No quiero ser una mujer fuerte

No conozco a nadie últimamente que, hablando de su madre u otra mujer, no la alabe llamándola “fuerte”. “Es una mujer fuerte”. Actualmente, ese adjetivo contempla un significado más extenso: Una mujer fuerte automáticamente la percibimos rompedora, rebelde, decidida, tenaz. Incluso vanguardista. Una fórmula mágica que valida cualquier actitud de la mujer a la que acompaña, basándonos a que el estereotipo femenino, hasta ahora, no incluía dicha palabra para referirse a nosotras. Ahora, no nos la quitamos de encima.

Para empezar ¿Qué es una mujer fuerte? ¿La madre tiránica que ha criado a golpes a sus vástagxs y les ha impuesto normas diferentes atendiendo a sus genitales? ¿La mujer abnegada que ha soportado vejaciones de toda índole? ¿La socarrona que se enorgullece en las redes sociales de ser “muy mujer”? ¿La que alcanza un puesto de poder y desde ahí adopta un rol masculino y trata a sus subordinadas con el mismo machismo que un hombre?

¿O la que ha logrado su éxito pese a las adversidades, la activista incombustible que pese a las burlas y amenazas de los hombres continúa la lucha? ¿La niña superviviente de un disparo en la cabeza por ir al colegio?

La fortaleza puede ser cualquiera de estas cosas. Como el amor, bajo su paraguas caben buenas y malas acciones. Por no hablar que la fortaleza puede consistir en otra nueva exigencia para las mujeres, en lugar de una cualidad visible. No en vano muchos hombres no dudan en compartir fotos de mujeres uniformadas (“fuertes”) como supuesto ejemplo de “buenas mujeres”, en contraposición a las malas mujeres, es decir, las feministas que exigimos los derechos necesarios para que las mujeres de las fotos pudieran vestir dichos uniformes. Además, se entiende “fortaleza” como sinónimo de asimilación y defensa del orden establecido, sin cuestionamiento ninguno. Antes nos querían amas de casa sumisas, ahora soldadas musculosas y descerebradas.

La fortaleza, como decía, en sí misma no es ni buena ni mala. Importa de verdad qué se haga con ella. Por eso, el referente de las niñas, antes que féminas levantando pesas, con el deltoides marcado o una espada en la mano, deben ser la justicia y la sabiduría. Aspirar a tomar decisiones éticas sí supondrá un cambio cuantitativamente superior en la educación de las generaciones de niñas. Lo otro se limita a cambiar un estereotipo por otro igual de absurdo; pues tan ridícula es la Cenicienta como Batman,

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De la crítica al amor romántico al neoliberalismo relacional

El encuentro mensual de Agamia en 3D se centró en el tema del neoliberalismo relacional, asunto que va más allá del neoliberalismo sexual (ya que éste sólo atañe al sexo, mientras que el primer término abarca también al amor). El contenido queda estupendamente resumido y reflejado en este post, cuya revisión recomiendo, madre del que ahora leéis. Aquí quiero unir dos conceptos, los dos del título, para ampliar la disertación de cómo la crítica al amor romántico, además de frenar la emancipación femenina del amor y de hacerle un purplewashing para que hasta la más feminista se case de blanco, con invitaciones en tipografía carolinea, coreografía preparada y chuches en la recena, ayuda a desapuntalar la estructura de la pareja y roe los cimientos que estabilizan el gamos para devolver a sus integrantes al mercado amoroso.

La crítica al amor romántico es falaz: Cuando se describen los horrores que se hacen bajo el paraguas del amor, se identifica como “romántico” y caso cerrado. La pareja implicada no ha sabido amar, y la solución es deconstruirse y seguir probando, más suerte en la próxima. En algún momento, si se vuelven dignxs, alcanzarán eso que llaman “amor sano”. Lo tremendo, lo más cruel y perverso viene cuando eso se le dice a una víctima de violencia de género.

“Eh, el problema no es el amor, que fabrica un espacio hermético donde ni tu familia entra y cuaja todo tipo de disconfort y agresiones. Es que tú de chica veías muchas pelis Disney, y claro…” Me recuerda a los primeros años 2000, donde en la tele salía que si jugabas mucho a los videojuegos corrías el peligro de ensartar a tus padres con una katana. No importa que la evidencia actual muestre que el sexismo (supuestamente, el mecanismo por el que Disney corrompe el amor) explica muy poco de la violencia de pareja (lo cual no significa que no genere otros problemas de sociales, económicos, de salud, etc. en la mujer y por ello luchemos contra él) y haya muchas más variables en juego. Y olvidan que la mayoría de los maltratadores no agreden a las mujeres fuera de esa estructura.

