Canicas y andamios: Las dinámicas amatonormadas y ágamas

Bajo tan enigmático epígrafe quiero compartir una reflexión, de esas que te parece que sólo has observado tú, pero que cuando lo comentas le ha pasado a mucha más gente; y si se trata de una experiencia desgastante, da más coraje todavía. Es un tema abstracto, porque implica mencionar lo intangible, lo que hacemos sin darnos cuenta (igual que pasa con los micromachismos, que todo el mundo piensa que no los tiene); un teatro evidente desde fuera, pero cuyos actores y actrices ignoramos que estamos representando.

Estas reflexiones surgidas a raíz de una serie de casos, pretenden exponer una experiencia que como ágama, se vive en un mundo amatonormado. Tampoco diría que sea una vivencia exclusivamente ágama; le puede acontecer a cualquiera que intente desarrollar, prescindiendo de la pareja aunque sea temporalmente (como por ejemplo, tras una ruptura o muerte de la pareja anterior) una vida social en un mundo enfocado a su consecución y que divide a las personas entre quien/es es/son tu/s pareja/s y quien/es no.

Con matices, un ambiente amatonormado en general, y en el poliamoroso en particular, aunque te impliques en eventos, te relaciones con la gente e intentes continuar las relaciones, si no muestras interés en formar un vínculo gámico, acabas cayendo en el saco de las “no parejas” o “no gamos”, por lo que te quedas progresivamente más y más aorillada/o en la periferia relacional. Tras unas cuantas interacciones e intentos de tener conversaciones realmente provechosas, no como prolegómenos previos al acercamiento sexual o sentimental si no como el contenido del vínculo, al no establecerse el gamos da la sensación de que la relación “no progresa” y pasan a dedicar su tiempo en la búsqueda y mantenimiento de relaciones de pareja. Como consecuencia, aunque no fuese tu intención en un primer momento, comienzas a jugar en base a esas normas, en búsqueda de inclusión.

Tal vez el grado máximo de atomización sería el speed dating, donde la gente va rotando y tienes 5 minutos para decidir si la persona que acabas de conocer te gusta o no. Se concentran muchas personas pero no existe grupo ninguno. Son muchas potenciales parejas – o amistades si no llegan al trono del amor – separadas y vueltas a combinar. Pero no hay comunidad como tal y nada importa más allá de la persona o personas que te han gustado. ¿Suena cruel? Lo es.

Quiero avisar a navegantes que si bien esta descripción podría confundirse con la crítica habitual del ambiente, de corte rancio y no sin puritanismo sexual, de que “la gente allí va a ligar” o que “el ambiente poli es como Tinder”, dicha interpretación no tiene cabida. Dejemos algo claro: No estoy diciendo que únicamente en eventos poliamorosxs aparezca esa dinámica, ni que se deba exclusivamente a las personas que acuden deliberadamente con esa intención (Esas personas sólo están aplicando explícitamente las normas de un juego que involucra a todx asistente, sea consciente o no). No solamente el ambiente poliamoroso es Tinder: Para una persona amatonormada, el mundo entero es Tinder. No hay ningún espacio libre de seducción ¡Ninguno! Para formar un gamos, valga una visita a Urgencias, un juicio, un funeral. Ligar es algo que puede hacerse bajo casi cualquier circunstancia en un mundo abocado a ello. Tampoco estamos a salvo con la gente que jura y perjura “no haber ido allí con esa intención” y que incluso miran por encima del hombro a quienes no se ocultan para ello, porque tampoco sus intenciones quedan claras y como dije anteriormente, en cuanto intuyen que hay que pasar por el aro de seducir para integrarse, lo terminan haciendo por necesidad social. Cuerpo a tierra. Que Dios nos pille confesaos.

