un caso perfecto de relación tóxica.

¿Que a qué viene mi currículum relacional? A que últimamente se repite, cada vez con más fuerza y convicción, que “el amor no duele”, que “si duele, no es amor”. Lo afirman referentes feministas como Pamela Palenciano, Coral Herrera, Brigitte Vasallo y no pocas psicólogas/os.
¿Sabéis qué es lo que mantiene a una mujer en una relación donde hay violencia de pareja o de género? Los buenos momentos y la probabilidad de tirar la toalla en una relación donde pueda ser feliz.

La imagen que tenemos de un maltratador es un tipo permanentemente furioso y ansioso; siempre que aparece uno en una película o incluso en la literatura, sólo sale agrediendo o pidiendo perdón y prometiendo cambiar. Pero no te cuentan que entre una agresión y otra pueden pasar días, semanas o incluso meses, y que en esos interludios hay cuidados y gestos de cariño (¡A veces, tu maltratador es quien más te escucha y comprende!). No se ve a un maltratador cocinándote tu plato preferido mientras estudias, reservando un viaje que te hace muchísima ilusión, cargando tus muebles ni fregando tus platos. Pero lo hacen. El tratamiento cultural que se hace de la violencia en la pareja ha querido preservar tanto al amor, dejarlo aparte en una relación donde sin duda está presente, que caricaturiza al maltratador, una especie de Hulk arrasando una ciudad; y a la víctima, presentándola a modo de criatura indefensa, sumisa que ni grita ni se equivoca. Por eso las mujeres seguimos tan confundidas, porque la parte de nuestra vivencia que demuestra que los malos tratos son perfectamente incluibles y compatibles con el amor, ha sido omitida. Ésa era el dato que nos faltaba. En un momento histórico se decidió que agredir a las mujeres en la pareja (Antaño ingrediente fundamental en todo matrimonio bien avenido) era inapropiado; en aquel instante hubo, otra vez, que rescatar al amor del incendio que él mismo había provocado. Y ahora las mujeres esperamos en relaciones tóxicas que nuestro maltratador encarne al malvado del filme. Rara vez lo hace. Aguardamos una señal divina que nos diga que en nuestra pareja no hay amor, pero lo cierto es que lo hay.

A estas alturas espero que estéis indignados/as: “Pero ¿De qué vas? ¿Qué me estás contando, que en los malos tratos hay amor? ¿Significa que está bien maltratar?” En absoluto, porque el amor y el bien son dos cosas diferentes. En el amor se puede hacer el bien, pero también el mal. Amar y comportarse correctamente tienen tanto que ver como la velocidad con el tocino.

Los maltratadores no son sólo los de las violencias de pareja y de género. Lo son también padres y madres amantísimxs que abusan emocional y físicamente de sus descendientes. Asegurar que no hay amor donde se sufre implica minusvalorar el dolor de la víctima y empujarla a sopesar constantemente si en su relación hay amor o no lo hay, entre el caos que supone virar entre cuidados y ataques, amén de la extenuación emocional fruto del maltrato mismo. El consejo debe ser el siguiente: Te ama, sí, pero eso es irrelevante; las relaciones deben regirse por la ética. Y la ética, en los malos tratos, brilla por su ausencia.

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Machistas en peligro

Esto del feminismo, a los/as machistas se les está yendo de las manos: Multitudinarias y pacíficas marchas, muy lejos de necesitar presencia policial; tiempo en los medios; cada vez más fan pages y grupos en Facebook; memes que logran miles de “me gusta” en pocas horas. Hermandad sorora internacional. En definitiva, una ola que amenaza con ahogar su status quo.

Los eventos del 8 de Marzo han asestado otro duro golpe al patriarcado: Preparación durante semanas con manifestaciones artísticas, música, vídeos… Participación de hombres que, sin protagonizar la marcha hipertrofiaban la marea humana y colaboraban en los cuidados para apoyar la huelga; un carácter internacional que ha llevado esta marcha por muchos países, a un lado y a otro del Atlántico… Prácticamente no se habla de otra cosa durante esa semana.