En el sistema monógamo, entramos al mercado durante un tiempo, pero una vez conseguida la anhelada pareja, descansamos y vivimos el amor. Estamos, como se dice en las comedias románticas, “no disponibles”. Paso a citar, uno a uno, los mitos románticos y cómo se las arreglan para sacar a las personas con pareja de esa estabilidad para liberalizar el mercado sexosentimental:

  • La media naranja: Según este mito, somos una mitad y buscamos un complementario. La crítica propone que somos personas completas. Al no ser parte de nada, pero el amor sigue siendo deseable (¡Hay un amor sano esperándote! ¿Por qué no seguir ojeando lo que hay por ahí?
  • La exclusividad y la fidelidad: Sólo se puede amar a una persona. Toda tu vida habías escuchado que flirtear teniendo pareja era traición y según el contexto tenía cierta penalización social, pero relax, que la crítica al amor romántico te absuelve. Se abre la veda para seguir teniendo Tinder instalado.
  • La pasión eterna: Si pese a los anteriores, preferías quedarte con tu pareja, prepárate: El afecto y la sexualidad que hoy te satisfacen lo bastante como para que no merezca la pena seducir a otras personas, tienen fecha de caducidad. Pierde toda esperanza. Seguir ligando es tu destino.
  • El matrimonio o convivencia: El contrato legal a veces puede interponerse entre tú y los Juegos del Hambre amorosos. Mejor tener parejas con las que no te casas ni convives, te darán la sensación de “seguir en la arena”.
  • La omnipotencia: El amor no hará que tu pareja cambie, así que no seas tontx y dale tu número a esx compa de curro que tanto te gusta a la que veas que no cierra el tubo de la pasta de dientes.
  • El libre albedrío: Has elegido a quien has elegido no por tu propio criterio, sino por lo que tus hormonas y la cultura han programado que debe gustarte.
  • La pareja: Además, no hay por qué emparejarse con una sola persona ¿Te gustan varias? Bienvenide al mundo de las no monogamias éticas.

¡¿Esta loca está defendiendo el amor romántico o qué?! Nada más lejos, mi ofendide lectore. La disertación de los mitos del amor romántico son coherentes y correctos. Casi, casi podrían ser la puerta que cruza Jim Carrey en El Show de Truman antes de desearnos son su icónica sonrisa “Buenos días, buenas tardes y buenas noches”. Mas al final de los artículos que exponen la crítica, o en artículos sucesivos, en vez de proponernos abandonar esa maraña de embustes; tras haber destripado al amor y enseñarnos toda su ponzoña, en vez de tirar la toalla y dedicarnos a otras formas de relacionarnos nos alientan a seguir amando, compitiendo, agrediendo y siendo agredidxs. Cada vez, en relaciones más laxas, con intervalos entre conquistas más breves.

Cede la escalera y Truman queda condenado a ver un cielo únicamente de cartón piedra.

La separación frommiana

Este blog, sin al menos una entrada dedicada la obra El arte de amar de Erich Fromm estaría inacabado. A medida que navego por el activismo ágamo, me gusta recopilar las preguntas, argumentos y temas de conversación más repetidos. Le toca el turno a un tema troncal en dicho activismo y un tanque en la defensa del amor: La separación frommiana entre “enamoramiento” y “amor”.

Hasta que llegó este libro, que se ha vuelto un must en asignaturas de letras a finales de la ESO, al final del amor nos esperaba el desamor. Era vox populi que la desaparición de las mariposas en el estómago era un signo ominoso sucedido de la visión realista de la pareja, el choque con la realidad de sus defectos y en consecuencia, un grado mayor o menor de insatisfacción. La relación de pareja podía seguir adelante, por supuesto, sobre todo si había un trato cordial, responsabilidades económicas y familiares o el divorcio era ilegal. Pero la época de parejita feliz y envidiable había terminado: El amor saltaba por la ventana conforme el cerebro necesitaba reponerse del trastorno de neurotransmisores de esos últimos meses/años (superponible, no olvidemos, a un brote psicótico).

