Lo que me habría gustado saber cuando decidí ser ágama

Agamizar los vínculos, sin duda merece la pena. Los beneficios no se hacen esperar. Sin embargo, explicaré primero por qué me volví ágama: Estaba en una relación de pareja, una verdadera montaña rusa emocional protagonizada por el llanto, comportamientos pueriles para lograr dominar a esa pareja (y viceversa), victimismo, luz de gas… Todas estas estrategias perseguían el mismo objetivo: Cada cual quería que el/la otro/a hiciese lo que quería. Pos otro lado, ninguno aceptábamos perder nuestra parcela personal, nuestro espacio individual. ¿Os dais cuenta de la situación? El amor era la guerra; lo privado, el campo de batalla. Ni el poliamor ni la anarquía relacional tenían ni tienen respuesta para estas actitudes, más allá de recomendar que no debemos comportarnos así. Pero al ser modelos basados en el amor, la contienda no cesaba porque no resolvíamos la causa.

Para disgregar el gamos, hay que aceptar ciertas premisas. La principal dificultad viene con la primera premisa: No volverás a tener poder sobre otra persona. Sí, tus necesidades se cubrirán, pero los caprichos no siempre, y desde luego irán por detrás de las necesidades de otras personas. Renuncias a parte de lo individual en favor de lo colectivo. Es una renuncia importante, el subidón del status de pareja es similar a una droga, pero tenemos que deshabituarnos. A cambio, nadie volverá a tener poder sobre ti.

Segunda premisa: Lo privado se vuelve público porque lo personal es político. El secretismo protege los abusos. Al no establecerse pareja, se elimina ese santuario hermético en el que nadie se mete ni del que nadie opina; la frase “los trapos sucios se lavan en casa” no está vigente. El grupo se articula parecido a las amistades; los conflictos se gestionan de modo que la justicia y el cuidado cohesionen el grupo. Sigue existiendo la intimidad, por supuesto, pero en forma de experiencias puntuales, sin constituir un sistema cerrado.

Tercera premisa: La pareja, como tal, se rompe para formar un vínculo ágamo. No se mantiene modificando las cuotas de exclusividad, como cuando se abre una relación. En ese instante, las cartas se pondrán sobre la mesa, se sabrán todas las expectativas ocultas de la relación. Quizá descubras, con horror, que una vez no pueda ejercer poder sobre ti, que teniendo que aceptarte como eres y en un contexto de igualdad y justicia, a quien fue tu pareja ya no le interesa vincularse a ti. O que buscaba aumentar su posición social y no está dispuesto/a/e a distribuir cuidados ni a relacionarse colectivamente. La trampa del amor queda en evidencia cuando ya no se obtiene de ti una relación de pareja y todo ese cariño inmenso se disuelve como volutas de humo. La cortina rosada cae, y donde había halagos, zalamería y atención impostados, ahora te ignoran o te desprecian. “Eso no era amor”, dirá alguien. Nadie que quiera formar pareja da prioridad a quien no puede ofrecerle lo que busca.

Con todas estas dificultades, sigue siendo una buena alternativa ¿Te animas? ¿O tienes aún más dudas? Contacta con nuestro grupo de Agamia en Facebook para saber más. ¡Hasta la próxima!

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