Otro error frecuente con este tema es reducir el tema a “las ganas de hacer amigxs”. Esto pasa porque desde el amor conceptualizamos dos tipos de vínculos, más o menos diferenciados: Parejas y amigxs, Aquí no se trata ni de una cosa ni de otra, si no de que el entorno acoja, integre y reconozca (la presencia, no el mérito) a todo el mundo, creando un flujo afectivo en el cual te irás acercando a las personas más afines, por supuesto, pero es un contexto social lo suficientemente hospitalario para que no sientas soledad ni siquiera si en una reunión no coincides con tus más afines. Por poner un símil: La dinámica competitiva del entorno amatonormado lo convierte en una bolsita de canicas. Un entorno relacional integrado como lo propone (y lo va logrando) la Agamia es un andamio de metal, flexible y adaptable, pero firme, en el que cada parte metálica está muy cerca de unas y muy alejada de otras, pero forman un todo que soportaría incluso el peso de un enorme edificio (No se trata tampoco de aislar a los grupos ágamos en comunas, que os veo venir; esto va de promover comunidades sólidas y responsables sin necesidad de seducción; este planteamiento puede darse en un evento ágamo o en un vecindario, y las comunidades pueden y deben ser adaptables y abiertas hacia otras realidades geopolíticas sin volverse herméticas). Al instaurarse este patrón más saludable, se percibe una abundante falta de necesidad de pareja, y no se relega a las amistades como relación subalterna.

¿Cómo identificar estas dinámicas para mejorarlas, como ir eliminando la amatonorma y la competición por el gamos que atomiza las colectividades, sea tu grupo ágamo de entrada, o no? Cuando nos relacionamos ¿Tenemos interés en aquellas personas que no nos interesan como pareja, o las descartamos sin percatarnos? Cuando estamos presentes en un grupo ¿Intentamos que todo el mundo se sienta acogidx, o nos centramos casi exclusivamente en las personas que nos resultan atractivas (no solo físicamente)?

Detectar la amatonorma, ser conscientes de que esta competitividad se produce, señalarla (aunque alguien se enfurezca, lo niegue o no quiera comprenderlo) y sustituirla por otras formas de relación más justas en la que no se nos entienda como productos para aceptar o rechazar; modificar las relaciones de manera que se reconozca e incluya a todo el mundo, resulta imprescindible para eliminar la competición y el agrupamiento en parejas (o agregados en el caso de la no monogamia) estancos que hagan sentir al resto, solos/as rodeados/as de gente.

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El amor de un maltratador

Soy superviviente de violencia de género psicológica. Estuve expuesta a este tipo de malos tratos entre los 16-19 años. Entre la violencia que sufrí había: Control del móvil y las redes sociales (Él podía decidir que yo borrase a alguien de Tuenti y en ocasiones contó con el apoyo de mi familia), gritos, humillaciones e insultos.

Hasta hace dos meses, viví una experiencia de más de año y medio de violencia de pareja (esta vez, en ambas direcciones, intercambiándonos por momentos el papel de verdugo/a y víctima). Un caso perfecto de relación tóxica.

¿Que a qué viene mi currículum relacional? A que últimamente se repite, cada vez con más fuerza y convicción, que “el amor no duele”, que “si duele, no es amor”. Lo afirman referentes feministas como Pamela Palenciano, Coral Herrera, Brigitte Vasallo y no pocas psicólogas/os.
¿Sabéis qué es lo que mantiene a una mujer en una relación donde hay violencia de pareja o de género? Los buenos momentos y la probabilidad de tirar la toalla en una relación donde pueda ser feliz.

La imagen que tenemos de un maltratador es un tipo permanentemente furioso y ansioso; siempre que aparece uno en una película o incluso en la literatura, sólo sale agrediendo o pidiendo perdón y prometiendo cambiar. Pero no te cuentan que entre una agresión y otra pueden pasar días, semanas o incluso meses, y que en esos interludios hay cuidados y gestos de cariño (¡A veces, tu maltratador es quien más te escucha y comprende!). No se ve a un maltratador cocinándote tu plato preferido mientras estudias, reservando un viaje que te hace muchísima ilusión, cargando tus muebles ni fregando tus platos. Pero lo hacen. El tratamiento cultural que se hace de la violencia en la pareja ha querido preservar tanto al amor, dejarlo aparte en una relación donde sin duda está presente, que caricaturiza al maltratador, una especie de Hulk arrasando una ciudad; y a la víctima, presentándola a modo de criatura indefensa, sumisa que ni grita ni se equivoca. Por eso las mujeres seguimos tan confundidas, porque la parte de nuestra vivencia que demuestra que los malos tratos son perfectamente incluibles y compatibles con el amor, ha sido omitida. Ésa era el dato que nos faltaba. En un momento histórico se decidió que agredir a las mujeres en la pareja (Antaño ingrediente fundamental en todo matrimonio bien avenido) era inapropiado; en aquel instante hubo, otra vez, que rescatar al amor del incendio que él mismo había provocado. Y ahora las mujeres esperamos en relaciones tóxicas que nuestro maltratador encarne al malvado del filme. Rara vez lo hace. Aguardamos una señal divina que nos diga que en nuestra pareja no hay amor, pero lo cierto es que lo hay.