Pero hete aquí que llegó un intrépido caballero blanco, de reluciente armadura y brioso corcel. No con una espada bastarda de afilado borde, sino armado con un portátil, llegó a defender al amor de su enemigo natural: El feminismo. Las mujeres medrábamos económicamente y en derechos, podíamos romper un matrimonio unilateralmente y no necesitábamos ni el permiso de la Iglesia. Además, una cohorte emergente de féminas occidentales divorciadas relataba tanto a sus coetáneas como a las más jóvenes, desde la descarnada sinceridad de quien fracasó en el destino para el que había nacido, la realidad del amor: El desprecio profundo a sus parejas justo antes del divorcio, la desilusión, la violencia, la infidelidad, el ocaso de la atracción sexual. Estas situaciones quedaron reflejadas en las series de televisión que se consumían en los 80 y los 90 (Como “Infelices para siempre”). Había que hacer algo para que las mujeres no formasen grupos al estilo “Sexo en Nueva York” y se diesen cuenta de que necesitaban la pareja tanto como un agujero en el cráneo. Y para eso llegó tan noble escritor: Para explicarnos, con tonito condescendiente, que el amor no era el apasionamiento obsesivo por el cual deseábamos pasar con nuestras parejas 25 horas al día; a eso lo llamó “enamoramiento” y para hacernos tragar tal mejunje filosófico, lo falagó comparándolo con el apareamiento animal, puramente instintivo (Claro que no habló de que el apareamiento en mamíferos en general y en primates en particular no suele conducir casi nunca a la formación de parejas estables más allá del acto sexual, se le escapó ese pequeño detalle). El verdadero amor venía después de muertas las epigástricas mariposas, tras ese periodo de prueba. Supuestamente el verdadero amor es el mantenimiento de esa pareja, tras el desenamoramiento, y la caracterizan la serenidad, sosiego, falta de aspavientos… Un estado antagónico más estable para acumular bienes y criar hijxs, que se reivindica por su madurez, pero del que se omiten la rutina, el desencanto, las expectativas frustradas y el tedio.

La teoría suena firme y lógica ¿Verdad? No obstante, formulo una serie de cuestiones que nadie, de las muchísimas personas que suscriben el modelo de Fromm, me ha contestado todavía:

  • Las parejas que se encuentran en la fase de enamoramiento ¿Puede decirse que no sienten amor? ¿Qué es lo que sienten las parejas en ese estadío, si no es amor?
  • Si el auténtico objetivo de la relación es alcanzar esa segunda fase verdadera y madura (Por ser coherentes con el modelo frommiano) ¿Por qué la pareja se forma durante el enamoramiento? ¿No sería mejor aguardar hasta que se aliviase esa exaltación, cuya vuelta a la realidad tanto dolor produce, y montar la relación con un estado anímico más tranquilo?A estas alturas, espero que no tengamos la cara dura de negar que nadie espera 2 años a que se acabe el enamoramiento para formar el gamos dentro del verdadero amor directamente. Las citas frecuentes, las conversaciones íntimas, la aproximación, la inclusión en el grupo de amistades y en la familia, el abandono total o parcial del resto de la vida social para dedicárselas a la nueva relación, intercambiar opiniones sobre la vida, plantear el proyecto vital… Incluso, en enamoramientos prolongados (De los que alcanzan los 3-4 años) se toman decisiones como irse a convivir, casarse y tener descendencia. Por tanto, no parece que ese “verdadero amor” valga para nada más que para huir hacia delante, mantener el gamos cuando es más cómodo seguir en él que romperlo y engañar a la juventud para que no vean al amor como vacío y carente de sentido por sí mismo, y sigan creyendo en la pareja como fuente de felicidad.
  • Si el amor en sí mismo origina felicidad ¿Por qué entendemos que fracasa, que no nos corresponden o que no ha llegado a buen puerto si no se llega a formar la pareja? ¿Por qué siempre que se dan las circunstancias propicias y si no hay impedimento, el amor lleva a formar pareja?