Hasta ahora, los privilegios por género estaban garantizados. La superioridad del varón, absolutamente extendida y normalizada, era en la vida diaria, incuestionable. Pero las manifestaciones feministas sacan a la calle cientos de miles de personas y legislar contra las mujeres requiere cada vez más esfuerzo. El feminismo está entrando en las casas, en la educación de las más pequeñas criaturas. Por eso los machistas de pro, se enquistan en las alcantarillas de las redes sociales e Internet, a seguir rezumando odio contra la mujer allá donde el espacio público empieza a no favorecer la misoginia.

A toda ola feminista le corresponde su reacción machista (incluyendo alguna noticia falsa de cierto partido de extrema derecha que buscaba desprestigiar la manifestación), hasta que se logran los objetivos de dicha ola y de pronto todo el mundo asume esos derechos como si jamás hubiesen estado en entredicho. Hasta que las feminazis nos acabemos convirtiendo en las “feministas de antes”, vanagloriadas por pedir “cosas sensatas”.

¡Espero que disfrutaras del 8M! Y nos vemos en el próximo post.

Sexismo ambivalente

¿Os habéis quedado a cuadros al leer el título? A mí me pasó la primera vez que lo escuché. Quizá no hayas escuchado nunca este término, pero seguro que lo has experimentado y lo has visto en tu vida cotidiana; conocerlo amplía mucho el cerco del pensamiento.

En los países occidentales, las formas tradicionales de sexismo son cada vez más minoritarias, de manera que sólo un sector muy reducido de la población manifiesta una actitud basada en la supuesta inferioridad de las mujeres como grupo. Sin embargo, diversos índices sugieren que la igualdad entre hombres y mujeres dista mucho de ser una realidad. Esta situación contradictoria ha llevado a formular la existencia de formas más sutiles o encubiertas de sexismo. El sexismo ambivalente conjuga las formas tradicionales (más hostiles) con formas más “benévolas”, que si bien tienen un componente afectivo y conductual positivo, siguen considerando a la mujer de forma estereotipada y limitada a ciertos roles. Es decir, un sexismo hostil y un sexismo benévolo (por eso se llama ambivalente).

Toda evaluación (cognitiva, afectiva y conductual) que se haga de una persona atendiendo a la categoría sexual biológica a la que pertenece puede ser etiquetada como “sexista”, tanto si es negativa como positiva y tanto si se refiere al hombre como a la mujer. Si entendemos por sexismo sólo una actitud negativa hacia las mujeres, apenas puede hablarse de que exista sexismo en las sociedades occidentales actualmente, aunque sabemos que no es así.

El sexismo tradicional se articula en torno a 3 ideas: 1) Paternalismo dominador (Las mujeres son más débiles e inferiores a los hombres, legitimando la necesidad de la figura dominante masculina) 2) la diferenciación de género competitiva (las mujeres son diferentes y no poseen las características necesarias para gobernar las instituciones sociales, siendo su ámbito la familia y el hogar); y 3) la hostilidad heterosexual (las mujeres, debido a su “poder sexual” , son peligrosas y manipuladoras de los hombres).

Por su parte, el sexismo benévolo se define como un conjunto de actitudes interrelacionadas hacia las mujeres que son sexistas en cuanto las considera de forma estereotipada y limitadas a ciertos roles, pero que tiene un tono afectivo positivo (para quien lo ejerce) y tiende a suscitar en éste conductas típicamente categorizadas como prosociales (p. ej., ayudar) o de búsqueda de intimidad (p. ej., tomar a una mujer como confidente y contarle tu vida). El sexismo benévolo sigue siendo sexismo, a pesar de los sentimientos positivos que pueda tener quien los ejerce, porque descansa en la dominación tradicional del varón y tiene aspectos comunes con el sexismo hostil: las mujeres están mejor en ciertos roles y espacios y son “más débiles” . De hecho, el sexismo benévolo puede ser incluso más perjudicial que el hostil, pues puede utilizarse para compensar o legitimar el sexismo hostil (el típico “las mujeres os quejáis de las violaciones pero bien que queréis que os invitemos al cine”)  y dado que el sexista hostil no suele considerarse a sí mismo sexista, las posibilidades de intervención en contra de esta forma de sexismo pueden tener dificultades añadidas. Claramente los dos sexismos sirven para justificar el poder estructural del varón.