A estas alturas espero que estéis indignados/as: “Pero ¿De qué vas? ¿Qué me estás contando, que en los malos tratos hay amor? ¿Significa que está bien maltratar?” En absoluto, porque el amor y el bien son dos cosas diferentes. En el amor se puede hacer el bien, pero también el mal. Amar y comportarse correctamente tienen tanto que ver como la velocidad con el tocino.

Los maltratadores no son sólo los de las violencias de pareja y de género. Lo son también padres y madres amantísimxs que abusan emocional y físicamente de sus descendientes. Asegurar que no hay amor donde se sufre implica minusvalorar el dolor de la víctima y empujarla a sopesar constantemente si en su relación hay amor o no lo hay, entre el caos que supone virar entre cuidados y ataques, amén de la extenuación emocional fruto del maltrato mismo. El consejo debe ser el siguiente: Te ama, sí, pero eso es irrelevante; las relaciones deben regirse por la ética. Y la ética, en los malos tratos, brilla por su ausencia.

Mentiras del “amor del bueno”: El afecto pertenece al amor

Dice en la Wikipedia: La falacia lógica del falso dilema involucra una situación en la que se presentan dos puntos de vista como las únicas opciones posibles, cuando en realidad existen una o más opciones alternativas que no han sido consideradas. En su decadencia, en cada asalto, con cada voz que se levanta contra él, el amor debe apoderarse de algo para seguir justificando su existencia, para conservar su club de fans.

Como está explicado en esta entrada anterior, no es el sexo lo que está reprimido en la cultura amorosa, sino el afecto. En nuestra etapa infantil, mientras no se espera de nosotrxs que formemos pareja (Pese a que ya se empiecen a inculcar expectativas de pareja al preguntar a preescolares; “¿Qué, ya tienes novix? Y además con una perspectiva heterocentrista), se nos permite mostrar afecto por familiares y por el grupo de pares. Sin embargo, al entrar en la adolescencia, al leernos como personas sexuadas y amatonormadas, el afecto disminuye. A partir de ahora se esperará que el afecto nos lo provea, casi en su totalidad, la pareja. Yo misma me acuerdo cómo, a partir de los 12 años, mi familia me decía que “ya no necesitaba más amigos varones”, que “a partir de las 10 de la noche ya no se chateaba con amigxs”, que “a lxs amigxs, especialmente a los varones, no se les abraza”, no podía permanecer ni siquiera a solas en presencia de uno, etc. De este modo, aunque hubo intentos (y algunos muy graves) de reprimir mi sexualidad, esa censura no tuvo ni punto de comparación con la dieta estricta de afecto al que fui sometida. Además, al impedirme pedir y ofrecer afecto, no solamente me dejaban a mí en un estado carencial, también a mi entorno social próximo. Y ojo, que lo que cuento desde el punto de vista de mi familia, pasaba en todas, sin excepción. Posiblemente la peor etapa de mi vida fuesen los 4 años de interludio entre los 12, en los que ya se me reconocía como objeto amoroso y se me imponía el grave racionamiento afectivo, y los 16, edad a la que se me concedía oficialmente el permiso para tener pareja (masculina, obviamente). Esta ley marcial se establecía, más o menos estrictamente, en casi todos los hogares, dejando a una cohorte de adolescentes confundidxs, pues en pocos meses habíamos pasado de recibir muestras de afecto físico, verbal, etc. a que se nos tratase, bajo el pretexto edadista de “ser un cóctel de hormonas muy peligroso”, como sujetos en cuarentena cuyos sentimientos no había que atender y cuyas necesidades no debían satisfacerse, “por nuestro bien”.