Les falta respuesta a las anteriores preguntas, por dos razones: La primera, el amor no es un sentimiento. Es una ideología. Por eso Fromm y cualquiera que argumente con sus ideas pueden decir, tranquilamente, que el amor aparece después del enamoramiento. La segunda: Su objetivo actual es formar una relación gámica o de pareja, en aquellas culturas donde el mandato legal y social de establecer una se debilita. Una vez sobrepasada esa meta, lo que venga después no importa al relato amoroso. Nos importa a nosotrxs porque nuestra vida sigue, por supuesto, pero en la película aparece el rótulo “The End”. Y cuidado, que aunque muy debilitada la institución matrimonial (Sobre todo, la obligatoriedad de casarse), una boda sigue siendo, en el imaginario colectivo, un paso más en una relación, un puntal que la reafirma. Ese garabato en un juzgado o un templo conlleva un lugar en la familia al que no accederás ni en décadas de cuidados si no te casas. Llego más lejos: En las culturas donde no se venden niñas para casarse, el matrimonio voluntario es un rito de paso para la madurez, quedando lxs adultxs solterxs en simbólica minoría de edad, así acumulen cargos de responsabilidad, títulos académicos o una meteórica trayectoria profesional y humana. En España casi nadie lo aceptará abiertamente, pero casarse sigue significando, aunque cada vez se diga menos, “sentar la cabeza”. Un/a joven casándose, consuela a sus mayores de la incertidumbre de tomar un camino que no fue el que proyectaron sobre él/ella/elle antes de que naciese. La promesa de que su vida no diferirá demasiado de la de sus predecesores/as y por ello, la reafirmación retrospectiva de que ellxs mismxs, generación anterior, tomaron la mejor decisión.

El gamos es una mentira que sobrevive a base de que todo el mundo crea que es mejor vivir dentro de él que fuera, al que se llega a través de la fantasía amorosa que te dice que el verdadero camino es él y que toda tu experiencia pre-amorosa antes ha sido, como cantaba Luis Miguel, “juegos de aprendiz”; cuando el gamos agoniza, Fromm lo mantiene vivo artificialmente mediante la narrativa paliativa de que el verdadero amor llega cuando te desenamoras y que tienes que alimentarlo día a día (Lo que hay es que adormecer las ganas de salir corriendo de él cuando el efecto de la droga se pasa). Si el soporte vital frommiano fallase, llega la siguiente etapa: Tu pareja se romperá, y tu entorno, tras una perplejidad temporal, lamentará que hayas perdido el amor y te aconsejará, tras un periodo de prudente recuperación, que lo sigas buscando porque en algún sitio te espera otro mejor. El auténtico. Si rechazas esa búsqueda o por lo menos no mantienes abierta la posibilidad de encontrar el amor o dejar que éste te atropelle, el sistema se tornará hostil: Empezarán con condescendientes sugerencias de que busques ayuda profesional para “arreglar tu corazón roto” o mandarte por WhatsApp artículos de autoayuda y dudosísimos artículos con infame método afirmando “científicamente” que amar prolonga la vida, aumenta la felicidad, disminuye el riesgo de infarto, hace que le crezca el pelo a lxs calvxs, transforma el plomo en oro… De la ciencia investigadora pasan a la práctica clínica y lo siguiente es imponerte un diagnóstico psiquiátrico (Por supuesto, gente sin ninguna formación al respecto). Tampoco te librarás de la vertiente creyente: Te tendrán en sus oraciones para que dejes de ser diferente (e incómodx) y regreses al redil.

Y hasta aquí la crítica a la tesis de Fromm y su lugar en la alienación amorosa. Espero que os haya gustado. Para cualquier duda, leo todos los comentarios.

¡Hasta la próxima!

Cuestionar las disidencias

Nos encontramos en un contexto sociocultural de relativismo extremo, en el que es común atacar a quien quiera señalar si algo es conveniente o no. Con la meta de revertir el autoritarismo que crió a la generación del baby-boom, hemos virado hacia la posverdad, lugar confuso, extraño y caótico en la que cualquier propuesta, por el mero hecho de existir, se torna válida y se ejecuta, independientemente de sus consecuencias.

Los ambientes disidentes son oportunos y necesarios. Si tienes que sacar algo en claro de este post, por favor, que sea esa frase. Las posturas críticas nos impulsan a mejorar (Por ejemplo: El vilipendiado movimiento anti-vacunas, si bien errado en el grueso de sus argumentos y por supuesto en sus conclusiones, y suponiendo ahora mismo un problema de salud pública, consiguió que desde hace años, se retirasen los derivados del mercurio de las vacunas), y el poder desempeñado desde una hegemonía privilegiada, se vicia y produce sesgos que de normalizarse, generan injusticias de toda índole. Por poner otro ejemplo: Esa famosa ceguera que tienen los hombres a la hora de ver el machismo, o la misma ceguera en las personas blancas que oye, nos vuelve inútiles para detectar actitudes racistas que cometemos a diario. Ambas cegueras, y otras muchas, cuestan vidas y calidad de vida.