 Los componentes del sexismo benévolo son: 1) el paternalismo protector (el hombre cuida y protege a la mujer como un padre cuida a sus hijos); 2) la diferenciación de género complementaria (la visión de que las mujeres tienen muchas características positivas, que complementan a las características que tienen los hombres. Esto tendría como consecuencia los mitos románticos de la media naranja y la heteronorma), 3) intimidad heterosexual (la “dependencia reproductiva” y sexual de los hombres heterosexuales respecto a las mujeres crea una situación bastante inusual en la que los miembros del grupo dominante son dependientes de los miembros del grupo subordinado; el machismo y en neoliberalismo económico han refinado esto mediante los vientres de alquiler, disponiendo los hombres adinerados de absolutamente de todo el poder). La intimidad heterosexual lleva a la reverencia a la mujer como esposa, madre y su idealización como objeto amoroso.

Ahora se comprende un poco mejor la contradicción social ¿Verdad? Y tú ¿Eres capaz de distinguir los componentes del sexismo ambivalente? ¡Dale a like y comenta si te gustó! ¡Adiós!

 

Ciencia + Feminismo = Parto domiciliario (cuando toca)

La ciencia y la tecnología, en los últimos tiempos, gozan de gran popularidad y no sin motivo: El rigor científico a la hora de ampliar conocimientos, de encontrar las mejores respuestas a preguntas que nos sumen en la incertidumbre y las facilidades que nos brinda la tecnología, las convierte en amigas de la sociedad humana. El saber científico es “lo más verdadero” hasta que una verdad mayor lo desmienta. Pero algunos aforismos, sobre todo en el ámbito médico, terminan transformándose en creencias que arraigan como el más tradicional de los dogmas, a veces sin demasiada evidencia o actitud crítica. Que un algoritmo médico se actualice cada seis meses no debería dar la imagen de que no se tiene ni idea, sino de que resume un campo en constante evolución.

No puedo ser médica y feminista sin dar espacio para hablar de la violencia obstétrica. Según la UNESCO, la violencia obstétrica es “un tipo de violencia de género y una violación de los derechos humanos. Implica la apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres por personal de salud, que se expresa por un trato deshumanizador, en un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y sexualidad, impactando negativamente en la calidad de vida de las mujeres”.  Esta violencia se produce en centros públicos y privados y se aprovecha de la situación de vulnerabilidad durante gestación, parto y puerperio. El discurso biomédico con demasiada frecuencia es arrogante, ignorante y medicalizador. Frente a esta situación injusta, surge una alternativa: El parto en casa. Según este estudio, quienes eligen traer a su criatura al mundo en casa refieren hacerlo mayoritariamente para evitar intervenciones innecesarias, por comodidad y familiaridad y por la propia libertad de escoger. Afortunadamente hay en mi entorno una estupenda matrona especializada en este campo (un besote, Anabel).

También es violencia obstétrica no ofrecer información sobre este tipo de nacimiento. La principal creencia médica sobre los partos domiciliarios es que en cualquier caso entrañan más peligro que los que se producen en el hospital. Y es lógico pensar así, puesto que la asistencia sanitaria reduce la mortalidad materna e infantil. Pero ¿Siempre y para todas las personas gestantes? Si no hospitalizamos todas las neumonías ¿Por qué todos los partos? ¿Todos o ninguno? Pues depende.

El National Institute for Health and Clinical Excellence en Reino Unido recomienda, para gestantes que tienen bajo riesgo y que ya han parido más veces, hacerlo en esa ocasión en casa, por ser menos probable que su parto sea intervenido innecesariamente; mientras que para aquellas que dan a luz por primera vez, existe un leve aumento del riesgo para el bebé. En gestantes con factores de riesgo identificados, no se recomienda (según apoya este estudio en Australia). Este otro estudio que abarca gestantes de bajo riesgo entre 2000 y 2017 (se trata de un metaanálisis, diseño con muy buena evidencia), va en el mismo sentido, concluyendo que en bajo riesgo, no se vio diferencias de mortalidad ni complicaciones según el lugar de nacimiento.