¿A qué viene toda esta historia? A que si se reparte el afecto equitativamente y sin pasar por la caja del amor, éste pierde todo su sentido. Bueno, miento: Le sigue quedando el factor económico, la sociedad de bienes gananciales. Pero para eso hay que casarse, y cada vez más parejas deciden no hacerlo. Con un flujo constante de afecto, proveniente de muchas personas, no necesitaríamos pareja. Perderemos el componente narcisista de “ser la única persona para alguien”, el “ser especial”, u ocupar el primer puesto, pero me pregunto: El protagonismo exagerado en pareja ¿No nos mantiene en cierta medida en la inmadurez emocional?

No te dejes estafar: El afecto no es coto privado del amor y puede obtenerse y disfrutarse perfectamente y en abundancia, fuera de él. Nos vemos en la siguiente.

Día de la Madre

Hoy se celebra, en España, el día de la Madre. En muchos países hispanohablantes se celebra dicha efeméride. Ensalzado hasta más no poder, comercializado por las empresas, patriarcalizado muy a menudo (Con las dos caras de la moneda: La maternidad tradicional y la superwoman) y siempre romantizado.

El amor de madre, como todos los amores, envenena el vínculo madre-criatura, que debería construirse sobre la ética, como cualquier otra relación. Y de forma todavía más urgente, debido a la extrema vulnerabilidad de lxs bebés. Hablar de vínculo materno-filial como un amor, acarrea las mismas consecuencias problemáticas que en el amor de pareja: Si es amor, es bueno, por tanto todo lo que pase en ese vínculo queda validado per se y no cabe cuestionamiento posible. La desigualdad de recursos entre madre e hijxs favorece aún más el abuso de progenitores a sus descendientes, y que padres y madres no sepan poner límites sin violencia, favorece el caso contrario (menos frecuente).

La otra cara de la moneda, de la que tanto se ha hablado en esta página: Si tu madre elige no tratarte éticamente en ocasiones, pero satisface otras necesidades forjando un lazo ambivalente ¿Eso es amor o no? Una madre narcisista ¿Quiere a sus hijxs o no? No hay consenso al respecto. Por otro lado, si los cuidados de una madre a sus hijxs depende del “amor de madre” ¿Qué pasa con las madres que no quieren a sus hijxs? ¿No puede haber madres que no quieran a sus hijxs, pero se hagan cargo porque son responsables y cumplen con el que creen que es su deber?

Mención aparte amerita la exageración a través de las redes sociales de las relaciones madres-hijxs (sobre todo, madre-hija) en la etapa adulta. Las madres aparecen en las fotos como ejemplos perfectos, sabias consejeras e incansables compañeras; recibiendo toneladas de admiración y gratitud en justo pago por todos sus desvelos. Idílica estampa. Capturadxs bajo la presión de mostrar que te llevas súper bien con tu madre, encuentro muy difícil gestionar traumas causados por ellas y atravesar duelos exitosamente, si ésta ostenta todavía un papel primordial en la vida de sus hijxs ya mayores. Además, una excesiva presencia materna en la vida adulta podría dificultar la emancipación emocional, favoreciendo las conductas dominantes y controladoras.

Actualmente, las mujeres más feministas pelean por poder decir que no quieren ser madres, que la maternidad no es lo más bello del mundo, que no son más felices después de haber tenido hijxs que antes. Incluso su derecho a afirmar que lo son menos (sin blandir esta expresión para culpar a sus hijxs y abusar emocionalmente de ellxs, claro). Quizá les haya llegado la hora a las hijas feministas, de reivindicar que no son unas ingratas por ponerles límites a sus madres, por no permitir que abanderen su “amor” para tratarlas injustamente, ni que les estén recordando una deuda eterna e inconmensurable.

En definitiva: Está bien no soportar a tu madre, no eres peor persona por eso y el amor de madre es tan sospechoso (si no más) que el de pareja.

Me he enamorado ¿Y ahora qué?