El quid de la cuestión es que cualquier actividad humana debe estar sujeta a valoraciones morales. La palabra moral tiene una mala fama ganada a pulso; atufa a sotana, rosario y genuflexión; a castigo por sentir deseo, a odiar el cuerpo, a padecimiento santificado (Siempre que sea el de la gente pobre, por supuesto). Y en España, a reglazo del maestro en los nudillos, correazos de padre amantísimo y dictadura militar. Los tiempos han cambiado, no erradicando la violencia en nombre de la moral, sino extinguiendo la moral misma; ahora mismo este concepto está desaparecido, y el panorama se presenta desolador. La estricta moralidad de antaño, que imponía los valores desde fuera de las personas a través del paternalismo exagerado y sin considerarlas, no se ha sustituido por una moral interna, madura. El caso de las disidencias es particularmente contraproducente, pues su esencia misma es ser una alternativa a la crueldad de la hegemonía y cabe esperar de ella una conducta más ética. Este compromiso conlleva enorme responsabilidad ya que, por ejemplo, ninguna mujer sale de la monogamia con la expectativa de que aprovechen su belleza física para llenar un antro swinger. Para eso nos quedamos en la discoteca de toda la vida, oiga. En entornos convencionales, puedes vituperar la escena patriarcal de una discoteca y encontrarás incluso apoyos, pero no te atrevas a alzar la voz contra ninguna fiesta disidente porque te caes con todo el equipo. La categoría de intocable, que por su carácter no convencional o irreverente, nos atribuimos con excesiva ligereza, desemboca en fracasos más de lo que nos gustaría reconocer.

Cargar contra la hegemonía no dota a nuestras acciones mágicamente de bondad, justicia y equidad. Y perder un sano escepticismo abre la puerta a que dinámicas desafortunadamente familiares allanen estos espacios, sobre los que recaen lógicamente expectativas de seguridad; promoviendo que se repita la misma injusticia de la que se pretende escapar. Nuestra negligencia puede también poner en riesgo a las personas desfavorecidas que se acercan con la guardia baja, buscando respiro y deseando soltar por un momento la armadura que portan habitualmente para defenderse de las opresiones cotidianas. Si renunciamos a construir un entorno de confianza, al menos pongamos un cartel en la puerta avisando a navegantes de que nuestros eventos son tan machistas, racistas, lgtbfóbicos y peligrosos como cualquier otro, que somos la misma basura con atuendos hippies y que mostramos la misma capacidad revolucionaria que 50 sombras de Grey.

La disidencia cerrada a la crítica externa no es auténtica disidencia, se convierte en un producto de otra marca en el estante, que le baila el agua al sistema; nos resta credibilidad como colectivo o como movimiento, y sirve de excusa para argumentar que la disidencia no sirve para cambiar nada. Imprescindibles la humildad para recibir las críticas y la sabiduría para extraer verdaderas lecciones. Lo repito porque es doblemente importante: Toda acción humana requiere evaluarse racionalmente. El ambiente no convencional debe ser mejor que el resto, no llevadxs por delirio de grandeza alguno, si no porque esa sea nuestra meta.

Mitos del amor: El amor es biológico

El argumento cientificista/biologicista es un clavo ardiendo al que, tarde o temprano nos agarramos cuando no hemos cuestionado al amor y automáticamente lo protegemos. De alguna forma, si un grupo de especialistas con doctorados, tesinas y otras suficiencias avalan nuestra embriaguez emocional, bueno va para justificar los estropicios que cometeremos durante la enajenación mental. Desgraciadamente para quien esgrime este argumento, en Agamia también hay gente de ciencias, y con la misma luz científica puede refutarse las ideas de que:

  • Porque algo sea natural, es deseable (Nada más natural que morir de tuberculosis, pero no nos apetece ¿Verdad?).
  • Porque algo sea natural, es inevitable (¿Para qué existen los tratamientos médicos, entonces?).
  • Porque algo sea natural, no tenemos responsabilidad de actuar (Si cometes un delito teniendo depresión, aunque también se trate de un cambio químico, no es eximente).

