La separación frommiana

Este blog, sin al menos una entrada dedicada la obra El arte de amar de Erich Fromm estaría inacabado. A medida que navego por el activismo ágamo, me gusta recopilar las preguntas, argumentos y temas de conversación más repetidos. Le toca el turno a un tema troncal en dicho activismo y un tanque en la defensa del amor: La separación frommiana entre “enamoramiento” y “amor”.

Hasta que llegó este libro, que se ha vuelto un must en asignaturas de letras a finales de la ESO, al final del amor nos esperaba el desamor. Era vox populi que la desaparición de las mariposas en el estómago era un signo ominoso sucedido de la visión realista de la pareja, el choque con la realidad de sus defectos y en consecuencia, un grado mayor o menor de insatisfacción. La relación de pareja podía seguir adelante, por supuesto, sobre todo si había un trato cordial, responsabilidades económicas y familiares o el divorcio era ilegal. Pero la época de parejita feliz y envidiable había terminado: El amor saltaba por la ventana conforme el cerebro necesitaba reponerse del trastorno de neurotransmisores de esos últimos meses/años (superponible, no olvidemos, a un brote psicótico).

Pero hete aquí que llegó un intrépido caballero blanco, de reluciente armadura y brioso corcel. No con una espada bastarda de afilado borde, sino armado con un portátil, llegó a defender al amor de su enemigo natural: El feminismo. Las mujeres medrábamos económicamente y en derechos, podíamos romper un matrimonio unilateralmente y no necesitábamos ni el permiso de la Iglesia. Además, una cohorte emergente de féminas occidentales divorciadas relataba tanto a sus coetáneas como a las más jóvenes, desde la descarnada sinceridad de quien fracasó en el destino para el que había nacido, la realidad del amor: El desprecio profundo a sus parejas justo antes del divorcio, la desilusión, la violencia, la infidelidad, el ocaso de la atracción sexual. Estas situaciones quedaron reflejadas en las series de televisión que se consumían en los 80 y los 90 (Como “Infelices para siempre”). Había que hacer algo para que las mujeres no formasen grupos al estilo “Sexo en Nueva York” y se diesen cuenta de que necesitaban la pareja tanto como un agujero en el cráneo. Y para eso llegó tan noble escritor: Para explicarnos, con tonito condescendiente, que el amor no era el apasionamiento obsesivo por el cual deseábamos pasar con nuestras parejas 25 horas al día; a eso lo llamó “enamoramiento” y para hacernos tragar tal mejunje filosófico, lo falagó comparándolo con el apareamiento animal, puramente instintivo (Claro que no habló de que el apareamiento en mamíferos en general y en primates en particular no suele conducir casi nunca a la formación de parejas estables más allá del acto sexual, se le escapó ese pequeño detalle). El verdadero amor venía después de muertas las epigástricas mariposas, tras ese periodo de prueba. Supuestamente el verdadero amor es el mantenimiento de esa pareja, tras el desenamoramiento, y la caracterizan la serenidad, sosiego, falta de aspavientos… Un estado antagónico más estable para acumular bienes y criar hijxs, que se reivindica por su madurez, pero del que se omiten la rutina, el desencanto, las expectativas frustradas y el tedio.

La teoría suena firme y lógica ¿Verdad? No obstante, formulo una serie de cuestiones que nadie, de las muchísimas personas que suscriben el modelo de Fromm, me ha contestado todavía:

  • Las parejas que se encuentran en la fase de enamoramiento ¿Puede decirse que no sienten amor? ¿Qué es lo que sienten las parejas en ese estadío, si no es amor?
  • Si el auténtico objetivo de la relación es alcanzar esa segunda fase verdadera y madura (Por ser coherentes con el modelo frommiano) ¿Por qué la pareja se forma durante el enamoramiento? ¿No sería mejor aguardar hasta que se aliviase esa exaltación, cuya vuelta a la realidad tanto dolor produce, y montar la relación con un estado anímico más tranquilo?A estas alturas, espero que no tengamos la cara dura de negar que nadie espera 2 años a que se acabe el enamoramiento para formar el gamos dentro del verdadero amor directamente. Las citas frecuentes, las conversaciones íntimas, la aproximación, la inclusión en el grupo de amistades y en la familia, el abandono total o parcial del resto de la vida social para dedicárselas a la nueva relación, intercambiar opiniones sobre la vida, plantear el proyecto vital… Incluso, en enamoramientos prolongados (De los que alcanzan los 3-4 años) se toman decisiones como irse a convivir, casarse y tener descendencia. Por tanto, no parece que ese “verdadero amor” valga para nada más que para huir hacia delante, mantener el gamos cuando es más cómodo seguir en él que romperlo y engañar a la juventud para que no vean al amor como vacío y carente de sentido por sí mismo, y sigan creyendo en la pareja como fuente de felicidad.
  • Si el amor en sí mismo origina felicidad ¿Por qué entendemos que fracasa, que no nos corresponden o que no ha llegado a buen puerto si no se llega a formar la pareja? ¿Por qué siempre que se dan las circunstancias propicias y si no hay impedimento, el amor lleva a formar pareja?