¡Qué calamidad! En mitad de una incursión en la agamia, o tal vez cuando hacía muy poco que habías leído sobre ella, has conocido a quien parece (Por enésima vez) la persona soñada. Si buscas sobre “crushes” en Internet o preguntas a tu círculo cercano, te recomendarán casi unánimemente que te lances, que te atrevas, que te declares: ¡Podría ser el amor de tu vida y el “no” ya lo tienes! (Mensaje de tómbola). Por todas partes (Y lo más grave, incluso gente supuestamente profesional) te insistirán en hinchar ese sentimiento hasta que se te vaya de las manos y te explote en la cara ¡Y más te vale después, gestionar correctamente el desastre! ¿No hay otra alternativa? ¿Hemos de abandonarnos a las emociones, sin tomar las riendas de nuestra vida?

¡Para nada! Si has enfermado de amor, existe un antibiótico para microorganismo tan virulento: La agamicina. Si fuese de verdad, este antibótico me lo imagino como la amoxicilina: Sencillo, barato, por vía oral, seguro durante el embarazo y la lactancia. Aunque bien mirado, me recuerda más a un procedimiento que consta de los siguientes pasos:

  • Primero: Aceptación. A ver, queridx, vivimos en una cultura que nos introduce amor por todos nuestros orificios ¿De verdad te pensabas inmune? Nadie está a salvo al 100%. Por eso, se admite sin vergüenza y sin drama. Si ya eras ágamx, tranquilidad, no vas a perder el carnet por eso ni te vamos a expulsar.
  • Segundo: Empoderamiento: El amor no es una cosa que te pasa, lo produces en tu cabeza (Aunque la sientas en el tórax y en los genitales). Y en tanto que lo has construido, tienes todo el derecho y la responsabilidad de destruirlo.
  • Tercero: Distanciamiento: ¿Hasta qué punto debemos distanciarnos? Hasta que las emociones no interfieran en tu vida más de lo que lo haría una escena inquietante mientras ves una película, o el final de un libro. Mi recomendación es observar hasta dónde quieres separarte y desde ahí, un paso más. La distancia podrá ser física, virtual y emocional. También conviene evitar exponerse a material cultural pro-amor como canciones, películas (Incluso esas tan modernas que abogan por el “amor sano”).
  • Cuarto: Análisis: Duda de tu dictamen acerca de esa persona. Es muy sospechoso que hayas encontrado a alguien tan deconstruidx, amable, inteligente, carismáticx, atractivx, y con esa perfección superlativa. Aquí hay trampa y cartón. Seguramente le has atribuido a la ligera, una buena porción de esas cualidades. O las tiene, pero no de manera tan exagerada. O vale, va bien dotadx de virtudes pero no te has parado a pensar en sus defectos. O si después de ese escrutinio objetivamente es un auténtico tesoro, tal vez merezca permanecer en tu vida, pero jamás en el altar donde el amor lo coloca. Con frecuencia el análisis concluirá en que lo mejor que puedes hacer por ti y por esa persona tan genial es no amarla.
  • Quinto: Distracción: Nos esforzamos en poner por delante nuestras obligaciones, tanto profesionales, como domésticas, sociales, etc. Somos conscientes de que la vida continúa y que de hecho, marcha perfectamente sin esa persona. Interactuar con más gente, que nos lleven por diversos temas de conversación sin relación alguna con el objeto amado y nos ayuden a olvidar temporalmente ese flechazo; la lectura, el deporte u otras actividades que precisen toda nuestra atención, serán muy útiles para superar el amor.

Repetir hasta lograr el efecto deseado.

Lo más importante, en cualquiera de esos pasos, es que tengas claro el enfoque y la meta: Desenamorarse. Ni amar “de forma saludable”, ni amar solamente un poquito. No amar en absoluto.

Para cuando lea este tratamiento radical de la infección amorosa, habrá quien le haya cogido cariño al bicho y “elija libremente” (Todo lo libremente que puedes elegir cuando has crecido escuchando por todos lados que el amor es lo más importante del mundo y que quienes no aman son psicópatas) seguir enamoradx. Para esos casos, os derivo aquí.

Mentiras del “amor del bueno”: No idealices a tu pareja

Con todos ustedes, el último grito en ingeniería amorosa, el más novedoso consejo con que la propaganda pretende convencernos, una vez más, de que el amor funciona; lo que pasa es que nosotrxs ¡Pobres almas en desgracia! no sabemos amar: No hay que idealizar a la pareja.