En el amor pueden intervenir factores biológicos, como en las enfermedades (No todo el mundo que entra en contacto con un/a enfermx de tuberculosis contraerá la infección ni desarrollará la enfermedad); pero cuando se dice que el amor es biológico, estamos echando balones fuera para no asumir nuestra responsabilidad y no hacer nada al respecto, más que seguir nuestros caprichos.

Desde el punto de vista legal, para no ser responsables de nuestros actos debemos sufrir tal alteración que perdamos el juicio de la realidad, como sucede en grandes deterioros cognitivos (como la enfermedad de Alzheimer avanzada), durante un brote psicótico o bajo efectos graves de algunas sustancias (las benzodiazepinas como el diazepam, bromazepam o lorazepam no son el caso, mucha gente suele preguntarlo). En estos casos, existe la incapacitación legal, que hace que la persona no sea legalmente imputable, pero la deja en un estado similar a la minoría de edad, con pérdida de algunos derechos: Tomar decisiones económicas, posesión del carnet de conducir, ocupar puestos de responsabilidad… No tiene sentido hablar de incapacitación en el caso de enamoradxs ¿Verdad? Pues es porque la gente enamorada sabe perfectamente lo que hace. Es más ¿No habéis oído nunca que hay que “tener el corazón abierto al amor”? Exacto, enamorarse es voluntario. Si no quieres, no te enamoras. Pero la sociedad es muy indulgente con el/la enamoradx y sus antojos, y en nombre del amor se permite cualquier tropelía.

Fijándonos en la metodología, los artículos que relacionan cambios en neurotransmisores y amor también hacen aguas (como todo estudio sacado desde el empecinamiento en demostrar algo como sea, y no desde la humildad de que tu hipótesis pueda resultar falsa). Y es que, al divulgar sobre el amor, se cae en un fallo garrafal: Asumir causalidad a partir de estudios transversales.

Me explico: Un estudio transversal o de corte es aquel que mide a la vez, una exposición y un resultado (Por ejemplo, preguntar a un grupo de personas si están enamoradxs o no y medir sus niveles de dopamina, serotonina, oxitocina y vasopresina. Al medirlo todo más o menos al mismo tiempo, no podemos establecer qué fue primero, si el huevo o la gallina ¿Los niveles de neurotransmisores causaron el amor, o tras semanas de relato amoroso obsesivo e idealización, nosotrxs mismxs provocamos esos cambios en nuestros cerebros, como si hubiésemos tomado drogas o algún medicamento? Es evidente que en el segundo caso seríamos más responsables de habernos enamorado, porque sería como haber elegido fumar porros; pero incluso en el primer caso en que nos sorprendiese un chute oxitócico, nuestro deber de no comportarnos según sus mandamientos sigue ahí. Los neurotransmisores nos ayudarían a comprenderlo, pero nada más; no justifica nada.

Por tanto, no tiene sentido seguir buscando huellas biológicas del amor, ya que muchas emociones y estados físicos y psicológicos, como una cirugía o el estrés de unos exámenes dejan rastro en una analítica; pero nada de esto nos quita la característica más humana, que es la de actuar justamente pese a estos cambios.

Como nunca está de más profundizar en los mitos del buen amor, espero que visitéis este enlace. ¡Nos vemos!


Canicas y andamios: Las dinámicas amatonormadas y ágamas

Bajo tan enigmático epígrafe quiero compartir una reflexión, de esas que te parece que sólo has observado tú, pero que cuando lo comentas le ha pasado a mucha más gente; y si se trata de una experiencia desgastante, da más coraje todavía. Es un tema abstracto, porque implica mencionar lo intangible, lo que hacemos sin darnos cuenta (igual que pasa con los micromachismos, que todo el mundo piensa que no los tiene); un teatro evidente desde fuera, pero cuyos actores y actrices ignoramos que estamos representando.

Estas reflexiones surgidas a raíz de una serie de casos, pretenden exponer una experiencia que como ágama, se vive en un mundo amatonormado. Tampoco diría que sea una vivencia exclusivamente ágama; le puede acontecer a cualquiera que intente desarrollar, prescindiendo de la pareja aunque sea temporalmente (como por ejemplo, tras una ruptura o muerte de la pareja anterior) una vida social en un mundo enfocado a su consecución y que divide a las personas entre quien/es es/son tu/s pareja/s y quien/es no.