¿Y en España? Mientras que la SEGO (Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia) lo contraindica siempre (Le hago “menos caso” a esta opinión porque es un consenso de expertos, porque su evidencia es menor al estudio de cohortes y el metaanálisis que he citado anteriormente y porque se basan en que “antes se paría en casa y había mayor mortalidad maternoinfantil”, lo cual es verdad, pero hay que tener en cuenta que también parían en casa primigestas y mujeres con embarazos de riesgo, con varios bebés, etc. en los que estaría indicado de primeras el parto hospitalario), la Federación de Asociaciones de Matronas de España (FAME) suscribe estas recomendaciones, ofreciendo libertad para elegir y publicó en 2018 una guía informativa sobre partos en casa, en las que describe la preparación de las personas y el hogar, cómo se lleva a cabo, qué hay que vigilar y los criterios para ver si una persona es candidata de parir en casa:

  • Inicio de parto espontáneo entre 37-42 semanas
    de gestación.
  • Presentación cefálica (que el bebé venga de cabeza).
  • Hemoglobina (Hb, molécula que transporta el oxígeno en sangre, se ve en analítica) ≥ 10 g/dl
  •  Índice de masa corporal (IMC) ≤ 30 Kg/m2 al
    quedarse embarazada.
  • Embarazo no múltiple (un solo bebé).
  • Historia clínica sin complicaciones relevantes.
  •  Historia obstétrica sin complicaciones.
  •  Sin signos ni síntomas relevantes relacionados
    con complicaciones del embarazo, como por
    ejemplo preeclampsia, crecimiento intrauterino
    retardado (CIR) confirmado, colestasis…

También lo apoya el Ministerio de Sanidad, que si bien se pronunció en 2009, no parece haber cambiado en este aspecto. No obstante, se recomienda siempre asistido por matronas especialistas en este ámbito, y en opinión personal yo también tendría en cuenta, por ejemplo, la distancia entre el domicilio donde se da a luz y un hospital al que poder ser derivada.

En cuanto a la OMS, este organismo deja la decisión a la persona gestante, siempre y cuando cumpla todos los criterios (en sus recomendaciones “no se moja”, pero es interesante leerlas).

Otro inconveniente (y aunque hablando de salud, mencionar el dinero quede fatal) sería que los nacimientos domiciliarios costasen más al sistema sanitario que en los hospitalarios. Este estudio del British Medical Journal muestra que no, que de hecho, en gestantes multíparas de bajo riesgo, el coste es menor. En 2016 se publicó una revisión sistemática que concluyó no disponer de datos suficientes para concluir en un sentido o en otro, pues no podían descartar que la diferencia de costes se debiera a otros factores.

¿Cómo nos quedamos después de leer esto? Parece que se nos rompen un poco los esquemas ¿Verdad? Si tienes alguna duda o has encontrado alguna eevidencia mejor, comenta y si crees que a alguien le puede interesar esta información ¡Comparte!

Logros en igualdad 2018

En pocos días despediremos el año, y me parece un gran hábito, agradecer todo lo que se hemos avanzado, para así coger carrerilla para el 2019. Te pone como de buen humor.

Aunque en las redes sociales y medios de comunicación (que cada vez se van fusionando más en una misma cosa) hagan mucho ruido las absoluciones injustas, y parezca que no vamos a ninguna parte, que las inequidades de género son imbatibles; las estadísticas muestran una clara tendencia: Cada vez se denuncia más la violencia de género, como demuestran los resultados del Instituto Nacional de Estadística en materia de violencia de género. Pese a que se produjo un descenso de las denuncias entre 2011 y 2013, en los últimos 5 años se detecta un patrón ascendente para las denuncias de delitos asociados a esta causa y las medidas cautelares adoptadas.

INE1

Los mismo resultados, ahora representados gráficamente para percatarnos del ascenso:

INE2

Vale. Bien, pero, que haya más denuncias no quiere decir que detectemos mejor la violencia de género a nivel judicial ¿verdad? Puedes denunciar todo lo que quieras, que a tu maltratador de seguro le van a absolver… ¡No tan rápido! Desde 2015, han aumentado el número de condenas y descendido las absoluciones. Es más, en estas estadísticas vemos que las condenas superan muchísimo en número a las absoluciones (Aproximadamente una ratio de 3 condenas por cada absolución). Distancia que se acentúa más con el tiempo.