¡Claro! ¡Eso es! ¿Cómo no se nos había ocurrido? ¡Rebajar las expectativas! Aceptar que nuestra pareja es una persona más, que nada la hace especial. Una gota en el océano, un grano de arena en el desierto; tan común y corriente como cualquier mortal. De esta forma, no nos decepcionaremos al descubrir, no ya sus defectos, también la realidad de que no tiene nada de especial. Pero si pensamos eso… Ya no será nuestra pareja.

Seré franca, mis estimadxs lectorxs, y no insultaré vuestra inteligencia. Pues espero que vuestras gafas moradas tengan graduación suficiente para destapar la mentira. Por definición, es imposible enamorarte de alguien sin idealizarlx. Simplemente no se puede. Para enamorarnos debemos hipnotizarnos, autoengañarnos, apartar toda la información de nuestra intuición y de nuestro sentido común para apasionarnos y sucumbir. Pero nadie puede enamorarse de lo vulgar; para subyugarnos, para sobrecogernos, el objeto amado debe ser superior al resto del mundo. De lo contrario ¿Por qué íbamos a elegir a esa persona, entonces, y no a otra? Se supone que formamos pareja con la mejor alternativa a la que hemos podido acceder (a ese acceso nada casual lo llamaremos “destino” o “suerte”). Pero tras ascenderla a la categoría de BAE (Before Anyone Else o en español, “antes que cualquiera”), para amar correctamente, bajo la promesa del amor eterno, la felicidad eterna y que la propia formación de gamos no nos haga sufrir, al mismo tiempo se nos insta a recordar que es una persona como cualquier otra.

¿Qué clase de locura es ésta? ¿Qué sistema perverso exhorta a mantener, en un caos mental neurótico, dos ideas contradictorias y excluyentes entre sí? Hazle un regalo por Navidad a esa persona “tan especial”, pero que no lo es. Emociónate con sus mensajes, pero no te entristezcas cuando no te escriba. Vive el amor como si fuese eterno, sabiendo que no lo es, para que a lo mejor dure más. Pierde la cabeza, pero con moderación ¿Se capta el absurdo? Esto no puede salir bien; la mejor forma de no perder el control, es mantenerlo racionalmente. El método perfecto para no hacer las tonterías de enamoradx es, exactamente, no enamorarse. Tratar al amor como hacemos con las drogas: Intentando que no se llegue a ellas, promoviendo el consumo cero, o al menos, que la vida de la gente esté tan repleta de otras actividades, que no quede lugar para las drogas.

Ah, pero hay gente que está de acuerdo con el amor, y con las drogas, que promueve un “consumo responsable” (que es, justamente, el mínimo posible) ¿Quiénes? Lxs que se benefician económicamente de estas actividades. Esa gente pondrá ¡Qué casualidad! La libertad como máximo valor, y nos acusará a quienes señalamos sus efectos perjudiciales, es decir, el personal sanitario y la comunidad ágama, de ser aburridxs, de desconocer cómo se disfruta de la vida, incluso de paternalismo (olvidando que la auténtica libertad se ejerce desde la información correcta y comprensible, sin coacción externa como la publicidad, y con alternativas reales).

Si te aconsejan que consumas algo con moderación, es porque su cantidad óptima es cero. Y si la buena nueva del amor es “amar serenamente” o “amar flojito”, se reconoce que el amor molesta a terceras personas. Así que enamórate, o drógate, pero sabiendo que te vuelves insoportable. Y que ninguna de esas cosas es eximente del daño que hagas a la sociedad.

La agamia en los medios

¡Nos hacemos famosas! Con una comunidad en Facebook de más de 350 personas, esta ética relacional, incapaz de pasar desapercibida, ha dado el salto desde España a otros lugares como Argentina y México. El Sábado 13 de Abril tuvo lugar el debate sobre el amor en la página, también de Facebook, Amor Libre y Memes; en la que la Agamia fue representada en su forma más política, la crítica contra el amor.