Con matices, un ambiente amatonormado en general, y en el poliamoroso en particular, aunque te impliques en eventos, te relaciones con la gente e intentes continuar las relaciones, si no muestras interés en formar un vínculo gámico, acabas cayendo en el saco de las “no parejas” o “no gamos”, por lo que te quedas progresivamente más y más aorillada/o en la periferia relacional. Tras unas cuantas interacciones e intentos de tener conversaciones realmente provechosas, no como prolegómenos previos al acercamiento sexual o sentimental si no como el contenido del vínculo, al no establecerse el gamos da la sensación de que la relación “no progresa” y pasan a dedicar su tiempo en la búsqueda y mantenimiento de relaciones de pareja. Como consecuencia, aunque no fuese tu intención en un primer momento, comienzas a jugar en base a esas normas, en búsqueda de inclusión.

Tal vez el grado máximo de atomización sería el speed dating, donde la gente va rotando y tienes 5 minutos para decidir si la persona que acabas de conocer te gusta o no. Se concentran muchas personas pero no existe grupo ninguno. Son muchas potenciales parejas – o amistades si no llegan al trono del amor – separadas y vueltas a combinar. Pero no hay comunidad como tal y nada importa más allá de la persona o personas que te han gustado. ¿Suena cruel? Lo es.

Quiero avisar a navegantes que si bien esta descripción podría confundirse con la crítica habitual del ambiente, de corte rancio y no sin puritanismo sexual, de que “la gente allí va a ligar” o que “el ambiente poli es como Tinder”, dicha interpretación no tiene cabida. Dejemos algo claro: No estoy diciendo que únicamente en eventos poliamorosxs aparezca esa dinámica, ni que se deba exclusivamente a las personas que acuden deliberadamente con esa intención (Esas personas sólo están aplicando explícitamente las normas de un juego que involucra a todx asistente, sea consciente o no). No solamente el ambiente poliamoroso es Tinder: Para una persona amatonormada, el mundo entero es Tinder. No hay ningún espacio libre de seducción ¡Ninguno! Para formar un gamos, valga una visita a Urgencias, un juicio, un funeral. Ligar es algo que puede hacerse bajo casi cualquier circunstancia en un mundo abocado a ello. Tampoco estamos a salvo con la gente que jura y perjura “no haber ido allí con esa intención” y que incluso mira por encima del hombro a quienes no se ocultan para ello, porque tampoco sus intenciones quedan claras y como dije anteriormente, en cuanto intuye que hay que pasar por el aro de seducir para integrarse, lo termina haciendo por necesidad social. Cuerpo a tierra. Que Dios nos pille confesaos.

Otro error frecuente con este tema es reducir el debate a “las ganas de hacer amigxs”. Esto pasa porque desde el amor conceptualizamos dos tipos de vínculos, más o menos diferenciados: Parejas y amigxs, Aquí no se trata ni de una cosa ni de otra, si no de que el entorno acoja, integre y reconozca (la presencia, no el mérito) a todo el mundo, creando un flujo afectivo en el cual te irás acercando a las personas más afines, por supuesto, pero es un contexto social lo suficientemente hospitalario para que no sientas soledad ni siquiera si en una reunión no coincides con tus más afines. Por poner un símil: La dinámica competitiva del entorno amatonormado lo convierte en una bolsita de canicas. Un entorno relacional integrado como lo propone (y lo va logrando) la Agamia es un andamio de metal, flexible y adaptable, pero firme, en el que cada parte metálica está muy cerca de unas y muy alejada de otras, pero forman un todo que soportaría incluso el peso de un enorme edificio (No se trata tampoco de aislar a los grupos ágamos en comunas, que os veo venir; esto va de promover comunidades sólidas y responsables sin necesidad de seducción; este planteamiento puede darse en un evento ágamo o en un vecindario, y las comunidades pueden y deben ser adaptables y abiertas hacia otras realidades geopolíticas sin volverse herméticas). Al instaurarse este patrón más saludable, se percibe una abundante falta de necesidad de pareja, y no se relega a las amistades como relación subalterna.

¿Cómo identificar estas dinámicas para mejorarlas, como ir eliminando la amatonorma y la competición por el gamos que atomiza las colectividades, sea tu grupo ágamo de entrada, o no? Cuando nos relacionamos ¿Tenemos interés en aquellas personas que no nos interesan como pareja, o las descartamos sin percatarnos? Cuando estamos presentes en un grupo ¿Intentamos que todo el mundo se sienta acogidx, o nos centramos casi exclusivamente en las personas que nos resultan atractivas (no solo físicamente)?