Les falta respuesta a las anteriores preguntas, por dos razones: La primera, el amor no es un sentimiento. Es una ideología. Por eso Fromm y cualquiera que argumente con sus ideas pueden decir, tranquilamente, que el amor aparece después del enamoramiento. La segunda: Su objetivo actual es formar una relación gámica o de pareja, en aquellas culturas donde el mandato legal y social de establecer una se debilita. Una vez sobrepasada esa meta, lo que venga después no importa al relato amoroso. Nos importa a nosotrxs porque nuestra vida sigue, por supuesto, pero en la película aparece el rótulo “The End”. Y cuidado, que aunque muy debilitada la institución matrimonial (Sobre todo, la obligatoriedad de casarse), una boda sigue siendo, en el imaginario colectivo, un paso más en una relación, un puntal que la reafirma. Ese garabato en un juzgado o un templo conlleva un lugar en la familia al que no accederás ni en décadas de cuidados si no te casas. Llego más lejos: En las culturas donde no se venden niñas para casarse, el matrimonio voluntario es un rito de paso para la madurez, quedando lxs adultxs solterxs en simbólica minoría de edad, así acumulen cargos de responsabilidad, títulos académicos o una meteórica trayectoria profesional y humana. En España casi nadie lo aceptará abiertamente, pero casarse sigue significando, aunque cada vez se diga menos, “sentar la cabeza”. Un/a joven casándose, consuela a sus mayores de la incertidumbre de tomar un camino que no fue el que proyectaron sobre él/ella/elle antes de que naciese. La promesa de que su vida no diferirá demasiado de la de sus predecesores/as y por ello, la reafirmación retrospectiva de que ellxs mismxs, generación anterior, tomaron la mejor decisión.

El gamos es una mentira que sobrevive a base de que todo el mundo crea que es mejor vivir dentro de él que fuera, al que se llega a través de la fantasía amorosa que te dice que el verdadero camino es él y que toda tu experiencia pre-amorosa antes ha sido, como cantaba Luis Miguel, “juegos de aprendiz”; cuando el gamos agoniza, Fromm lo mantiene vivo artificialmente mediante la narrativa paliativa de que el verdadero amor llega cuando te desenamoras y que tienes que alimentarlo día a día (Lo que hay es que adormecer las ganas de salir corriendo de él cuando el efecto de la droga se pasa). Si el soporte vital frommiano fallase, llega la siguiente etapa: Tu pareja se romperá, y tu entorno, tras una perplejidad temporal, lamentará que hayas perdido el amor y te aconsejará, tras un periodo de prudente recuperación, que lo sigas buscando porque en algún sitio te espera otro mejor. El auténtico. Si rechazas esa búsqueda o por lo menos no mantienes abierta la posibilidad de encontrar el amor o dejar que éste te atropelle, el sistema se tornará hostil: Empezarán con condescendientes sugerencias de que busques ayuda profesional para “arreglar tu corazón roto” o mandarte por WhatsApp artículos de autoayuda y dudosísimos artículos con infame método afirmando “científicamente” que amar prolonga la vida, aumenta la felicidad, disminuye el riesgo de infarto, hace que le crezca el pelo a lxs calvxs, transforma el plomo en oro… De la ciencia investigadora pasan a la práctica clínica y lo siguiente es imponerte un diagnóstico psiquiátrico (Por supuesto, gente sin ninguna formación al respecto). Tampoco te librarás de la vertiente creyente: Te tendrán en sus oraciones para que dejes de ser diferente (e incómodx) y regreses al redil.

Y hasta aquí la crítica a la tesis de Fromm y su lugar en la alienación amorosa. Espero que os haya gustado. Para cualquier duda, leo todos los comentarios.

¡Hasta la próxima!

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