Hace dos días, en la web Código Nuevo entrevistaron a la artista Júlia Peró (@julia___pero) hablando sobre la Agamia. Siempre es muy agradable que el movimiento trascienda, que se haga referencia al gamos, a la indignación, etc. Sin embargo, probablemente el modelo relacional mencionado en la entrevista sea la anarquía relacional, no la agamia ¿Por qué? Veámoslo:

  • Dice, textualmente: “Nunca he visto natural que para demostrar mi amor necesitara unos acuerdos que si no se cumplían era infidelidad”. Pero, como ya se explicó en este post, no toda persona que no forme pareja es ágama sí o sí. El rechazo total, profundo, radical del amor es lo que define a la agamia. Por supuesto que no se obliga a nadie a abandonar el amor, pero la agamia es tan incompatible con amar, como el veganismo con comer un filete de ternera.
  • “Es decir, no hay gamos. No hay pareja, normas o prohibiciones” . Verdad que en la agamia no hay pareja, pero por supuesto que hay normas: Las de la ética. Y ¡Claro que existen prohibiciones! Lo que no sea ético, vedado. Por muchas ganas que tengas. Lo correcto prevalece sobre el deseo individual. ¿Qué significa esto? Que nadie cometa el error de lanzarse a la agamia creyendo que será menos exigente o más liberal que la monogamia o que el poliamor. Al contrario: Tu catadura moral deberá aumentar; fruto de eso serás más libre, sí, pero no será una libertad en la que hagas lo que quieras a expensas del resto; sino una libertad en la que no abusarán de ti.
  • “¡Que la gente ame y folle con quien quiera! Y si es conmigo, mejor”. Bueno, esto no tiene nada que ver con la propuesta ágama de no amar y de que el sexo sea sin objeto (No necesito a nadie para satisfacer mi deseo sexual). En los principios ágamos se aclara que nos relacionamos con personas de cualquier modelo relacional, pero que no participamos de sus decisiones. Si nos aman, no se les corresponderá. De nuevo esta frase casa más con la propuesta anarcorrelacional.
  • “Cuyas únicas normas son hacer aquello que reporte felicidad, sin atar u obligar a nada a ninguno de los dos.” El deber y la responsabilidad con la comunidad y lxs demás supone una prioridad en la agamia, y al cumplir con ese deber, aparecerán sentimientos como el afecto, el apego y la admiración. Tus relaciones individuales surgirán fruto de la interacción grupal, no a través de un enamoramiento, ni energía de la nueva relación, ni fenómeno semejante.
  • “No te metas donde no te aman”. Al revés; si pretenden amarte ¡Corre por tu vida!
  • “Lo que diferencia la agamia de la soltería es, justamente, que como no cree en los vínculos de pareja, tampoco contempla lo contrario. Ni hay parejas ni hay solteros”. Efectivamente, esta afirmación es 100% ágama.
  • “En realidad, los celos no son más que un miedo a la pérdida de esa persona. Un miedo a que se enamore de otra persona y a que se vaya con ella. ¿Y cuándo se siente miedo a perder algo? Cuando se cree que se posee”. Sí y no. El sentimiento de posesión comienza con el amor; cuando realzas tanto las virtudes de alguien (para justificar su elección sobre otras personas) que quieres ser importante para esa persona. Dicha actitud no se puede separar de cierto grado de posesión; con el amor surge el vínculo gámico y con él los celos. Pero cuidado, porque no todo desasosiego en una relación son celos. Debemos tener presente a la indignación legítima, es decir, la desazón congruente con injusticias cometidas contra nosotrxs, abusos de poder, desigualdades estructurales, etc. El poliamor y la anarquía relacional pecan de este extremo, en dicha situación, a las personas más desfavorecidas se las insta a “gestionar” (aguantarse) la ansiedad consecuencia del abuso, y se les priva de la única herramienta que tienen contra su pareja privilegiada: La protesta.
  • Eso sí, estamos muy de acuerdo con la oposición al patriarcado, al capitalismo y la relevancia de la comunicación. Citando a Amelia Valcárcel: “Lo más importante que hemos aprendido a hacer varones y mujeres desde que el feminismo existe es hablar”.

Ojalá cada vez veamos más publicaciones y entrevistas ágamas, construyendo espacios críticos, respetuosos y abiertos a la ética. ¡Nos vemos pronto!