Detectar la amatonorma, ser conscientes de que esta competitividad se produce, señalarla (aunque alguien se enfurezca, lo niegue o no quiera comprenderlo) y sustituirla por otras formas de relación más justas en la que no se nos entienda como productos para aceptar o rechazar; modificar las relaciones de manera que se reconozca e incluya a todo el mundo, resulta imprescindible para eliminar la competición y el agrupamiento en parejas (o agregados en el caso de la no monogamia) estancos que hagan sentir al resto, solos/as rodeados/as de gente.

El amor de un maltratador

Soy superviviente de violencia de género psicológica. Estuve expuesta a este tipo de malos tratos entre los 16-19 años. Entre la violencia que sufrí había: Control del móvil y las redes sociales (Él podía decidir que yo borrase a alguien de Tuenti y en ocasiones contó con el apoyo de mi familia), gritos, humillaciones e insultos.

Hasta hace dos meses, viví una experiencia de más de año y medio de violencia de pareja (esta vez, en ambas direcciones, intercambiándonos por momentos el papel de verdugo/a y víctima). Un caso perfecto de relación tóxica.

¿Que a qué viene mi currículum relacional? A que últimamente se repite, cada vez con más fuerza y convicción, que “el amor no duele”, que “si duele, no es amor”. Lo afirman referentes feministas como Pamela Palenciano, Coral Herrera, Brigitte Vasallo y no pocas psicólogas/os.
¿Sabéis qué es lo que mantiene a una mujer en una relación donde hay violencia de pareja o de género? Los buenos momentos y la probabilidad de tirar la toalla en una relación donde pueda ser feliz.

La imagen que tenemos de un maltratador es un tipo permanentemente furioso y ansioso; siempre que aparece uno en una película o incluso en la literatura, sólo sale agrediendo o pidiendo perdón y prometiendo cambiar. Pero no te cuentan que entre una agresión y otra pueden pasar días, semanas o incluso meses, y que en esos interludios hay cuidados y gestos de cariño (¡A veces, tu maltratador es quien más te escucha y comprende!). No se ve a un maltratador cocinándote tu plato preferido mientras estudias, reservando un viaje que te hace muchísima ilusión, cargando tus muebles ni fregando tus platos. Pero lo hacen. El tratamiento cultural que se hace de la violencia en la pareja ha querido preservar tanto al amor, dejarlo aparte en una relación donde sin duda está presente, que caricaturiza al maltratador, una especie de Hulk arrasando una ciudad; y a la víctima, presentándola a modo de criatura indefensa, sumisa que ni grita ni se equivoca. Por eso las mujeres seguimos tan confundidas, porque la parte de nuestra vivencia que demuestra que los malos tratos son perfectamente incluibles y compatibles con el amor, ha sido omitida. Ésa era el dato que nos faltaba. En un momento histórico se decidió que agredir a las mujeres en la pareja (Antaño ingrediente fundamental en todo matrimonio bien avenido) era inapropiado; en aquel instante hubo, otra vez, que rescatar al amor del incendio que él mismo había provocado. Y ahora las mujeres esperamos en relaciones tóxicas que nuestro maltratador encarne al malvado del filme. Rara vez lo hace. Aguardamos una señal divina que nos diga que en nuestra pareja no hay amor, pero lo cierto es que lo hay.

A estas alturas espero que estéis indignados/as: “Pero ¿De qué vas? ¿Qué me estás contando, que en los malos tratos hay amor? ¿Significa que está bien maltratar?” En absoluto, porque el amor y el bien son dos cosas diferentes. En el amor se puede hacer el bien, pero también el mal. Amar y comportarse correctamente tienen tanto que ver como la velocidad con el tocino.

Los maltratadores no son sólo los de las violencias de pareja y de género. Lo son también padres y madres amantísimxs que abusan emocional y físicamente de sus descendientes. Asegurar que no hay amor donde se sufre implica minusvalorar el dolor de la víctima y empujarla a sopesar constantemente si en su relación hay amor o no lo hay, entre el caos que supone virar entre cuidados y ataques, amén de la extenuación emocional fruto del maltrato mismo. El consejo debe ser el siguiente: Te ama, sí, pero eso es irrelevante; las relaciones deben regirse por la ética. Y la ética, en los malos tratos, brilla por su ausencia.