INE3

Para apreciar mejor la tendencia, un gráfico con estos mismos resultados:

INE4

Como veis, quitando los casos puntuales que los medios/redes provechan para ganar likes, cuando se analizan decenas de miles de personas, algo queda claro: El feminismo sí está consiguiendo cambios, y la ley integral contra la violencia de género, tan denostada, se acompaña de una apertura de mente (algo similar sucedió con el matrimonio igualitario con el respeto a personas lgtbi; a veces las leyes crean conciencia) y una mejor formación de los profesionales, quienes cada vez interpretan mejor las pruebas. Además, esta ley da sentido a que los/as profesionales de la Sanidad nos esforcemos en cumplimentar partes de lesiones (os aseguro que en una guardia de Urgencias a las 4 am. lo último que quieres es rellenar papeleo, si no existiera una ley detrás que hiciera efectiva una condena, si no supiéramos que eso puede marcar la diferencia entre un maltratador libre o preso, ni nos molestaríamos). En definitiva, demostramos ser una sociedad cada vez más consciente y menos tolerante hacia las violencias, la de género entre ellas.

Gracias a quienes lo hacéis posible.

¿Es el feminismo una moda?

Según la definición de Wikipedia, moda es: Un conjunto de prendas de vestir, adornos y complementos que se basan en gustos, usos y costumbres, y que se usan durante un periodo determinado. De ahí podría deducirse que, siguiendo una moda, se consigue aceptación social. No parece que cuadre mucho con el feminismo, que es un movimiento social que busca derechos, igualdad y paz, y en última instancia, armonía entre todas las personas.

Ser feminista te expone a la soledad. Cada feminista llevamos a nuestras espaldas un historial de conflictos y peleas con amistades, gente allegada, discusiones con familiares, aceptar que una parte de elles te retirará su apoyo e incluso te abandonará (a veces tu propio padre, abuelo, hermano o primo) y que la parte más tolerante se mantendrá neutral (con una neutralidad que beneficia a quien oprime, ya sabemos en qué consiste la neutralidad ante las desigualdades). No olvidemos tampoco que la emancipación feminista implica la guerra interna de no depender de un hombre, de sacarte las castañas del fuego tú solita después de una vida entera viviendo en un mundo donde depender de alguien se considera precioso, y suena música de Barbra Streisand. Es muy guay decir que no necesitas al príncipe azul, pero matar al dragón no deja de ser, a veces, un engorro. El patriarcado tiene remansos de comodidad para la mujer que lo abandera, aunque sólo sea la calma de vivir feliz en la ignorancia y no tener que desmontar cada pieza mal puesta durante sus años de infancia, adolescencia y juventud. Aunque sólo sea el subidón del día de la boda (ceremonia que celebra la sumisión voluntaria de la mujer).

Ser feminista no es cool, ni trendy. Te llevas mil insultos en las redes sociales, mil alusiones en cada quedada. Que cada tipo retrógrado espere que dejes de disfrutar de la Nochebuena para aclararle por qué hace falta una Ley Contra la Violencia de Género es agotador. Que cada fiel esposa se empeñe en defender que su marido “no es nada machista”, es frustrante. Mi última experiencia fue con una mujer de entre 50 – 60, que defendía la violencia que ejerció contra ella su primera jefa, cuando esta señora comenzaba su carrera profesional con veintipocos años. En este caso, la jefa presumía de haber hecho llorar con sus abusos de poder a todas sus empleadas mujeres, incluída mi interlocutora. Ella, haciendo gala de un síndrome de Estocolmo y de una alienación bestiales, negaba que se tratara de machismo (aunque ese trato no lo sufrieron jamás los empleados varones, como admitió sin tapujos), sino que lo achacaba a la familia desestructurada de su jefa (como si fuesen circunstancias excluyentes). ¿Qué quiero decir con esto? Que el feminismo no es fácil; te coloca unas gafas con las que ves el horror que te hacen pasar por haber nacido mujer. Y ese dolor hay que procesarlo, digerirlo, perdonarlo. A esta mujer habría que ayudarla a reconocer la violencia que ha recibido, para que una vez canalizada su ira, desarrollase verdadera compasión por su exjefa. Es decir, que fuese capaz de decir “sí, mi jefa fue machista; no se debe tratar así a las mujeres; he decidido cuidarme y perdonarla”. ¿Llegaría al mismo punto, al perdón? Sí, pero con una herida correctamente cicatrizada, no cerrada en falso (negando el machismo, celebrando la violencia que sufrió como si se la hubiese merecido, identificándose con su agresora y empatizando de forma patológica). Sería un perdón desde el empoderamiento, no desde la mansedumbre y la subordinación.

Eso sí, el feminismo consigue cosas. Muchas. En menos de 200 años recuperamos derechos que hacía milenios que nos habían arrebatado y parecían inalcanzables. Estos logros atraen a gente con pocos escrúpulos y mucho ego, que no dudan en sacarse selfies ante campañas feministas con las que no colaboran. Las empresas intentan ganar dividendos con nuestros eslóganes. E incluso gente misógina esconde sus abusos con un disfraz de feminismo. Son efectos secundarios de nuestra lucha. Pero ni por un momento me hacen desistir de ella.

Larga vida al feminismo que va a vencer, que va a vencer…

El duelo de abandonar el machismo

Abandonar el machismo acarrea una pérdida de privilegios. Más evidente en personas socializadas y leídas como hombres, pero también en nosotras (la mujer patriarcal sufre una opresión menos violenta que la feminista). La pérdida se gestiona psicológicamente en forma de duelo. ¿Cómo se expresan cada una de las etapas del duelo, cuando alguien señala a otre una conducta sexista?

1.- Negación: Lo que he dicho no es machista, me has malinterpretado, sólo es una broma/una forma de hablar, el machismo no está en el lenguaje, yo sólo defiendo la libertad de las mujeres (claro, para que te vendan su cuerpo o su bebé para poder comer; una libertad de la hostia), estás exagerando, no todos los hombres… En el caso de mujeres: A mí nunca me han violado, yo nunca he sufrido violencia, eso que dices a mí no me ha pasado…

2.- Ira: ¡Maldita feminazi! Feas, malfolladas ¡Odiáis a los hombres! ¡Maldito feminismo extremo que busca la guerra de sexos! (No es ninguna guerra, queride, sino un genocidio porque sólo hay víctimas de uno de los bandos).

3.- Negociación: Si no se pueden lanzar “piropos” (así es como llaman al acoso callejero) entonces ¿Cómo vamos a ligar? ¿Firmando un contrato? ¡Se va a extinguir la especie! (Soy particularmente fan de los tremendistas que aseguran que eliminando desigualdades sociales desataremos el Armagedón ¡Señor, que tenemos 7 mil millones de personas pululando por el mundo! Algo así como si juntáramos a toda la Humanidad a que vivió antes de nosotros. Nunca ha habido tanta peña. Además ¿Qué quieres que te diga? Si esa es nuestra única manera de reproducirnos, tal vez merecemos extinguirnos un poquito). En el caso de ellas: ¿Es que no puedo casarme y ser sumisa si lo elijo libremente? ¿Es que no puedo darle otra oportunidad a mi marido por si cambia y deja de pegarme? Adelante. Ya notarás las cadenas cuando decidas moverte y percibirás tu altura cuando dejes de arrodillarte. Ahí estaremos para apoyarte.

4.- Depresión: Esta fase sólo la he presenciado con hombres muy, muy cercanos, por eso de que el machismo les impide expresar tristeza, que eso es de débiles y no de machos alfa. Viene a ser un: “Oh, Dios ¿Cómo he podido hacer esto?”

5.- Aceptación: Está bien. Quiero aprender.

Esto puede servir para entender tanto nuestro proceso interior, como el de les demás, para no responsabilizarnos de lo que no nos toca y evitar predicar en el desierto. ¿Identificas en qué fase estás? ¡Te espero en el próximo post!